Emiliano estaba hecho un lío, rara vez perdía la cabeza y esta vez estaba sentado en su escritorio Tavo no dejaba de usar su teléfono iba de allá para allá maldiciendo y mirándolo de vez en cuando.
— Ingeniero, escúcheme. Lo que necesita ahora, a seis días de la toma, es control de daños. Un comunicado breve, claro, que acepte que hubo una relación en el pasado, que fue algo sin importancia, que hoy la teniente Duarte es parte de su equipo de seguridad y nada más, y que usted está enamorado y comprometido con Jessica Aldama. Punto. Se publica esta tarde y mañana ya hay otra noticia.
— No.
— Ingeniero...
— No, Tavo.
Pero el partido no era Tavo.
A la una de la tarde Emiliano tuvo una llamada con tres nombres del partido que llevaban más años en la política que él vivo, y cuando colgó cuarenta minutos después tenía la cara de alguien que acaba de perder una batalla que ni siquiera había podido pelear bien.
El comunicado se publicó a las cuatro.
El comandante Parra llamó a Valentina a las cuatro y cuarto.
Fue directo, como siempre. Sin rodeos, sin disculpas innecesarias, con el respeto seco de los militares que dan malas noticias porque es parte del trabajo.
— Duarte. Por decisión del equipo de transición, su presencia en el cuerpo de seguridad presidencial queda suspendida con efecto inmediato. Le hablaremos en los próximos días para hablar de su situación.
— Entendido, comandante.
— Duarte...
— Entendido — repitió, y colgó.
Se quedó con el teléfono en la mano, sentada en la cama, con la tarde entrando por la ventana que no había abierto en todo el día.
Lo sabía. Lo había visto venir desde la mañana, desde antes. Era lo correcto. Era lo que tenía que pasar.
Eso no hacía que doliera menos.
Cerró los ojos y sin quererlo llegó el rancho: el aire que olía a tierra mojada, el café frío sobre la mesa, la galería con los caballos al fondo. La noche. Sus manos. La manera en que Emiliano la había mirado antes de acercarse, buscando en sus ojos permiso que ella le dio sin decir una sola palabra.
Abrió los ojos.
Marcó su número.
Contestó al segundo timbre.
— Valentina.
— Ya sé lo de Parra. No te llamo por eso.
Silencio al otro lado.
— Te llamo para decirte que es lo mejor. — Su voz salió tranquila, sin temblor, porque se lo había dicho a sí misma suficientes veces en los últimos veinte minutos como para poder decírselo a él — . Para ti, para tu cargo, para todo lo que has construido. Y quería que lo supieras de mí. No por mensaje esta vez.
— Valentina...
— Emiliano. — Lo interrumpió suave — . Ya lo hice una vez. Alejarme. Sé cómo se hace. — Una pausa — . Cuídate.
Iba a colgar.
— No me mandes un mensaje a medianoche — dijo él, y su voz tenía algo que Valentina no supo nombrar pero que le llegó directo — . Esta vez no. Si algún día decides volver, llámame. Como ahora.
Valentina cerró los ojos un momento.
— De acuerdo.
Colgó.
Dejó el teléfono sobre la cama y se quedó mirando la ventana, la tarde, la ciudad que seguía su ritmo sin saber nada de dos personas que llevaban diez años despidiéndose sin terminar de hacerlo.
Esta vez no lloró.
Solo se quedó quieta, con el silencio, hasta que la tarde se volvió noche y la noche no trajo respuestas pero al menos trajo oscuridad, y a veces la oscuridad es suficiente para empezar de nuevo.
Valentina despertó a las diez de la mañana sin alarma, sin teléfono, sin ninguna razón urgente para abrir los ojos.
Se quedó mirando el techo unos minutos. Luego buscó el teléfono con la mano, lo encontró, lo desbloqueó. Noticias, notificaciones, el hashtag que seguía ahí aunque ya con menos fuerza que ayer. El comunicado del partido reproducido en tres portales distintos. Una foto de Emiliano y Jessica saliendo juntos, tomada esa misma mañana, con el pie de foto hablando de "la sólida relación del presidente electo".
Lo cerró.
Se quedó acostada otro rato, mirando el techo, pensando en nada y en todo al mismo tiempo, hasta que la puerta de su cuarto se abrió sin que nadie tocara.
Dany entró con dos tazas de café, dejó una en la mesita de noche, y se sentó en el borde de la cama con la naturalidad de quien ha hecho eso toda la vida.
— ¿Cómo te sientes? — preguntó.
— Bien.
Dany la miró.
— No te ves nada bien.
— Dany, es la verdad.
— Oye, soy tu hermano. — Tomó su taza — . No tienes que ponerte el uniforme conmigo.
Valentina se incorporó, tomó su café, y lo sostuvo con las dos manos como si el calor de la taza pudiera ayudar con algo.
— Solo necesito un respiro — dijo, más en voz baja — . Es todo.
Dany asintió despacio. La dejó estar un momento, que era algo que no todo el mundo sabía hacer pero él sí, y luego dijo:
— Voy a ver a papá hoy. Acompáñame.
Valentina no respondió.
— Hace mucho que no lo vas a ver, Vale.
— Lo llamo seguido.
— Llamarlo y verlo no es lo mismo y los dos lo sabemos. — No lo dijo con reclamo, lo dijo con esa honestidad que a veces era lo más molesto del mundo porque casi siempre tenía razón — . Oye, sé que entre ustedes las cosas no son fáciles. No me tienes que explicar nada. Pero es papá. Y está ahí, y te extraña, aunque sea demasiado terco para decírtelo y tú seas demasiado terca para preguntarlo. — Hizo una pausa — . Mamá no quisiera que siguieran así. Eso también lo sabes.
El nombre de su madre cayó en el silencio del cuarto como siempre caía: con peso, con el espacio que deja algo que ya no está.
Valentina miró su café.
Pensó en su padre. En la última vez que lo había visto de verdad, no en una llamada rápida sino de frente, sentados en el mismo lugar. Hacía demasiado tiempo. Tanto que el número exacto de meses le daba algo de vergüenza.
— De acuerdo — dijo.
Dany sonrió, pero no hizo el gran drama de eso, que también era algo que sabía hacer bien.