La Guardaespaldas del presidente: Un amor del pasado

CAPITULO 19. Mi padre

El rancho era pequeño y ordenado, el padre de Valentina es un tipo que le gusta construir y le gusta mantenerse ocupado.

Dany metió el auto por el camino de tierra y antes de que terminara de estacionarse ya había bajado y caminaba hacia la figura que esperaba en la entrada con los brazos cruzados y el gesto serio de siempre, que era su manera de decir que se alegraba de verlos sin tener que decirlo.

— Papá. — Dany lo abrazó con la facilidad de quien nunca ha tenido problema para hacer esas cosas, y Salvador le dio una palmada fuerte en la espalda que era su versión del abrazo.

Valentina bajó despacio.

Se quedó un momento junto al auto, mirando a su padre, buscando algo en su cara que le dijera cómo entrar. Salvador la miró también, con esos ojos oscuros que eran los mismos de ella.

Nadie habló por un segundo.

Luego Valentina caminó hacia él y lo abrazó.

Fue un abrazo torpe al principio, de los que pasan cuando dos personas que se quieren llevan demasiado tiempo sin tocarse y los cuerpos ya no recuerdan bien cómo encajar. Pero Salvador le puso una mano en la espalda, firme, y algo en ese gesto tan simple hizo que Valentina cerrara los ojos un momento.

Se separaron sin decir nada.

— ¿Nos hiciste de comer, papá? — preguntó Dany, ya caminando hacia la puerta.

— Por supuesto. Pasen.

La casa era más chica por dentro de lo que parecía desde afuera, pero estaba llena de esa calidez particular de los lugares donde alguien vive de verdad: una cobija doblada en el sillón, botas junto a la puerta, el olor a guiso que venía de la cocina mezclándose con el del campo.

Valentina entró y lo primero que vio fue la foto.

Colgada en la pared de la entrada, enmarcada con madera oscura, con una veladora encendida debajo en un pequeño estante. Su madre joven, con un ramo de flores en los brazos y una sonrisa que Valentina recordaba de memoria aunque hacía años que no la veía así, tan directa, tan sin filtros.

Era hermosa. Lo había olvidado un poco, o quizás no lo había olvidado sino que lo había guardado en algún lugar donde no doliera tanto mirarlo. Pero ahí estaba, la sonrisa y todo.

Se quedó parada frente a la foto más tiempo del que pretendía.

— La puse ahí el primer día — dijo Salvador, desde atrás, en voz baja — . Para que fuera lo primero que veo cuando entro.

Valentina asintió sin darse vuelta.

— Está bien así — dijo.

— Oigan — intervino Dany desde la cocina, donde ya había abierto la olla sin que nadie le diera permiso — , esto huele increíble. ¿Esto es birria, papá? ¿Me vas a decir que estuviste cocinando birria desde ayer y no me avisaste? Eso es una falta grave, una falta muy grave, lo voy a reportar con...

— Dany — dijo Salvador.

— Me siento a la mesa.

Desapareció.

Salvador y Valentina se quedaron solos en la entrada, frente a la foto, con el olor a birria llegando de la cocina y el ruido de Dany acomodando platos como si viviera ahí.

— Gracias por venir — dijo Salvador, sin mirala, con la voz corta y directa de siempre.

— Gracias por recibirme.

Ninguno de los dos dijo lo que había entre esas dos frases. No hoy. Quizás no todavía. Pero estaban en el mismo cuarto, frente a la misma foto, y eso era más de lo que habían tenido en mucho tiempo.

— Siéntate — dijo él — . La birria ya está.

La comida fue de Dany principalmente.

Habló del trabajo, de la universidad, de un profesor que tenía una teoría sobre la economía circular que según él no tenía ningún sentido pero que igual le iba a aprobar el examen porque no le quedaba de otra. Salvador escuchaba, respondía, se reía en los momentos exactos. Era fácil con él, siempre había sido fácil con él.

Valentina comía y participaba cuando le preguntaban directamente, que era su manera de estar presente sin estar del todo expuesta.

Funcionó hasta que Dany, con la naturalidad de quien no mide las consecuencias, dijo:

— Oye, papá, ¿viste lo que salió en las noticias de Vale?

— Dany. — Valentina lo miró.

— ¿Qué? Tarde o temprano...

— Vivo en un rancho — dijo Salvador, dejando el vaso sobre la mesa con calma — , pero tengo señal aquí.

Valentina lo miró.

Y entonces lo supo. Lo vio en su cara, en esa manera que tenía de mirarla cuando ya sabía algo y estaba esperando a que ella lo dijera primero. Había visto el video. Por supuesto que lo había visto.

— Papá, yo... — empezó.

— Ese video no cuenta la verdad.

Lo dijo directo, sin preámbulo, sin darle espacio a la duda.

— ¿Cómo sabes...?

— Te conozco, Valentina. — No alzó la voz, no hacía falta. Salvador Duarte llevaba décadas diciendo las cosas importantes en voz baja — . Lo suficiente para saber que ese video no es lo que parece. No tienes que explicarme nada.

Valentina sintió algo apretarse en la garganta y tuvo que mirar hacia la ventana un momento para que no se le notara demasiado.

— Es un grandísimo idiota ese sujeto — agregó Dany

— Dany — dijo Salvador.

— Me callo.

Se callaron los tres un momento y luego Salvador se levantó a buscar más tortillas y Dany empezó a hablar de otra cosa y la comida siguió con ese ritmo irregular pero cálido de las reuniones familiares donde hay cosas sin decir pero nadie quiere arruinar la birria.

Después de cenar Valentina salió al porche.

El aire estaba fresco, con ese olor a campo y a noche que no existe en la ciudad, y se sentó en el escalón de madera junto a la vieja camioneta de su padre.

Escuchó los pasos antes de que Salvador se sentara a su lado.

No dijo nada durante un rato. Los dos mirando el mismo punto en la oscuridad, los mismos ojos oscuros viendo la misma nada, que era una de las pocas cosas que los Duarte hacían igual.

— ¿Entonces tú y Emiliano están juntos? — preguntó él, sin rodeo.

Valentina sintió un jalón en el estómago.

— No. No estamos juntos, papá. Era mi jefe. Ya ni siquiera eso.




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