Valentina amaneció con el cuerpo pesado y la cabeza peor.
No era el tipo de cansancio que se va con dormir, era el otro, el que se instala más adentro y no respeta horarios. Había estado despierta la mayor parte de la noche y cuando cerraba los ojos no llegaba el sueño sino Emiliano, su cara, sus manos, la noche en el rancho que seguía ahí aunque ella hubiera decidido que no debía seguir ahí.
Al final agarró el teléfono.
Las redes eran crueles, comentarios, teorías, gente que nunca la había visto opinando sobre quién era y cómo había llegado donde había llegado. Lo había visto antes, lo había procesado antes. Pero esta vez había algo distinto que le costó un momento identificar.
No le dolía lo que decían de ella.
Le dolía lo que decían de él. Las dudas sobre su criterio, sobre su gestión, sobre si un hombre así merecía el cargo. Eso, por alguna razón que no quiso analizar demasiado, le llegó diferente.
Unos golpes suaves en la puerta la sacaron de la pantalla.
— ¿Puedo pasar?
La voz de su padre.
— Pasa, papá.
Salvador entró, miró la cama sin tender, miró a su hija con el teléfono en la mano, y se sentó en la silla junto a la ventana sin hacer comentarios sobre ninguna de las dos cosas.
— Vi la luz encendida — dijo.
— Me levanté temprano.
— Dany está preocupado por ti.
— Estoy bien, papá.
— ¿Qué vas a hacer? — preguntó — . ¿Has pensado en volver a trabajar?
— No es tan fácil. Me han corrido por lo que pasó, ya sabes, con el video y todo lo demás. No es algo que pueda simplemente...
— No me refería a ese trabajo.
Valentina lo miró.
Salvador sostuvo su mirada sin moverse.
— Haz que no haber venido al funeral de tu madre haya valido la pena.
El silencio fue total.
Salvador se levantó, sin drama, sin esperar respuesta, y salió del cuarto cerrando la puerta con la misma suavidad con que había entrado.
Valentina se quedó sola.
Y entonces lloró.
. Lloró de verdad, con el cuerpo, con todo lo que había estado guardando desde que el comandante Parra la llamó y antes, desde el rancho, desde la primera noche en el despacho de Emiliano cuando fingió que no lo conocía y el mundo entero se complicó de golpe.
Su padre no iba a perdonar su ausencia. Eso lo sabía. Y lo peor era que ella tampoco se la perdonaba a sí misma, que era exactamente la misma cosa vista desde adentro.
El teléfono sonó.
Tavo.
Lo contestó porque Tavo nunca llamaba sin razón y esta vez su voz tenía algo diferente, más apretado, sin la energía habitual.
— Valentina. ¿Has sabido algo de Emiliano?
Se incorporó.
— ¿Qué pasó?
— Desapareció. Ayer discutió con la gente del partido, fuerte, y después de eso nadie sabe dónde está. No contestó anoche, no contestó esta mañana, su hermana tampoco sabe nada y eso no pasa nunca. — Una pausa — . Pensé en ti. No sé por qué, pero pensé en ti.
Valentina ya estaba buscando la ropa con el teléfono entre el hombro y la oreja.
— En el rancho — dijo — . Busquen en el rancho familiar.
— Lo hemos buscado, Valentina, no está.
— ¿Buscaron bien?
— Yo qué sé cómo buscan bien, soy el jefe de gabinete no un rastreador, pero...
— Voy para allá.
— ¿En serio?
— Cuelgo, Tavo.
Colgó. Se terminó de poner la ropa, recogió las llaves, agarró el bolso y salió del cuarto.
Estaba a mitad del pasillo cuando se detuvo.
Voces.
La de su padre, desde la entrada. Grave, directa, sin mucho calor pero sin hostilidad tampoco.
Y otra voz. Una que conocía de memoria.
Valentina no se movió.
Emiliano estaba en la entrada del rancho de su padre.
Salvador abrió la puerta sin decir mucho.
Miró a Emiliano un momento, y luego se hizo a un lado.
— Pasa.
Emiliano entró. Tenía la ropa del día anterior, el cabello sin peinar, la cara de quien ha pasado la noche en algún lugar donde no había planeado pasarla. Se veía distinto sin el traje.
Valentina estaba parada a mitad del pasillo.
Los ojos de él la encontraron de inmediato.
Salvador los miró a los dos, sin prisa, sin comentarios.
— Voy afuera — dijo, y salió por la puerta del fondo con discreción.
Valentina bajó el último tramo del pasillo despacio, sin saber bien qué iba a decir cuando llegara, y cuando estuvo cerca lo primero que salió fue lo más obvio:
— ¿Qué haces aquí?
Emiliano tardó un momento. Tenía las manos en los bolsillos, se veía cansado.
— Una vez te dejé ir — dijo — . No fui tras de ti. Me quedé con el teléfono en la mano y tus diecinueve palabras y me convencí de que era lo correcto respetar lo que habías decidido. — Hizo una pausa breve — . Esta vez no lo voy a hacer.
— Emiliano...
— Sé lo que me vas a decir. — No la interrumpió con urgencia, lo dijo tranquilo — . Me lo han dicho todos. Tavo, el partido, mi equipo, media ciudad. Que no es el momento, que hay demasiado en juego, que tengo responsabilidades. Lo sé. — La miró — . Y si este es nuestro momento, no me importa lo demás.
Valentina sintió el peso de esas palabras acomodarse en el pecho.
— No puedes hacer esto. — Su voz salió firme, más firme de lo que se sentía por dentro — . No puedes dejar todo lo que has construido, todo lo que has peleado durante años, por esto. Por mí.
— No es por ti sola.
— Emiliano, escúchame. — Dio un paso hacia él — . Yo no dejé de amarte hace diez años. Nunca lo hice. Pero me fui porque tenía algo que hacer con mi vida, algo que era mío, algo que no podía dejar aunque me doliera. Y lo hice. — Su voz se quebró apenas, lo suficiente para que él lo notara — . Estoy donde quiero estar. Me costó todo lo que me costó llegar ahí y no me arrepiento. No puedo pedirte que hagas lo contrario. No puedo ser la razón por la que te quedes a mitad del camino.
— No es quedarse a mitad del camino.
— Sí lo es. La presidencia es tuya, Emiliano. La ganaste. El país te eligió. Eso no lo puedes tirar porque yo aparecí en tu equipo de seguridad después de diez años. — Lo miró directo — . Yo no lo hice. No voy a permitir que tú lo hagas.