La Guardiana Larah

SARA

I. La Puerta Abierta

La puerta de su casa estaba abierta.

No entornada. No entreabierta. Abierta de par en par, con la misma certeza con que una boca abierta es diferente a una boca entreabierta, y Larah lo supo antes de cruzar el umbral: algo estaba mal.

La tarde olía al barrio de siempre —frituras, asfalto, el perro de tres casas más allá que ladraba al cartero con puntualidad de reloj— pero la puerta abierta era una nota disonante que convertía todo lo demás en ruido de fondo.

—La puerta está abierta —dijo, sin moverse todavía—. Mi mamá no llega hasta las seis.

Pempe, en su hombro, se apretó ligeramente contra su cuello. Thea dejó de flotar y se posó en el pelo de Larah, quieta. Esos eran los dos lenguajes del miedo de sus compañeros: Pempe se comprimía, Thea se detenía. Larah había aprendido a leerlos como se leen los barómetros.

Entró.

II. Fiu Fiu

Víctor estaba sentado en el sillón de la sala —en el sillón de su madre, el que tenía el cojín azul gastado del lado derecho— con las manos apoyadas sobre las rodillas y una sonrisa que no correspondía a ninguna de las razones que existen para sonreír.

Larah lo vio y sintió que la temperatura de sus propias manos bajaba. Era algo que le pasaba cuando había peligro real: la sangre se iba hacia el centro del cuerpo, como si el cuerpo mismo supiera que las extremidades eran prescindibles y el corazón no. Tenía las manos frías y los pies fríos y el corazón dándole golpes desde adentro como si quisiera avisarle de algo que ella ya sabía.

Lo sabía. Lo había sabido siempre.

—Cómo estás, señorita. —La voz de Víctor era la del tipo que practica la amabilidad como se practica un instrumento: técnicamente correcto, sin música—. Ven y siéntate conmigo.

—¿Dónde está mi mamá?

—No ha llegado. La voy a esperar aquí. —Pausa. La sonrisa se acomodó en un ángulo diferente—. Pero sabes, quiero que seamos amigos, tú y yo.

Larah lo miró.

Lo miró de la manera en que el Señor Ronroneo había mirado el jamón antes de comerlo: evaluando, catalogando, decidiendo. Sus manos estaban frías. Su voz, cuando habló, no lo estaba.

—Fiu Fiu —dijo.

La sonrisa de Víctor cambió ligeramente. Solo las comisuras. Solo un milímetro. Pero Larah lo notó.

—No me vas a engañar. —Dio un paso hacia las escaleras—. Tal vez soy una niña, pero sé muy bien que no debo quedarme sola con un hombre que no es mi familia. Y tú no eres mi familia.

Subió las escaleras sin correr. Correr era para cuando el peligro ya estaba encima. Esto todavía era el borde: la distancia justa entre saber que hay un precipicio y caer en él.

Arriba, cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Las manos todavía frías. El corazón todavía golpeando.

—Vieron —dijo, en voz muy baja, porque abajo Víctor podía escuchar—. Eso sé que me quería comer.

Pempe bajó de su hombro al suelo y caminó en círculo pequeño, que era su manera de pensar. Thea volvió a flotar, que era su manera de volver a estar alerta.

—¿Y tus hermanos? —preguntó Pempe.

Larah se quedó quieta.

En toda la urgencia de Víctor y la puerta abierta y las escaleras, no había escuchado nada. Ningún televisor. Ningún chat de Sara. Ningún arrastre de pies de Sebas. Ningún golpe de pelota de los gemelos.

La casa estaba en silencio.

Y el silencio equivocado siempre suena igual: como si el aire hubiera sido vaciado de algo que debería estar ahí.

III. El Celular

El cuarto de Sara olía a ella —al desodorante floral que usaba y al acondicionador que le dejaba el pelo con ese brillo específico— pero no había nadie.

La cama estaba tendida. Eso era raro. Sara tendía la cama por la mañana, no por la tarde. Por la tarde la cama siempre tenía la forma de quien se había sentado en ella durante horas, con el cojín de lectura arrugado y el suéter negro doblado al pie.

El suéter negro estaba doblado al pie.

El celular estaba sobre la cama, boca arriba, con la pantalla encendida.

—Ella jamás está sin su celular —dijo Larah, y las palabras sabían diferente en la boca cuando eran verdad y también eran miedo.

Fue a tomarlo.

—Espera. —La voz de Pempe la detuvo. El gnomo estaba en el borde de la cama, con el bastón apuntando hacia el celular pero sin tocarlo. Su expresión era la de alguien que mira algo que tiene filo invisible—. No lo toques todavía. Necesitas entender primero qué es lo que vas a hacer.

—¿Qué pasó?

—Siento una energía del Umbral profundo. —Pempe caminó despacio alrededor del celular como si lo estuviera midiendo—. Los ogros, cuando necesitan herramientas, no las crean. Las reclutan o las obligan. Fiu Fiu debió enviar a alguien —una criatura, no él mismo— para llevarse a Sara. Y cuando esa criatura tocó el espacio de tu hermana, dejó un rastro.

—¿El celular es el rastro?

—El celular es el ancla. —Pempe se detuvo—. Sara está vinculada a él más que a cualquier otra cosa en este cuarto. Cuando la criatura se la llevó, el celular quedó como el hilo. El extremo del hilo de este lado.



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En el texto hay: amor, magia, criaturasmagicas

Editado: 03.04.2026

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