"Hay seres en el Umbral que no fueron creados para la oscuridad. Solo aprendieron que ahí nadie les hace preguntas. A veces la soledad elige el lugar menos esperado para quedarse."
I. El Sonido Equivocado
Larah conocía todos los sonidos de su casa de noche.
El crujido del tercer escalón, que había aprendido a saltar desde los cinco años. El zumbido irregular de la nevera. La tubería del baño que silbaba cuando el agua llevaba más de dos minutos corriendo. El televisor de Clara, que siempre quedaba encendido hasta que ella se dormía y que apagaba solo cuando ya era tarde y la casa olía a noche y a cansancio mezclados.
Conocía todos esos sonidos porque los había catalogado durante años, de la manera en que se catalogan las cosas que importa conocer: sin proponérselo, por necesidad, porque saber qué sonido pertenece a qué parte de la casa es también saber cuándo algo no está en su lugar.
El sonido metálico que llegó desde la cocina no pertenecía a nada.
Era grave y hueco, como si alguien hubiera golpeado una superficie de hierro con otra superficie de hierro a una distancia que hacía que el eco rebotara antes de llegar. No era la olla de Clara. No era la puerta de la nevera. No era el radiador.
Era otra cosa.
Pempe llevaba cinco minutos callado, que era el silencio de Pempe cuando algo lo ponía en alerta máxima y no quería gastar palabras en confirmarlo todavía. Thea había dejado de flotar y estaba posada en el hombro de Larah con las alas cerradas, que era su postura de escucha activa.
—¿Escucharon eso? —susurró Larah.
—Sí —dijo Pempe. Y no añadió nada más, que era también una respuesta.
En la encimera de la cocina estaba el delantal de Sebas. El pequeño, verde, con manchas de harina que nunca terminaban de irse del todo porque Sebas metía las manos en la masa antes de que Clara le dijera que podía. Larah lo vio y lo tomó sin pensar mucho en por qué lo tomaba, de la misma manera en que había tomado el celular de Sara —con la parte de su mente que ya había aprendido que los objetos de sus hermanos eran algo más que objetos.
Pempe asintió cuando lo vio en su mano.
—Eso es. Ahí está el rastro.
Larah puso la mano en el picaporte de la puerta de la cocina. La puerta que llevaba al pequeño patio trasero. La puerta que siempre olía a los geranios que Clara plantaba en macetas de barro y que eran lo único en ese patio que crecía con consistencia.
Abrió la puerta.
II. La Cueva
No había patio.
Había roca.
El olor llegó primero: mineral y húmedo, el tipo de humedad que lleva tanto tiempo en un lugar que ya no es agua sino parte de la piedra misma. Luego el frío, que no era el frío del invierno sino el frío de lo que no ha visto luz directa en mucho tiempo. Luego la oscuridad que, al acostumbrarse los ojos, resultó no ser oscuridad total: había una especie de luminiscencia verdosa en las paredes, como si la roca misma emitiera una luz de mala calidad, lo suficiente para ver las formas pero no los detalles.
El techo de la cueva se perdía hacia arriba en sombras que no terminaban. Colgaban de las paredes, de las estalactitas, de salientes de roca que no tenían forma regular: jaulas de hierro. Docenas de ellas, de tamaños distintos, con barrotes de distintos grosores, vacías casi todas excepto por unas pocas que contenían cosas que Larah prefirió no catalogar todavía.
—¿Dónde estamos? —preguntó, aunque ya lo sabía, o intuía que lo sabía, en ese lugar del estómago donde el miedo y la certeza comparten espacio.
—La guarida de algo grande —dijo Pempe, husmeando el aire con esa expresión de quien recibe mucha más información del olfato de la que la mayoría de las personas recibe en toda su vida—. Algo que lleva aquí tiempo. Mucho tiempo.
—¡Ahí! —Thea señaló con un dedo del tamaño de una aguja hacia el fondo de la cueva.
La criatura descansaba sobre una elevación de roca que había acumulado, con los años, una capa de huesos que ya eran más parte del paisaje que restos de nada. Era colosal de la manera en que son colosales las cosas que no caben en la escala normal de referencia: no era tres veces el tamaño de un hombre, ni cinco veces. Era de una escala diferente, una escala que hacía que la cueva pareciera pequeña a su alrededor aunque la cueva fuera enorme.
Un único ojo. Negro, del tamaño de una rueda de carro, cruzado de venas que pulsaban con cada respiración. La boca entreabierta, babeante. Las manos —si podían llamarse manos; eran del tamaño de una mesa de comedor— apoyadas sobre las rodillas con la dejadez de alguien que ha perdido el interés en la postura hace mucho tiempo.
Su respiración era pesada.
Larah tardó un momento en identificar por qué esa respiración le resultaba familiar. Luego lo supo: era el ritmo de alguien que llora en silencio. Inspiración corta. Exhalación larga y temblorosa. El ritmo de quien ha estado llorando y ha parado pero cuyo cuerpo todavía no lo sabe.
—Ahí está Sebas —dijo Thea, muy quedo.
La jaula estaba a varios metros de altura, colgada de una cadena que bajaba desde el techo de sombras. Adentro, una figura pequeña, dormida, con los pies cruzados y los brazos abiertos en la postura específica de Sebas durmiendo, que Larah conocía porque Sebas dormía así desde que tenía dos años y nada en eso había cambiado.