La Guardiana Larah

El campo encantado

"El Umbral no siempre es una prueba de inteligencia. A veces es una prueba de paciencia. Y a veces, de las más difíciles, es una prueba de cómo tratas a alguien que no te está tratando bien." — Del Libro Sin Título, registro decimoquinto

I. Los Pétalos

Larah llevaba cuatro cuartos revisados en los últimos dos días y todavía le quedaban cinco hermanos por encontrar.

Llevaba la cuenta de una manera específica: no de los que faltaban sino de los que ya estaban a salvo. Sara en su cama, con la manta hasta el hombro y la respiración regular de quien duerme un sueño que ya no tiene nada del Umbral. Sebas en el cuarto de lavandería, los brazos abiertos, los pies cruzados, el entrecejo suave. Dos. Dos de ocho.

La aritmética del rescate.

Recorría el pasillo en dirección al cuarto de los gemelos cuando el suelo cambió debajo de sus pies.

No de golpe. Primero fue uno: un pétalo amarillo, pequeño, del tipo que producen las flores de los geranios de Clara pero de un amarillo más intenso, casi fosforescente, que se veía demasiado vívido para la luz del pasillo. Luego otro, rojo. Luego un puñado. Luego una alfombra.

Larah se detuvo.

El pasillo de baldosas grises había desaparecido bajo una capa de pétalos de todos los colores imaginables: naranja intenso, violeta oscuro, blanco con venas rosas, verde lima. Olían de maneras distintas según dónde pusiera el pie —aquí a jazmín, ahí a algo más dulce que no tenía nombre exacto, allá a tierra mojada después de la lluvia.

Pempe husmeó el aire con esa expresión de inventario olfativo.

—Ninfa —dijo, con una sola palabra que contenía varios párrafos de implicación.

—¿Buena o mala? —preguntó Larah.

—Las ninfas no son ni lo uno ni lo otro. Son lo que les parece en el momento.

La criatura estaba en la esquina del pasillo, donde la pared hacía el giro hacia la escalera. Pequeña —del tamaño de Larah, quizás un poco menos— y construida con el tipo de extravagancia que el Umbral reservaba para sus seres más antiguos: el cuerpo cubierto de hojas superpuestas como escamas vegetales, flores diminutas brotando de los hombros y las muñecas y el borde de las orejas. El cabello no era cabello exactamente sino plumas —largas, de colores que no correspondían a ningún pájaro del mundo visible— dispuestas en capas que se movían con un viento que no existía.

Sus ojos eran amarillo intenso. Del color de la llama cuando quema algo seco.

Los tenía puestos en Larah con la expresión de quien mira algo que le resulta interesante de la misma manera en que le resultan interesantes los acertijos: no porque le importe el resultado, sino porque el proceso le divierte.

—Hola, guardiana —dijo. Su voz era suave y tenía esa textura de las voces que llevan tiempo sin apresurarse. Acarició sus propias plumas con los dedos, de la misma manera distraída en que otra persona acariciaría un animal doméstico—. Soy Sueño. La ninfa más hermosa de todas.

—¿Eso lo decides tú? —preguntó Larah.

Sueño la miró con algo que podría haber sido diversión.

—¿Tienes a alguno de mis hermanos?

—¿Yo? No. —Sueño inclinó la cabeza—. Pero sé dónde están algunos. Jugaré contigo, querida. Solo que a mis juegos se juega cuando yo lo decida.

Larah retrocedió un paso. Había aprendido, en los últimos días, a leer la diferencia entre la pausa que precede a una amenaza y la pausa que precede a información. Esto era lo segundo.

—No necesito jugar. Necesito saber dónde están mis hermanos.

—Una pista entonces. —Sueño alzó un dedo. Un pétalo nuevo cayó del techo, de ninguna parte, lento—. Sal al jardín. Y sé rápida.

—¿Por qué rápida?

Pero Sueño ya no estaba.

El pasillo había recuperado sus baldosas grises. Los pétalos quedaban ahí, reales, oliendo a las cosas que habían olido. Pempe los pisó con cuidado al avanzar hacia Larah.

—¿Confías en ella? —preguntó.

—No sé si confío —dijo Larah—. Pero es lo que tenemos.

II. El Campo

La puerta trasera abrió hacia luz.

No la luz naranja de la tarde que debería haber habido a esa hora: una luz de mediodía perpetuo, amplia y sin sombras largas, del tipo de luz que existe cuando el sol decide quedarse exactamente donde está y no moverse en ninguna dirección.

El jardín había desaparecido. Las macetas de geranios de Clara, la reja herrumbrada, el suelo de tierra compacta donde los gemelos habían destrozado el pasto a base de pelota: nada de eso. En su lugar se extendía un campo que no tenía borde visible en ninguna dirección. Hierba alta de un verde que era casi demasiado verde para ser real, punteada de flores silvestres que crecían sin ningún patrón ni plan, como si simplemente hubieran decidido estar ahí.

El aire olía a hierba cortada y a algo más suave debajo, floral pero no empalagoso, el tipo de olor que uno no puede identificar con precisión pero que el cuerpo reconoce como seguro.

Animales.

Había animales en todas direcciones. Caballos pastando en grupos de tres o cuatro, de colores que iban del castaño oscuro al casi blanco. Ovejas que se movían en formaciones lentas y circulares. Algo que podría haber sido un ciervo pero era demasiado grande para ser solo un ciervo. Criaturas más pequeñas en la hierba alta, de las que solo se veía el movimiento sin la forma.



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En el texto hay: amor, magia, criaturasmagicas

Editado: 03.04.2026

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