La Guardiana Larah

El Guardián del Oeste

"La culpa verdadera no busca excusas. Solo busca la manera de no volver a serlo. Y eso, aunque nadie lo vea, ya es el principio de algo diferente."

I. Lo Que Gavilán Hizo

El campo seguía igual que antes: el cielo de mediodía permanente, la hierba verde sin historia de dolor, los unicornios trazando sus círculos elegantes alrededor del rebaño con esa tranquilidad de quien tiene siglos de práctica. Los caballos pastaban. La señora Frijol brillaba en la distancia con su cuerno dorado. El Gran Oeste —el pegaso— planeaba en el cielo sin prisa, libre como siempre.

Y Gavilán lloraba.

No el llanto del Capítulo anterior, que había sido el llanto de la comprensión, de ver algo sobre sí mismo que no había visto antes. Este era diferente: más silencioso, más apretado, el llanto de quien ya entendió algo y ahora tiene que decirlo.

Larah lo había notado en cuanto volvió al campo. Había dejado atrás la colina, había cruzado la hierba alta, y Gavilán la había esperado en el centro del campo con la cabeza agachada y los hombros caídos hacia adelante, que en un centauro de su tamaño era la señal más grande posible de que algo pesaba.

—Gavilán —dijo.

—Sé lo que vas a preguntar —dijo él, sin levantar la cabeza.

—¿Y cuál es la respuesta?

Un silencio. El tipo de silencio antes de una confesión: la persona sabe lo que tiene que decir pero el acto de decirlo lo hace real de una manera que callarlo todavía no lo había hecho del todo.

—Un ogro me hizo una promesa —dijo finalmente, con la voz de alguien que habla mirando el suelo porque el suelo es menos difícil de encarar que los ojos de quien escucha—. Me dijo que si le conseguía dos niños humanos... hablaría bien de mí ante el Gran Oeste. Ante el pegaso. Así podría volar con él algún día. Ser importante para alguien que importa.

Larah no respondió de inmediato.

Procesó.

Porque lo que Gavilán acababa de decir era: entregué a tus hermanos. Tus hermanos dormidos sobre los ponis, que llegaron aquí porque alguien los trajo. Y ese alguien fui yo. Por una promesa de un ogro que nunca cumple promesas.

Las manos de Larah se cerraron ligeramente a sus costados. No en rabia —era un gesto más parecido a sostenerse a sí misma, a poner un ancla— y luego se abrieron de nuevo.

—¿El Gran Oeste es ese pegaso?

—El guardián de los campos del Umbral occidental —dijo Gavilán—. El más libre de todos los seres que existen aquí. El que no obedece a nadie. El que... —La voz se quebró ligeramente—. El que yo quería que me viera como alguien que también vale algo.

Larah miró al pegaso en el cielo. Luego miró a Gavilán.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que lo que hice estuvo mal. Pero no sé cómo deshacerlo. —Levantó la cabeza por fin. Sus ojos eran del color de la madera mojada—. Por eso te espero. Para devolverte a tus hermanos. Y para pedirte... no sé exactamente qué pedirte.

—Lo primero —dijo Larah, con una calma que le costó tener y que tuvo de todas formas— es decirme dónde están.

II. Los Ponis

Gavilán silbó.

El silbido fue breve y específico, con una inflexión al final que no era el silbido de llamar a un animal sino el de invocar algo que sabe que tiene que venir. Del otro extremo del campo llegaron dos ponis trotando con ese movimiento de caballo pequeño que es más rápido de lo que parece y más suave de lo que debería ser posible.

Sobre sus lomos, dormidos.

Carlos. Con el remolino aplastado en la dirección equivocada —hacia la izquierda en lugar de la derecha, como si algo hubiera intentado invertirlo— y una expresión de sueño que en él siempre era de concentración, como si incluso dormido estuviera resolviendo algo. Tenía tierra en las manos.

Zack. Con el raspón de la rodilla derecha cubierto por algo que no era tierra del jardín: una arena fina y oscura con un brillo que no correspondía a ninguna luz natural, la arena específica del Umbral profundo que Larah ya conocía del desierto de Luna. Tenía la ceja ligeramente fruncida, que era su expresión de cuando algo no le gustaba aunque estuviera dormido.

Larah puso la mano en la frente de Carlos primero. Tibia. Respiración regular.

Luego Zack. Lo mismo.

El alivio era un sabor específico que Larah estaba aprendiendo a reconocer: no la ausencia del miedo sino su retirada, como agua que baja después de una inundación y deja el suelo todavía húmedo pero ya no cubierto.

—Por favor —dijo Gavilán, detrás de ella, con los ojos rojos de tanto llorar y el tono de quien ya no tiene orgullo que proteger y eso, de alguna manera, lo hace más libre—. Te los devuelvo. Ayúdame. Quiero hacer lo correcto aunque ya no pueda deshacer lo incorrecto.

Larah lo miró un momento. Pensó en Carlos y Zack en un espacio del Umbral sin saber cómo habían llegado ahí. Pensó en la arena oscura en la rodilla de Zack. Pensó en lo que había costado encontrarlos.

Luego acarició la cabeza de Carlos, que no despertó pero cuyos labios se movieron ligeramente, como si la parte de él que reconocía el tacto de su hermana todavía funcionara debajo del sueño.



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En el texto hay: amor, magia, criaturasmagicas

Editado: 03.04.2026

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