"El sátiro canta para que el mundo se olvide de sí mismo. La guardiana canta para recordar a quién pertenece. No es el mismo poder. Pero esa noche, en ese cuarto, fue el más grande." — Del Libro Sin Título, registro vigésimo tercero
I. El Cuarto de Lucas
El cuarto de Lucas olía a plástico de juguetes nuevos y a plástico de juguetes viejos, que son olores diferentes: el plástico nuevo es agudo y ligeramente químico, el plástico viejo es tibio y tiene la textura específica de las cosas manejadas con frecuencia. Lucas tenía ambos tipos, porque acumulaba juguetes con la misma lógica con que acumulaba todo: sin criterio de selección visible que no fuera el amor.
Pero hoy el cuarto de Lucas no olía principalmente a plástico.
Olía al tipo de desorden que tiene urgencia: los cajones vaciados, las cajas volcadas, los juguetes en el suelo en la distribución específica de algo que fue revuelto por alguien que buscaba algo que no terminó de encontrar o que simplemente revolvió porque podía.
En el suelo, entre los camiones y los bloques de colores y los soldados de plástico con las poses improbables: la figura. La que no tenía nombre, la que tenía el brazo izquierdo pegado con cinta adhesiva que ya empezaba a amarillarse. La defendía Lucas con más ferocidad que a ninguna de las otras, y ahí estaba, boca abajo en el suelo, entre cosas que la habían rodeado cuando todo cayó.
Larah la vio. La anotó internamente, de la manera en que anotaba todo lo que importaba.
Y luego vio lo que estaba en el centro del cuarto.
II. El Sátiro Olivo
Era regordete de la manera en que son regordetas las cosas que no están hechas para ser delgadas: no con exceso sino con la forma correcta para lo que son. Barba de chivo que terminaba en un punto ligeramente más hacia la izquierda de lo que la simetría hubiera preferido. Orejas puntiagudas que se movían de manera independiente, cada una siguiendo el sonido que le parecía más interesante en cada momento. Patas de cabra que rebotaban en la cama de Lucas con el entusiasmo de algo que lleva tiempo sin encontrar una superficie suficientemente elástica.
Reía.
No la risa de quien se burla de algo específico. La risa de quien encuentra el mundo en general un lugar divertido y está siendo testigo de la confirmación de eso.
—¡Dónde está mi hermano Lucas! —dijo Larah, con la voz que había aprendido a usar cuando necesitaba que algo parara sin tener que repetirlo.
El sátiro detuvo el salto en el punto más alto de la trayectoria —un segundo de suspensión que debería haber sido físicamente imposible— y descendió despacio hasta quedar parado en el colchón, mirándola.
Sus ojos eran del color de las castañas recién abiertas. Brillaban de una manera que no tenía que ver con la luz del cuarto.
—Niña fea —dijo, con la misma alegría con que otros dirían 'qué bonito día'—. Niña fea, niña fea. ¿Quieres jugar?
—Soy el Sátiro Olivo. —Hizo una pequeña reverencia que tenía más ironía que protocolo, con el sombrero imaginario que claramente no llevaba pero que el gesto requería—. Y tú debes ser la guardiana de la que tanto se habla.
—Si quieres jugar —dijo Larah—, juguemos. Un concurso de canciones. Si gano, me entregas a Lucas.
El sátiro se iluminó.
—¡Acepto! —Sacó una flauta de algún lugar que no quedaba del todo claro, pequeña y oscura, con muescas que no eran decorativas sino funcionales—. Acepto sin pensarlo dos veces. Pero solo si me vences de verdad. No hay empate en los duelos de Olivo.
Pempe se acercó al oído de Larah.
—Los sátiros cantan con magia antigua —susurró—. La música de Olivo no es solo música. Puede doblar el estado del cuarto, la temperatura del aire, la resistencia del cuerpo a dormir. No es trampa: es simplemente lo que es su voz cuando canta.
—Y nosotras debemos ayudarte —dijo Thea desde el otro hombro, con esa urgencia de quien ya está componiendo—. Rimas. Palabras que tengan peso verdadero. Una canción que el Umbral reconozca.
—Cinco minutos para preparar —dijo Olivo, acomodándose en el borde de la cama con la postura de quien ya ha ganado este tipo de competencias y sabe que la espera es parte del espectáculo—. Yo ya terminé.
III. La Canción que Todavía No Existe
Larah se arrodilló junto a la cama, en el espacio entre los juguetes caídos, y buscó papel. Lo encontró debajo de un camión volcado: una hoja de cuaderno doblada en cuatro que tenía un dibujo a medio terminar en el reverso —un cohete que Lucas había estado dibujando y que nunca terminó porque se aburrió antes de llegar a la luna.
Escribir canciones no era algo que Larah hubiera hecho antes.
Pero tampoco había cruzado el Umbral profundo antes del Capítulo III, ni había hecho reír a un cíclope, ni había dejado que un pegaso la llevara por el cielo. La lista de cosas que Larah no había hecho antes y que luego había hecho de todas formas era cada vez más larga.
Pempe se sentó a su lado en el suelo y señaló un verso que Larah acababa de escribir.
—Ese. Ese funciona.
Thea flotaba sobre la hoja, leyendo en el aire, sugiriendo cambios con la precisión de quien lleva siglos escuchando música del Umbral y sabe la diferencia entre una rima que suena bien y una rima que resuena.