La Guardiana Larah

El lugar donde nadie entra

"Hay guardianas que protegen reinos. Hay guardianas que protegen fronteras. Y hay guardianas que protegen algo más difícil: el camino de regreso para quienes ya no saben que lo perdieron." — Del Libro Sin Título, registro vigésimo séptimo

I. El Peso del Cansancio

Las lágrimas llegaron sin que Larah las eligiera.

No eran las lágrimas del miedo, que conocía desde el Capítulo III —las del desierto, las del momento en que la esfinge dijo que se había desayunado a Sara. Estas eran diferentes. Más lentas. Del tipo que no piden permiso sino que simplemente están cuando el cuerpo decide que ya no puede sostener ciertas cosas más tiempo sin que salgan de algún modo.

Lucas estaba a salvo. Los gemelos estaban a salvo. Sara y Sebas estaban a salvo.

Faltaban Ana y Kim.

Seis capítulos, cuatro cruces al Umbral, cinco criaturas, cuatro hermanos cargados por pasillos oscuros. Sus brazos todavía tenían el recuerdo muscular de Sebas, de Carlos y Zack, de Lucas. Su espalda tenía el peso acumulado de todo lo que había llevado. Sus pies conocían cada tabla suelta del suelo del pasillo, cada escalón que crujía, cada puerta que requería el ángulo exacto para abrirse sin ruido.

Conocía su casa de una manera que la mayoría de las personas nunca conocen la suya. Y eso era porque la había aprendido con el mismo fin con que se aprende cualquier cosa importante: por necesidad, por supervivencia, porque saber qué cruje y qué no es la diferencia entre que te escuchen y que no te escuchen.

Caminó por el pasillo oscuro con las lágrimas en las mejillas y no las limpió. No había nadie que viera las lágrimas y no había nadie ante quien disimularlas, y Pempe y Thea llevaban suficiente tiempo con ella para saber que las lágrimas no significaban parar.

Significaban seguir, pero con el cuerpo siendo honesto sobre lo que costaba.

II. Sueño Frente al Baño

La ninfa estaba apoyada contra la pared del pasillo, frente a la puerta del baño, en esa postura suya de quien lleva aquí todo el tiempo aunque acabe de llegar. Sus plumas eran de un azul profundo esta noche, del color de las cosas que brillan en la oscuridad sin necesitar luz externa. Los pétalos flotaban alrededor de ella con la misma calma de siempre: sin viento, sin propósito aparente, simplemente girando.

Larah se detuvo frente a ella.

No dijo 'sabía que eras tú' ni '¿otra vez?' ni ninguna de las frases que podría haber dicho. Solo la miró con los ojos que todavía tenían las lágrimas recientes, que era la mirada más honesta que le había dado a Sueño en toda la saga.

—Por favor —dijo. La voz salió más pequeña de lo que pretendía, que era la voz del cansancio cuando la voluntad todavía está intacta pero los recursos físicos ya no—. Si tienes a uno de mis hermanos, entregarlo.

Sueño la observó en silencio.

Sus ojos amarillos tenían algo diferente esta noche. En otros capítulos habían tenido diversión, evaluación, el brillo de quien encuentra al mundo un lugar interesante. Esta noche tenían algo más serio. No tristeza, exactamente. El tipo de seriedad que tienen los seres que llevan mucho tiempo viendo cómo las cosas se repiten y han aprendido a reconocer los momentos en que algo va a ser diferente.

—Pequeña niña —dijo Sueño, con esa voz de notas adheridas que esta noche sonaban más graves que de costumbre—. Está bien. Juguemos un juego.

—Estoy cansada de juegos —dijo Larah. No como protesta. Como declaración de estado.

—Lo sé. —Una pausa—. Este será el último que necesites jugar esta noche. Si ganas, te daré algo que estás buscando.

Pempe se apretó contra el cuello de Larah. Thea, que había estado flotando en silencio muy cerca, se posó en el hombro opuesto.

—¿Qué juego? —preguntó Larah.

—Escondidas.

—¿Tú te escondes o yo?

—Ya escondí algo. Tienes cinco minutos para encontrarlo. —La ninfa inclinó la cabeza—. O pierdes.

—¿Al menos una pista?

Sueño sonrió. Era la sonrisa pequeña y no completamente divertida de quien está a punto de decir algo que sabe que importa.

—Está en el único lugar de esta casa al que el ogro jamás ha entrado.

Y desapareció.

No en un remolino dramático. Esta vez los pétalos cayeron despacio, uno a uno, hasta que no quedó ninguno en el aire y Sueño tampoco estaba. Como si el acto de desaparecer esta noche mereciera más quietud que de costumbre.

III. El Acertijo del Espacio

Larah se dejó caer en el suelo del pasillo.

No porque se rindiera. Porque el suelo era lo que había y el cuerpo necesitaba un momento de contacto con algo fijo antes de seguir pensando.

—¿Dónde será ese lugar? —preguntó Pempe, dando vueltas en el aire con esa paciencia suya de quien piensa mejor en movimiento.

—Hay que hacer el inventario —dijo Larah. Cerró los ojos para ver mejor, que era algo que había aprendido de Pempe: a veces el mapa mental es más preciso sin las distracciones de lo visible—. El ogro ha estado en la sala. En la cocina. En el cuarto de mi madre. —Una pausa—. Cada vez que viene, ocupa más espacio.



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En el texto hay: amor, magia, criaturasmagicas

Editado: 03.04.2026

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