La Guardiana Larah

El nido de sombras

"Hay seres que llevan siglos sin que nadie los mire sin miedo. Una bebé que los mira con curiosidad pura puede hacer más por ellos que cualquier batalla."

I. La Cuna Vacía

La cuna estaba vacía.

Larah lo supo antes de encender la luz. El cuarto de Kim tenía un silencio específico cuando Kim estaba en él: la respiración de burbujas suaves, el movimiento ocasional de los pies que pateaban la sábana, el sonido de alguien dormida que no sabe que hace ruido porque el ruido es parte de estar viva. Sin eso, el cuarto era demasiado quieto.

Encendió la luz.

La cuna tenía las sábanas revueltas de la manera en que las revuelve alguien que se movió mucho antes de salir: no el orden del sueño profundo sino el desorden del despertar y la decisión de ir a algún lado. Los peluches en sus lugares. La música del móvil sonando en bucle, suave, la canción de la ballena que Clara ponía siempre.

—Pempe —dijo Larah.

—Lo veo —dijo Pempe. Estaba de rodillas junto a la cuna, con la nariz cerca del suelo, haciendo el inventario olfativo que hacía cuando necesitaba información que los ojos no daban—. Cruzó aquí. No fue llevada. Cruzó sola.

—¿Cómo?

—Gateando —dijo Pempe, con algo en la voz que era entre perplejidad y admiración—. El portal más cercano al suelo de la casa está en este cuarto. Kim lo encontró de la única manera en que Kim encuentra todo: sin saber que buscaba, sin saber que había peligro, con la determinación de las bebés que han decidido que quieren ir a algún lado.

Thea flotaba sobre la cuna con la expresión de quien está calculando algo que no le gusta del resultado.

—El Umbral no la detuvo —dijo—. Porque Kim no tiene miedo. El portal no se activa para quien no lleva miedo consigo.

—Entonces está en el Umbral —dijo Larah.

—Está en el Umbral. Pero el Umbral la recibió. No hay señal de Fiu Fiu en su rastro. Adonde fue, fue a algún lugar que el Umbral consideró seguro para ella.

Larah se arrodilló. Apoyó una mano en el suelo junto a la cuna.

Y cayó.

II. El Nido

La caída duró lo que duran las caídas en el Umbral: el tiempo justo para que el cuerpo entienda que está cayendo antes de que el suelo llegue. Pero el suelo era blando. El tipo de blando que amortigua sin rebotar, que recibe sin devolver.

Colchones. O algo con la textura y temperatura de los colchones sin ser exactamente colchones.

El aire era cálido, demasiado cálido para ser cómodo pero no tanto para ser peligroso: la temperatura de algo grande que respira cerca. Y el olor: humo del rescaldo, no el humo del fuego sino del apagado, de algo que ya quemó lo que tenía que quemar y ahora simplemente existía.

Huevos.

Los había en todas direcciones, de todos los tamaños. Negros como el carbón, blancos con puntos verdes que pulsaban ligeramente con algo que podría ser luz o podría ser vida desde adentro. Se movían con la lentitud específica de las cosas que no tienen urgencia porque tienen todo el tiempo que necesitan.

El nido estaba en el centro: construido no con ramas ni con piedras sino con almohadas. Las almohadas de todas las casas del mundo visible que se pierden, a las que nunca encuentras donde las dejaste, que aparecen debajo de la cama meses después sin explicación. Almohadas de tela suave y de tela áspera y de tela sin color definido por el uso. Construidas en espiral, en capas, con la precisión de algo que lleva siglos perfeccionando la arquitectura del confort.

Y en el centro del nido, dormía la dragona.

Escamas negras con tonos verdosos que no eran el negro del vacío sino el negro del cielo de noche cuando hay luna: ese negro con profundidad, con algo dentro. Alas plegadas sobre sí misma como un manto. De su cuerpo salía el humo del rescaldo en espirales regulares.

Y entre sus garras, dormida con los puños cerrados contra las mejillas y los pies cruzados: Kim.

Kim estaba perfectamente bien. La dragona la rodeaba sin presionarla, las garras en el suelo del nido a cada lado de la bebé, el cuerpo formando una caverna tibia sobre ella.

Larah dio un paso. La dragona abrió los ojos.

III. La Gran Destructora

Los ojos de la dragona eran del color de las esmeraldas con luz detrás. Se posaron en Larah con la lentitud de algo que lleva mucho tiempo sin que nada lo sorprenda y que, sin embargo, se ha encontrado con algo que no esperaba.

La dragona se irguió. Las alas se extendieron y el espacio pareció de repente más pequeño.

Kim no despertó. Siguió durmiendo, con los puños cerrados, con la boca ligeramente abierta.

—¿Quién eres, humana? ¿Cómo te atreves a entrar en mis dominios?

—Soy Larah. —La voz le temblaba ligeramente en las primeras sílabas, lo cual era honesto porque el miedo era honesto, y lo honesto era lo único que funcionaba en el Umbral—. La Guardiana. Vengo a buscar a mi hermana.

La dragona la miró durante lo que parecieron varios minutos.

—¿Guardiana? Aquí no hay más humanos que tú.



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En el texto hay: amor, magia, criaturasmagicas

Editado: 03.04.2026

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