"El nombre verdadero no destruye. Libera. Y a veces, liberar a algo de lo que es, es el acto más violento y el más generoso al mismo tiempo."
I. Lo Que Larah Sabe
Fiu Fiu era más grande de lo que la palabra ogro había sugerido.
Larah lo había sabido en abstracto desde el Capítulo II —las manos enormes que Pempe describió, las promesas rotas que habían llegado a ella a través de Luna y Promesa y Gavilán. Pero saberlo en abstracto y tenerlo en el cuarto de Clara son cosas tan diferentes que casi no comparten el nombre.
El cuarto de Clara olía al perfume que Clara usaba en las noches de trabajo y a algo más, debajo: el olor del Umbral profundo cuando ha estado en un espacio demasiado tiempo. El olor de algo que se ha instalado.
Fiu Fiu sonreía con la sonrisa torcida que Larah había imaginado y que era, en persona, menos amenazante de lo que esperaba y más triste de lo que estaba preparada para ver.
Los ojos.
Larah había aprendido a leer los ojos. Luna tenía los ojos del código antiguo, del honor que quiere ser visto. Promesa tenía los ojos de quien lleva tanto tiempo esperando que ya no sabe exactamente qué. Gavilán tenía los ojos del orgullo que esconde inseguridad. Olivo tenía los ojos de la alegría que también siente.
Fiu Fiu tenía los ojos del hambre.
No de comida. Del tipo de hambre que se produce cuando alguien lleva tanto tiempo sin que lo vean que ya no está seguro de que exista de la manera en que existen las cosas que otros ven.
—Hola, Fiu Fiu —dijo Larah.
La sonrisa torcida no cambió. Pero los ojos sí. Algo detrás de ellos —algo que llevaba mucho tiempo completamente quieto— se movió.
—Guardiana —dijo el ogro. La voz era exactamente la voz de alguien que lleva siglos practicando ser aterrador y que en este momento específico no parece del todo seguro de que ese sea el registro correcto—. ¿Sabes quién soy?
—Sí —dijo Larah—. Sé quién eres.
El ogro esperó. Los ogros que preguntan '¿sabes quién soy?' esperan que la respuesta sea el recuento de sus poderes, sus victorias, sus nombres de guerra. No estaban preparados para que la respuesta fuera simplemente sí.
—Eres Fiu Fiu —dijo Larah—. El que prometió a Promesa que nunca estaría solo y luego lo dejó solo. El que prometió a Gavilán que lo haría importante y luego lo usó. El que intentó cruzar el umbral de la dragona y no pudo porque la dragona come el miedo con el que tú operas, y sin miedo no eres nada en ese espacio.
Los ojos de Fiu Fiu se estrecharon.
—El que lleva siglos construyendo una red de criaturas sin camino —continuó Larah— porque eres la primera y la más perdida de todas las criaturas sin camino. Y ninguna de las promesas que hiciste las pudiste cumplir porque no tenías lo que prometías para dar.
—Cállate —dijo el ogro. La voz había cambiado: ya no era la voz profunda y amenazante. Era la voz de algo que está escuchando algo que no quería escuchar.
—¿Por qué? —preguntó Larah—. ¿Porque es verdad?
Fiu Fiu se movió hacia ella.
II. El Combate
Pempe apareció delante de Larah antes de que el ogro llegara —emergió del espacio entre el suelo y el borde de la cama con esa rapidez que no anunciaba— y en sus manos, algo que Larah no había visto antes: no la versión pequeña de sí mismo que acompañaba a Larah capítulo a capítulo, sino algo más. La forma completa del gnomo que protegió a Clara cuando Clara tenía ocho años, con el traje rojo que brillaba de una manera que no era solo tela.
—Larah —dijo Pempe, con la voz que usaba cuando algo era importante y el tiempo era poco—. Escudo.
Larah extendió las manos. Pempe se transformó.
No de golpe: fue una transformación que tenía la calidad de algo que ya era lo que se volvía —el escudo rojo que brillaba con una intensidad que no venía de ninguna fuente de luz externa sino de lo que Pempe llevaba dentro: décadas de protección acumulada, la magia específica de haber cuidado a dos Guardianas en la misma casa.
—Y yo —dijo Thea, desde el pelo de Larah, con la voz de alguien que ha guardado algo mucho tiempo y que ya es el momento de darlo—. Te daré toda la magia que me queda.
La espada dorada era más ligera de lo que debería haber sido. Pero la ligereza era correcta: no era un arma de peso. Era un arma de precisión.
Fiu Fiu llegó.
Los golpes eran reales y el dolor era real y Larah los recibió con el escudo y sin el escudo cuando el escudo no llegaba a tiempo, porque el ogro era más rápido de lo que parecía y porque Larah tenía ocho años y nunca había peleado con nadie que no fuera su hermano Sebas en las peleas de almohada del sábado por la mañana.
Pero no caía.
No por fuerza: por terquedad. La terquedad específica de quien ha estado despierta toda la noche buscando a siete hermanos en el Umbral profundo y ha llegado a este cuarto y no va a dejarse vencer aquí, no después de todo eso.
—Tal vez no sea grande ni fuerte como tú —dijo Larah, con la voz que salió entre dos golpes, más temblorosa de lo que pretendía—. Puede que no tenga la fuerza para detenerte. Pero voy a luchar por mis hermanos, por mi mamá y por mí. No voy a parar.