Capítulo 4.1 : “ como un gato que espera eternamente”
Volvamos unos meses atrás, más concretamente a la despedida en el puerto de la ciudad de Ovienna.
Tras la despedida con Tiger, Zach y Ziger, Rhodea quedó sola.
Realmente sola.
Trigger se la pasaba en su oficina durante días y, cuando salía de ella, también se iba de la residencia. Esos dos primeros meses estuvieron llenos de silencios.
Aunque, por la noche, Rhodea esperaba contenta y meneante las llamadas de Tiger.
Aquellas conversaciones duraban horas. Rhodea se preparaba con antelación: hacía un hoyo en la arena, encendía una fogata y traía muchas mantas. Allí se acomodaba, escuchando la voz de Tiger y el sonido de las olas.
En las mañanas, si es que Tiger se dormía primero y le permitía a Rhodea descansar algo, ella aprovechaba para madrugar al día siguiente.
Se levantaba y pensaba en cómo estaría Tiger.
Con la energía que lo caracterizaba, seguro que, si estuvieran juntos, estaría haciendo un alboroto con Zach o regañando a Ziger por alguna cosa muy tonta. Luego aparecería ella, como siempre, para mediar entre ellos.
Puede que no lo pareciera, pero ella era mucho mayor.
Rhodea salía de su habitación y bajaba por las escaleras frías, especialmente frías cuando no llevas zapatos, pues ella nunca los llevaba. Menos aún ahora que nadie solía observarla.
Pasaba por la costa y veía a varios guardias patrullando.
La misma rutina de siempre.
Fuera de la residencia había mucha gente. Alguna que otra persona pasaba cerca, pero rápidamente era alejada por más caballeros.
Rhodea veía a todos moverse apresurados, como si tuvieran el tiempo contado. Como si realmente importara.
Ella había aprendido hacía mucho que eso no era así.
Para ella, muchos de ellos no llegarían ni a una décima parte de la vida de la demonio.
Aun así, adoraba ese sentimiento de creer que esos breves momentos podían importar.
Desde la ventana de la recámara de Tiger, veía pasar el día.
Podía pasar horas enteras quieta, sin hacer nada, solo mirando todo lo que ocurría afuera.
De verdad que hacerlo le traía paz.
Mucha paz.
Recordaba, durante esas tardes, sus días en el infierno.
Si es que «días» podía ser una palabra para describir lo atemporal del infierno.
No había luz ni oscuridad. No había sol ni luna.
Solo un interminable páramo lleno de fuego negro, donde las almas paseaban perdidas y sufrían por la eternidad o hasta cumplir su condena y estar listas para reencarnar.
Rhodea veía cómo miles de demonios peleaban por un pedazo del alma de algún ser que tal vez nunca supo realmente por qué terminaría allí, junto a todos ellos.
Ella misma se cuestionaba si alguna vez había reencarnado.
Tristemente, sabía que eso no podía pasar.
Los demonios dentro del infierno no podían morir.
No realmente.
Y, fuera de él, si morían, su alma inmortal iba directamente al vacío.
Lucifer le había advertido muchas veces que, sin importar el mundo o plano en el que estuviera, todo estaría plagado de amenazas.
Todo el mundo querría probar un poco de ella y ella no podía ser una oveja.
Debía ser el lobo que afilara sus garras y colmillos para defenderse.
Era aterrador recordar aquellas palabras.
Recordar a su padre le provocaba bilis en la garganta.
Su mente siempre alerta y dispuesta para degollar nunca había conocido aquella paz que tenía ahora, mirando a través de una ventana frágil a seres frágiles.
Tras horas de introspección, llegaba la noche, cuando las estrellas ayudaban al mundo a sentir un poco de paz entre tanto caos.
Ahí Rhodea se alegraba mucho.
Esperaba ansiosa la llamada de quien, ella sabía, había aprendido lo que era realmente apreciar un pequeño momento, por fugaz que fuera.
Tiger la llamaba sin falta todos los días a la misma hora.
Al principio era algo extraño. Tiger apenas podía hablar bien entre tantas náuseas.
Ya más adaptado, lograron hablar mucho, de muchas cosas.
Rhodea trataba de comportarse de la manera más fría posible. Debía guardar su reputación de siempre.
Tiger lo sabía.
Y le encantaba.
Al final de cada día, ella iba a dormir pensando que, tal vez, al día siguiente Tiger y los demás pasarían por la puerta principal y el castillo volvería a ser un caos alegre.
Un día, Trigger volvería a la residencia y ordenaría a Rhodea que se moviera.
Había conseguido un castillo temporal donde estarían más seguros.