La guerra de los Titanes

Capitulo 3 : la alianza

A la mañana siguiente, el sol comenzó a elevarse lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos dorados y rosados. El aire fresco de la madrugada se colaba por las ventanas abiertas, llevando consigo el suave susurro de los árboles cercanos. Dentro de la posada donde se alojaban, el grupo comenzaba a despertar. Aunque el peso del agotamiento del día anterior aún se hacía sentir, un nuevo sentimiento los llenaba: expectación. Hoy sería un día crucial.

El silencio de la primera hora se rompió cuando los pasos suaves de Mistreya resonaron en el comedor. Había sido la primera en levantarse, su mente trabajando desde mucho antes de que el sol iluminara la estancia. Sobre la mesa esperaban platos sencillos, una mezcla de frutas, pan rústico y un té aromático que llenaba el aire con un toque reconfortante.

Uno a uno, los demás se unieron. Aiden fue el último en llegar, luciendo calmado pero con una intensidad latente en su mirada. Sus ojos dorados brillaban levemente a la luz de la mañana. Tomó asiento en la cabecera, su lugar natural, y se sirvió una taza de té, moviendo el líquido con suavidad mientras su mente parecía estar en otro lugar.

—Bien… Hoy nos reuniremos con ese tal Demian —comentó Aiden tras un largo silencio, con un tono suave pero cargado de determinación—. Espero que podamos conseguir un gran aliado.

El comentario flotó en el aire, rompiendo la calma momentánea. Mistreya, sentada a su derecha, dejó de cortar un trozo de pan y levantó la mirada, evaluando las palabras de Aiden. Había algo en su tono que la hacía pensar que él ya estaba considerando todos los posibles escenarios, incluso los más oscuros.

—A juzgar por cómo nos observó ayer y la forma en que se comportó, parece que Demian tiene intenciones claras —dijo Mistreya, apoyando un codo en la mesa y entrelazando los dedos de sus manos—. Probablemente quiera que lo ayudemos con algo... algo que incremente su poder en el gobierno.

Sus palabras provocaron un silencio tenso. Nadie se atrevió a interrumpir, sabiendo que sus sospechas eran razonables. En un mundo donde las alianzas eran tan frágiles como el cristal, confiar completamente en un líder como Demian era un lujo que no podían permitirse.

—El shinobi... —dijo de repente Mughan, rompiendo la tensión con su voz grave—. Ya no está. Lo más probable es que informara a Demian sobre los túneles.

Los ojos de Mistreya se entrecerraron, y Aiden dejó de mover la taza de té, ahora concentrado en las palabras de Mughan. Había algo inquietante en la forma en que el shinobi se había mantenido en silencio el día anterior, observando cada uno de sus movimientos y escuchando cada palabra. No habían sido lo suficientemente cuidadosos.

—Si ya sabe lo que necesitamos, entonces sus intenciones son claras —añadió Mughan, su tono cargado de confianza—. Esta reunión no es solo un intercambio de favores. Está buscando una alianza poderosa, y nosotros somos la pieza que necesita.

La lógica en las palabras de Mughan era innegable. Aunque era un hombre de pocas palabras, su capacidad de observar los detalles más pequeños y extraer conclusiones acertadas lo hacía invaluable. Aiden asintió, sus ojos dorados brillando con determinación renovada. Había algo en el aire, una sensación de que las piezas del tablero comenzaban a encajar.

—Entonces, debemos estar preparados —declaró Aiden, su voz firme y decisiva, como si estuviera dando una orden. — Si él tiene una estrategia, nosotros también la necesitamos. El juego está en marcha, y cada movimiento cuenta.

El grupo asintió en silencio, aceptando las palabras de su líder. La habitación volvió a quedar en calma, rota solo por el suave tintineo de las tazas al ser dejadas en la mesa. Cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos, preparándose mentalmente para lo que vendría.

Fue entonces cuando Shera y Titania entraron al comedor, con expresiones de cansancio aún marcadas en sus rostros. Habían pasado gran parte de la noche hablando sobre lo que habían visto en los túneles.

—¿Cómo están? —preguntó Aiden, sin rodeos, mientras sus ojos los evaluaban rápidamente.

Shera tomó asiento con un suspiro, mientras Titania parecía evitar el contacto visual por un momento. Finalmente, fue Shera quien rompió el silencio.

—bien...supongo algo aturdida aun y sorprendida por lo que vimos ayer...ese titan.. era mas grande que cuando vi a mughan en su forma completa.

La atención del grupo se centró en ella, sus palabras eran claras pero el peso de lo que iba a decir se sentía en el ambiente.

—ademas la sombra... no estoy segura si es aliado o enemigo... pero su forma de actuar es ... extraña?

Titania, quien hasta entonces había permanecido callada, finalmente alzó la mirada. Su rostro mostraba una mezcla de miedo y determinación.

—es verdad... ademas tenemos que actuar rapido puesto que los titanes ya se estan alistando.. —añadió, sus palabras casi un susurro.

El silencio que siguió fue ensordecedor. La gravedad de lo que acababan de escuchar dejó a todos sin palabras. Los titanes no eran una amenaza cualquiera; eran una fuerza capaz de arrasar con todo a su paso.

Aiden cerró los ojos por un momento, procesando la información. Su mente ya estaba trabajando, buscando la mejor forma de abordar esta nueva amenaza. Finalmente, habló.

—Esto solo confirma lo que sospechábamos. Kandor está en peligro, y nosotros somos su mejor esperanza. Si Demian está dispuesto a unirse a nuestra causa, entonces debemos asegurarnos de que esta alianza sea sólida. No podemos permitirnos errores.

Todos asintieron, comprendiendo la magnitud de la tarea que tenían por delante. No solo estaban enfrentando a los titanes; estaban luchando por el futuro de todo lo que conocían. El desayuno terminó en un silencio reflexivo, mientras cada uno se preparaba para lo que prometía ser un día decisivo.

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Tras unos momentos de descanso, el grupo se dio un ligero baño y se alistó para el encuentro con Demian. En su habitación, Aiden permanecía sentado, sosteniendo su tridente. Cada vez que tocaba el arma, una sensación indescriptible lo invadía: una mezcla de dolor ajeno y fuerza renovada. Era como si el sufrimiento de su gente hubiera quedado atrapado en el metal, y ahora ese eco viviera dentro de él. Esa conexión lo abrumaba, pero al mismo tiempo le recordaba por qué no podía fallar. No había margen para el error.




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