La guerra de los Titanes

capitulo 9: desastre en el campo de batalla

Mientras Arakos y Demian combatían ferozmente contra los Blackgold en su mansión, Aiden, su equipo, la otra mitad de los shinobis y el ejército de Kandor se enfrentaban a los titanes pequeños que emergían sin cesar. Aunque no eran tan temibles individualmente, su número parecía interminable. Aiden, a pesar de estar en el corazón de la lucha, no podía sacudirse un mal presentimiento.

Los soldados peleaban con todas sus fuerzas cuando, de repente, la tierra tembló bajo sus pies. De las profundidades surgieron colosos de más de 25 metros, algunos alcanzando los 30 o más. En ese instante, Aiden y su equipo subieron a la muralla, alineándose al borde, listos para enfrentar la nueva amenaza.

—¡Bien! Es nuestro momento —dijo Aiden, con su mirada fija en los gigantes mientras su equipo asentía con determinación.

—¡Es hora de darles una lección a esos gigantones! —exclamó Titania, llena de euforia y con sus espadas gemelas brillando bajo la luz de las llamas.

—No se confíen —advirtió Mughan con tono grave—. Los verdaderos monstruos aún no han salido.

—Entonces ganaremos tiempo hasta que lo hagan —respondió Kaelor con una confianza que rozaba la arrogancia.

Lyssa y Mistreya, cada una en su posición detrás de sus parejas, compartían una mirada cómplice. Sabían que todos tenían un rol crucial en esta batalla, y si uno caía, los demás estarían ahí para levantarlo.

—¡Adelante! —ordenó Mistreya, liderando el descenso al campo de batalla, seguida por su esposo y su hija.

Kaelor no se quedó atrás, avanzando junto a ellos mientras Lyssa los cubría con su magia a distancia. En lo alto, Shera aguardaba el momento perfecto para alzar vuelo y desatar su lluvia de flechas desde el cielo.

Solo quedaban Aiden y Zerah sobre la muralla.

—Maestro, la hora ha llegado. Hoy se proclamará vencedor, vengando a su pueblo. Yo creo en usted, mi señor —dijo Zerah, con una devoción inquebrantable en su voz.

—Gracias por creer en mí, Zerah. Ahora ve, únete al equipo. Tú serás nuestro escudo.

Zerah asintió y corrió hacia el grupo, posicionándose al frente para protegerlos con su inmenso escudo. Aiden permaneció en la muralla por un momento más, observando a su equipo en acción. Mistreya manejaba su lanza con una maestría incomparable, mientras su padre, con su espada bastarda, parecía invencible. Su madre lanzaba magia de alto nivel desde atrás, cubriéndolos en los momentos críticos. Zerah era un muro impenetrable, y Mughan, aún sin alcanzar su máximo tamaño, mostraba una fuerza abrumadora. Titania, con sus espadas gemelas, complementaba cada ataque, mientras Shera los apoyaba desde el cielo con precisión letal.

El equipo lucía invencible. Entonces, ¿por qué dudaba?

Aiden cerró los ojos por un momento y tomó el brazalete y el collar que el Vigilante le había dado, colocándoselos para incrementar su destreza mágica.

—Soy Aiden Sonere, hijo de Atlas Sonere… y hoy vengaré mi apellido —murmuró, antes de lanzarse al campo de batalla.

La lucha era feroz. Los titanes medianos y pequeños usaban no solo su fuerza bruta, sino también magia poderosa que desafiaba las expectativas. Sin embargo, las fuerzas unidas de Kandor estaban ganando terreno. Las armas de los shinobis atravesaban a los titanes con precisión mortal, las flechas de Shera caían como lluvia desde el cielo, y los hechizos de Aiden sembraban caos entre los enemigos.

Parecía que la victoria estaba al alcance… hasta que el suelo tembló nuevamente, esta vez con una furia que hizo que todos se detuvieran. De las profundidades surgieron los titanes más grandes. Algunos superaban los 30 metros, llegando a los 35, liderados por Ramarack, el hijo de Nunimus, un coloso de 37 metros. Y finalmente, con un estruendo que resonó como un trueno, emergió Nunimus.

El titán de 45 metros de altura se alzó sobre todos, su presencia infundiendo terror incluso a los más valientes. A su señal, los titanes colosales comenzaron a invocar hechizos de una magnitud que eclipsaba por completo a los de Lyssa. Poco a poco, los titanes recuperaron terreno, su poder devastador aplastando cualquier resistencia.

—¡Un montón de sabandijas no van a derrotarnos! —rugió Nunimus, comandando a su ejército con una autoridad imponente.

El rostro de Mughan se tornó serio. —Ya está aquí… —dijo con voz grave al ver a Nunimus.

En ese momento, Mughan activó su forma verdadera, transformándose en un titán colosal de 43 metros. Su cuerpo estaba cubierto por una armadura imponente, y su martillo resonó contra la tierra, causando un temblor que llamó la atención de todos los titanes.

Ramarack lo reconoció de inmediato. —Padre… es Mughan… es…

Nunimus lo interrumpió, dando un paso al frente. —Oh, hermano… pensé que nunca volvería a verte. Es suficiente de jugar a la familia con tu juguetito celestial. Únete a mí y ayúdame a erradicar este reino.

Un silencio abrumador llenó el campo de batalla. Mughan era el hermano de Nunimus. La revelación dejó a todos inmóviles, con la mirada fija en Mughan.

—No. Ya no te sirvo, Nunimus —respondió Mughan con firmeza—. Ahora mi lealtad es hacia el clan Sonere. Mi hija lleva su sangre y su apellido. No permitiré que destruyas aquello por lo que uno de ellos decidió luchar.

Las palabras de Mughan sorprendieron a Nunimus, quien no esperaba escuchar ese apellido otra vez.

—Siempre tan débil, hermano… Por eso siempre pierdes. Pero dime, ¿cuál es el nombre del Sonere al que sirves?

Mughan giró la cabeza hacia Aiden, quien observaba la escena desde la distancia, con los ojos llenos de determinación.

—¡Su nombre es Aiden Sonere! ¡Hijo de Atlas Sonere! —rugió Mughan con un grito que resonó en cada rincón del campo de batalla, impactando a todos, pero especialmente a Nunimus.

El colosal titán miró fijamente a su hermano, el asombro entremezclado con una preocupación que apenas podía disimular.
—¿Hijo... de Atlas? Imposible. Atrelius está muerto, yo mismo acabé con él. Y el recién nacido... estoy seguro de que también pereció ese día. —Su tono, aunque firme, tenía un tinte de duda que no pasó desapercibido.




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