La guerra del cielo

Cuando la tierra se llenó de violencia

La semilla del mal se había diseminado por la tierra que Dios había hecho. No cayó de golpe: se propagó. Como pólvora encendida, avanzó de generación en generación.

Las huestes, principados y potestades habían tomado su lugar en el tercer cielo. Desde allí movían los hilos de una mano invisible. No se las veía, pero se sentían. El tablero seguía en juego, y las piezas humanas avanzaban muchas veces sin advertir quién las empujaba.

La Escritura diría que la tierra se corrompió delante de Dios, y que estaba llena de violencia. Todo designio del corazón del hombre se inclinaba al mal, de continuo. No fue una exageración poética: fue un diagnóstico.

Entonces vino el Diluvio. No como un arrebato de ira, sino como un límite impuesto al desborde. La humanidad había cruzado umbrales que ya no podía sostener. Solo uno halló gracia. Uno, con su casa. El arca no fue un escape: fue preservación. El mundo no terminó; fue detenido para no perderse del todo.

Pero aun después de las aguas, la herida seguía abierta.

Las ciudades crecieron, y con ellas, la soberbia. Sodoma y Gomorra se entregaron a la perversión sin freno. Lo que había comenzado como desviación terminó en norma. El fuego cayó, no para borrar la historia, sino para marcar que el límite seguía existiendo.

Dios llamó a hombres. Y ellos, aun llamados, siguieron siendo frágiles.

David, conforme al corazón de Dios, cayó por la concupiscencia.
Salomón, lleno de sabiduría, fue desviado por sus muchos amores.
Sansón, ungido con fuerza, fue vencido por su deseo.
Saúl, elegido rey, se perdió en los celos y la desobediencia.

No fueron ejemplos para humillar, sino para mostrar una verdad dura: ni la unción, ni el llamado, ni el favor anulaban la carne. Otros permanecieron fieles.Y por eso fueron perseguidos.
Profetas silenciados. Justos acorralados. Siervos muertos por no doblar la rodilla. La sangre de los santos siguió cayendo sobre la tierra, mientras lo invisible celebraba cada caída.

El pecado ya no era un acto aislado: era sistema.
La humanidad avanzaba, pero torcida. El adversario parecía ganar terreno. Las piezas oscuras se movían con ventaja. Y sin embargo, la partida no estaba perdida.

En lo profundo del tiempo, Dios había anunciado una esperanza. No inmediata. No apresurada. Una promesa que tardaría siglos en cumplirse. Aproximadamente ochocientos años antes, había sido dicha: un Hijo sería dado. No para condenar, sino para reconciliar. No para destruir al hombre, sino para rescatarlo.

Llegaría Jesús, el Hijo de Dios. Su misión no sería política ni militar. Sería sacrificial.
Tomaría sobre sí el pecado del mundo y lo clavaría en una cruz. Lo que la sangre de animales no pudo borrar, su sangre lo cubriría para siempre.

El tablero estaba preparado. Las piezas habían avanzado. Las sombras se habían extendido.

El movimiento crucial del Supremo era inminente. Todo estaba dicho. Solo faltaba que el cumplimiento se hiciera carne.



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En el texto hay: angeles, guerra, dios y lucifer

Editado: 17.01.2026

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