El tiempo de la gracia había sido concedido.
Y durante siglos, sostenido.
Después de la ascensión del Hijo, el cielo no quedó en silencio. Diez días después, como había sido prometido, el Consolador descendió. No con forma visible para todos, sino como fuego repartido. Lenguas que ardían sin consumir. El Espíritu Santo habitó entre los hombres.
Convenció al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Señaló una única verdad: que Jesucristo era el camino, el mediador entre Dios y los hombres. Muchos escucharon. Otros resistieron. La gracia avanzó, pero no sin oposición.
Mientras tanto, la maldad se multiplicaba.
El mundo crecía en conocimiento, pero no en sabiduría. El tablero eterno seguía en juego, y el adversario parecía ganar terreno. Piezas caían. Imperios surgían y se corrompían. La verdad era anunciada, pero también perseguida. La luz avanzaba… y las sombras se espesaban.
La palabra fue llevada hasta los confines de la tierra.
Nada quedó sin advertencia. Entonces, el tiempo se cumplió.
Sin estruendo previo, sin anuncio visible, el Hijo volvió por los suyos. Primero, los muertos en Él se levantaron. Luego, los que aún respiraban fueron transformados. En un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron. La tierra quedó con espacios vacíos y preguntas sin respuesta.
El mundo buscó explicaciones. No miró al cielo: miró a sus propias teorías. Algunos hablaron de fuerzas superiores. Otros de evolución, de dimensiones ocultas, de intervención externa. El entendimiento fue cegado, y la multitud eligió creer cualquier cosa… menos la verdad que ya había sido anunciada.
La vida continuó como si nada hubiera pasado.
Como si la advertencia no hubiera sido real.
Mientras tanto, lejos del ruido del mundo, los redimidos fueron reunidos. El Cordero estaba allí. La promesa alcanzaba su plenitud. Se celebraron las bodas. No como un final, sino como un comienzo sellado. La espera había terminado para ellos.
El tiempo de la gracia había concluido. Lo que seguía ya no sería invitación, sino confrontación.
La partida entraba en su fase final. Y el tablero, una vez más, aguardaba el próximo movimiento.
Editado: 17.01.2026