Entré al consultorio de Valentina hecha un naufragio: mis manos temblorosas, jugaron con las llaves del auto unos segundos. Metí las llaves en mi cartera de cuero negra, de esas que con los años se van ablandando en las costuras.
El cierre metálico se trabó un segundo cuando quise cerrarlo y tuve que presionar con fuerza, hasta que la cremallera cedió con un ruido áspero. Mis dedos no se quedaron quietos: comenzaron a recorrer los bordes gastados de la correa. Sentí la textura áspera, me quedé viendo los hilos deshilachados que colgaban. Cada tanto enredaba mis uñas allí, tiraba de un hilo, lo soltaba, y volvía a empezar, sin tener la intención de detenerme.
La puerta del despacho detrás de mí se cerró con un golpe amortiguado y ese sonido pequeño resonó en mi pecho, dejándome la certeza de que no había retorno para lo que traía dentro: preguntas, culpas, deseos rotos.
Antes de que los labios de Valentina pronunciaran mi bienvenida, mi mente ya estaba muy lejos. Se abrió un remolino y me perdí en él, como quien se sumerge en aguas peligrosas.
El tiempo pasó sin hacer ruido y la sala se llenó de ese silencio que pide palabras. Antes de que Valentina me hablara.
-Sesión veintiséis. 14 de marzo de 2022 -dijo la voz de Valentina a la pequeña grabadora, como si quisiera dar cierta dignidad a todo lo que allí iba a decirse.
Valentina dejó su libreta y, por un instante, su profesionalidad se dobló en una rendija de humanidad-. Ven. Siéntate. Respira conmigo.
Me acomodé sin ganas. El cuero me sostuvo a medias, como si el sillón supiera contener cuerpos y no almas. Tapé mi cara con las manos y el llanto salió antes de que pudiera organizar las palabras: no puedo más, dije en un estruendo que no tuve valor de contener; no quiero vivir. Estoy cansada. Me siento inútil.
Ella no hizo gestos grandilocuentes ni me ofreció consuelos fáciles. En el silencio que siguió había un animal de espera: la espera de quien conoce el abismo y no se deja arrastrar por el vértigo. Me alcanzó un pañuelo desechable sin prisa. Yo lo tomé como si estuviera arrancando el consuelo de sus manos.
-Cuéntame, Isabella. ¿Qué pensamientos te han venido hoy?
Los pronunció como si atrapara el instante preciso para que mi desesperación no se hiciera fea. Y entonces dije lo que tanto me martillaba: los mismos. Imagino un lazo en el cuello; siento el frío de la soga. Me veo arrojándome desde un puente. Mi cabeza se revienta como lanzar una torta desde lo alto, y la sangre deja un charco gigante para que los disfruten las moscas.
Ella me miró, con esa mirada que no juzga pero que no permite mentiras. No habló de teorías ni de diagnósticos; habló con palabras que, sin dejar de ser profesionales, sonaron humanas: afirmó que esos pensamientos eran el grito de una herida que se había hecho costumbre; que no eran órdenes sino señales. Me pidió que respirara, despacio, que contara la inhalación y la exhalación hasta que el cuerpo obedeciera otra ley que no fuera la de la angustia. Lo hice. Respire, retuve, solté. En la práctica mínima de la respiración hubo un orden pequeño que me devolvió el pulso.
Soy la causa de todas mis desgracias. Alessandro se ahogó porque le dije que estaba loco en practicar ese deporte, creo que le reproché demasiado.
—Eso que sientes tiene nombre: culpa del sobreviviente. Aparece cuando buscamos control sobre algo que nunca estuvo en nuestras manos. Discrepar con una decisión no es causar sus consecuencias.
Puede que tenga razón. Pero de lo otro que sucedió, ahí si soy muy culpable.
Discutí con papá mientras manejaba, quién hace eso, debí haberme callado, pero no lo hice. Papá me reprochó por cómo me vestía. Mi furia explotó, me dijo que no me vestía de forma decente; mamá intentó calmar mis palabras; sin embargo, no dejé de agitar mi temperamento discutiendo con papá. Le dije que no era ninguna prostituta y que tenía la edad suficiente para vestirme como me diera la gana. Las discusiones se intensificaron. Estoy segura que fui yo quien lo distrajo demasiado. Si yo no hubiera hecho esa escena, si no hubiera sido yo quien impeliera la atención de mi padre... ellos estarían aquí conmigo. ¡Yo los maté! Soy yo la que tuvo que haber muerto aquel día y no ellos.
—«¿Qué evidencia tienes para sostener que tu gesto fue la causa exclusiva del accidente?».
Hablar de ello me dejó exánime. Hubo lágrimas que fueron más silenciosas, como si el corazón exhalara un peso que ya no podía sostener. Aunque no había una evidencia física de que fuera la culpable, seguía convencida de que la evidencia emocional muchas veces sobrepasa los límites de la mente. Y si papá pensó demasiado en mi rebeldía y se distrajo con disociaciones. ¿Entonces quién es el culpable? No es necesario acudir a un investigador profesional para utilizar la lógica. Valentina no entiende mi punto de vista o no se esfuerza en comprenderlo.
Me pidió, con la voz serena y sin aspavientos, que escribiera cinco razones para quedarme en este mundo. Abrí la libreta con mano temblorosa y en la primera línea anoté algo frío y práctico: una inversión inmobiliaria que, bien administrada, podría multiplicar mi capital. Fue la primera idea que me vino a la cabeza porque, en el fondo, el hotel no es solo memoria: es patrimonio. En la segunda línea puse que el Esplendor necesitaba a alguien que lo gobernara, que lo cuidara y le devolviera la vida que mis padres le habían puesto. Las siguientes razones flaquearon mientras las escribía; eran promesas a medias que surgían entre la pena y la costumbre: mis amigas como la tercera razón-aunque me hubiera distanciado de ellas-, Mateo, el joven que muestra interés por mí (no estoy segura de corresponderle, pero quizá con el tiempo mi corazón cambie) Como la cuarta razón y mi anhelo de viajar, de conocer el mundo como la quinta. Esa última línea la garabateé con menos convicción, pero la dejé por escrito: viajar, también sería una buena razón para seguir con vida. Conocer nuevas culturas y personalidades distintas.
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Editado: 16.08.2026