Deslicé los dedos por mi cabello negro, que ya me caía hasta las nalgas, sentí algo insólito: se enredó en mis manos destruyendo el rojo esmalte de mis uñas. Mi cabellera siempre era lisa y dócil, pero esta vez se aferraba como si, en lugar de hebras suaves, estuviera apartando ramas de pinos que se enganchaban a mis dedos.
El día amaneció luminoso, con un cielo despejado que parecía pintado a mano. Avanzaba por el jardín delantero de la casa de campo de mis padres, rodeado de una cerca de madera pintada de blanco en la parte frontal. Ese lugar siempre había sido refugio en los tiempos de verano. El perfume de los rosales y jazmines me envolvía, mezclado con el canto de los zorzales posados en las ramas de los árboles a los costados de la casa, y el golpe apagado del piso de ladrillos bajo mis pasos. Al entrar a la casa, mis zapatos negros de tacón cuadrado hicieron un estruendo en el piso de madera mientras caminaba. En la mesa de la sala, con manteles dorados, había un plato con todo tipo de dulces y frutas. Agarré dos bocaditos de chocolate Havannets de Havanna y los metí a mi boca.
Escuché la risa de Alessandro que provenía del patio. Esa risa inconfundible que me hacía sonreír incluso antes de verlo. Corrí hasta él, toda emocionada, y ahí estaba, con el celular agarrado con ambas manos, viendo videos acostado en la hamaca, con las piernas largas cruzadas. El césped bajo mis pies hizo un roce rastrillado, mientras tuve un ligero resbalón, y se arrastraron mis pies cuando casi me voy de hocico.
—Qué lástima, quería disfrutar de esa caída. Dijo el burlón de mi hermano.
Gracias a Dios que tengo equilibrio, le respondí para aparentar que no tuve miedo de resbalarme.
Alessandro me saludó, levantándose para abrazarme.
¡Ale! -respondí, hundiéndome en ese abrazo cálido.
¿A qué hora llegaste? Le pregunté.
—Hace un rato. Mamá me recibió con dulces, como siempre. Nunca cambia, quiere volvernos gordos como Hansel y Gretel.
Pero existe una diferencia en tus palabras, y es que la señora amable que los llenaba de comida a Hansel y a Gretel era una bruja, mamá no lo es.
—Y no estoy diciendo lo contrario. Solo dije que quiere volvernos gordos como Hansel y Gretel. Tú rellenaste lo demás.
Acepta que fue una mala comparativa.
-No tengo que aceptar nada, Isa. Tú rellenaste lo demás.
Uff, mejor olvídalo.
-Eso haré, olvidaré, dijo mientras me guiñaba un ojo.
¿Tú nunca pierdes, verdad?
—En eso tienes mucha razón. Nunca pierdo, nací para ser un ganador, qué te puedo decir. Solo los tontos pierden.
Estás insinuando que soy una tonta.
-No, dije eso, solo dije que jamás pierdo en la vida.
Pero también dijiste que solo los tontos pierden.
—Tienes razón, pero tú no eres tonta. Me refería a los otros tontos. Tú despreocúpate.
¡Imbécil, te odio!
—No le digas imbécil a tu hermano y tampoco lo odies. Dijo mi mamá Camila con su rostro serio y enfurecido.
Pero él empezó, se vuelve muy insoportable. Acaso no te das cuenta.
—Calmen sus discusiones o tendré que calmarlos a ambos a la fuerza. No crean que porque ya están grandes no les puedo resetear el Windows.
Me puse a conversar con mi hermano Alessandro.
Después de unos minutos. Me voltee para mirar hacia la mesa de la sala, donde mamá ya había sacado las bandejas de dulces y estaba ubicando los individuales de yute. El asado en la parrillada ubicada en el patio, parecía ya estar lista. A ella le encanta más la parrillada que a cualquiera de nosotros. Hizo un megabanquete donde había todo tipo de carnes y embutidos.
Papá ya estaba llevando con Alessandro las carnes a la mesa de la sala.
Papá se dirigió a la estantería de la cocina para sacar el vino, probando antes su sabor con gesto crítico, aunque en el fondo disfrutaba de cada sorbo. Giulio Morandi siempre había sido exigente con los sabores, con las palabras, con todo. Mi mamá, en cambio, irradiaba esa dulzura Argentina que lo equilibraba todo, con una sonrisa que podía desarmar cualquier aspereza.
—Isa, ven a la mesa -me llamó mamá, agitando la mano-. Ya está casi todo listo para almorzar.
Me acerqué a papá en la cocina, ignorando las palabras de mamá, y lo besé en la mejilla izquierda.
-Faltó del otro lado, me reclamó papá.
-En Italia el saludo se da en ambas mejillas.
Lo sé, le respondí y entonces hice lo que me exigió.
Su sonrisa era encantadora. Su barba estaba delineada en una forma perfecta, tenía estilo candado.
Entonces lo abracé muy fuerte. Sin despegarme de su pecho por varios segundos.
—Hija, siempre vas a ser mi bebé y lo sabes -dijo, con un tono solemne que me conmovió.
Y tú siempre serás un viejo guapo. Mi viejo guapo.
—Muchas gracias. No sé si tus palabras fueron premio o castigo.
Ambas. Respondí.
-Está bien. Solo me voy a concentrar en lo positivo, hija.
Caminé al lado de papá, con una mano cruzada detrás de su espalda y puesta en su cintura hasta llegar a la mesa.
Me senté entre Alessandro y mamá, disfrutando de la calidez del momento. Pero al mirar en la mesa, había cinco sillas. Mi hermano se mudó a otra silla, dejando una silla vacía a mi lado. Su comportamiento fue extraño, sin embargo, decidí mejor no opinar. Sentí que la casa vibraba con una vida especial. Todo parecía más vivo, más brillante, como si la luz se filtrara de otra manera entre los árboles. Entonces vi a través de la ventana a un acosador que no dejaba de mirarme. Este hombre observaba a toda mi familia con detenimiento, pero su mirada más se centraba en mí que en la de los demás, me empecé a poner muy nerviosa. Había algo en su forma de estar, en su mirada serena, que me resultaba familiar aunque no pudiera explicarlo. Yo estaba en un lazo intermedio entre la incomodidad y la tranquilidad. Él no se apresuró a acercarse: aguardó de pie, hasta que Alessandro le abrió la puerta y papá lo invitó a entrar con un gesto de alegría.
#622 en Fantasía
#71 en Ciencia ficción
viajes en el tiempo, viajes suspenso y drama, fantasía drama romance
Editado: 16.08.2026