La habitación 23

CAPÍTULO 7: MENSAJE DE MUERTE

La conversación con Elena había quedado suspendida en mi memoria como una ecuación sin resolver.

Quedamos en vernos al día siguiente para comer y beber algo, y acepté sin dudarlo. No era una cita, al menos no en el sentido ligero que muchos dan a esa palabra. Era el deseo de continuar una conversación que el tiempo había interrumpido demasiados años atrás.

El centro histórico rebosaba vida. Los comerciantes anunciaban sus productos desde las puertas de sus negocios, los niños corrían por las calles con un balón improvisado, una mujer sacudía un mantel mientras tarareaba una vieja canción siciliana.

A lo lejos, el Etna dominaba el horizonte, todavía iluminado por un sol que parecía negarse a abandonar la isla.

Nos encontramos en una pequeña enoteca escondida entre callejuelas estrechas. El lugar olía a madera envejecida, vino reposado y queso curado. Decenas de botellas de vino descansaban sobre estanterías de roble oscuro.

—Siempre tan puntual... y yo llegando tarde -dijo Elena apenas cruzó la puerta.

Su cabello corto y esponjado, con rizos perfectos, lucía impecable. Su sonrisa seguía siendo la misma que recordaba de la infancia, aunque ahora escondía una madurez que antes no existía.

Nos saludamos con un beso en cada mejilla. Aparté la silla para que pudiera sentarse.

-Sigues haciendo eso.

¿Qué cosa?

-Tratar a todas las mujeres como si fueran damas de la realeza.

Sonreí.

Mi hermana Luciana dice exactamente lo mismo. Incluso asegura que algún día terminaré haciéndole una reverencia antes de servirle el pan.

Elena soltó una risa desbordante que hizo girar la cabeza de un anciano sentado junto a la ventana.

Pidió un Nero d'Avola de la región. Yo elegí un Marsala ámbar. Llegaron acompañados de aceitunas verdes, pan tostado con aceite de oliva y un pecorino recién cortado.

Durante los primeros minutos hablamos del calor, de la universidad y de viejos conocidos que ya parecían pertenecer a otro mundo.

Sin darnos cuenta, el vino fue derribando la distancia que los años habían construido entre nosotros.

—Nunca entendí cómo eras capaz de pasar horas enteras mirando un cuaderno lleno de símbolos -comentó Elena, haciendo girar lentamente el vino dentro de la copa-. Yo habría perdido la cordura.

La costumbre termina domesticando cualquier misterio -respondí.

-No. Lo tuyo no es costumbre. Es obsesión.

La observé unos segundos antes de responder.

¿Te asusta la obsesión?

-No. Me intriga.

Bebí un pequeño sorbo.

—Las obsesiones son peligrosas. Uno empieza creyendo que las controla y termina viviendo para ellas.

¿Hablas de la física?

—Hablo de cualquier cosa que consiga ocupar todos los pensamientos de una persona.

Ella apoyó el codo sobre la mesa.

-¿Y todavía es la física la que ocupa los tuyos?

Guardé silencio. La respuesta era sencilla, pero por primera vez en mucho tiempo no estaba seguro de ella.

No vine a hablar de ecuaciones -dije finalmente-. Vine a escucharte.

Elena bajó la vista y comenzó a desmenuzar un trozo de pan entre los dedos.

-Entonces dime qué ves cuando me miras.

No era una pregunta ingenua. Era un desafío.

Podría haber hablado de proporciones, de simetrías, de la forma en que la luz resaltaba el contorno de su rostro. Habría sido una respuesta correcta... pero completamente pretenciosa. Entonces decidí cambiar mi respuesta.

Veo a la única persona capaz de hacer que un hombre olvide, aunque sea por unos minutos, aquello a lo que ha dedicado toda su vida.
Elena permaneció inmóvil. Después sonrió, con una mezcla de sorpresa y timidez.

-Ya, basta. Cálmate, galán... vas a conseguir que me sonroje.

Quisiera estar a tu lado.

-No te importa que no te vea de frente.

No, quiero escuchar tu voz de cerca. Tu belleza ya vive grabada en mi mente, pero tu voz es un fenómeno que solo existe en el instante en que ocurre, y no pienso perdérmelo desde lejos. Es similar a escuchar una bella melodía minuto tras minuto.

-¿Ves? Ya lograste que me sonroje.

—Pues, no esperes más y siéntate a mi lado. Me dijo.

Guardé un instante de silencio, cuando estaba a su lado, mientras tanto saboreaba el vino.

El silencio, muchas veces, habla más de lo que creemos. No podía resistir mucho tiempo sin observar los detalles de su rostro de perfil, y ella, a propósito, me miraba de frente para hacerme enloquecer con sus encantos.

El tiempo pasó sin que lo notáramos, y el silencio volvió a diluirse en banalidades.

Descansamos un rato. Cuando salimos de la enoteca, el cielo ya se había vestido de azul oscuro. Las farolas proyectaban una luz cálida sobre los adoquines, mientras el aire traía desde el puerto el olor de la sal mezclado con el jazmín que trepaba por algunos balcones.

Comenzamos a caminar sin rumbo fijo, despacio. Había noches en las que el destino era simplemente seguir avanzando.

Hasta que Elena fue la que rompió el silencio. Tomó mi mano con una naturalidad delicada, y la sostuvo unos segundos entre las suyas antes de preguntar en voz baja:

-¿Tú vibras?

Era una expresión común en Italia. No hablaba del corazón como órgano, sino de esa conexión que algunas personas encuentran sin saber explicar por qué.

Respiré lentamente.

Hasta hace poco, solo vibraban mis ideas -confesé-. Durante muchos años pensé que solo podía obsesionarme con una teoría.

Ella no respondió.

Estoy seguro que la ciencia puede obedecer leyes exactas, pero el corazón no.

Nuestros rostros quedaron separados por apenas unos centímetros, y de repente el resto de la ciudad desapareció. No escuché conversaciones lejanas ni ningún ruido cercano. Solo sentí el fuego de sus incandescentes labios.

A diferencia de Isabella Morandi, este beso sí era real, y no se trataba de simples sueños.

Elena apoyó la cabeza sobre mi hombro. Y desde entonces, ya éramos novios: puse una mano detrás de su espalda para sostenerla por la cintura. Ella copió mi misma técnica para mantener una misma conexión de cuerpo y alma.




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