Salí del consultorio de Valentina. Crucé la calle, yendo rumbo al auto, caminando con esa sensación de presión baja: un mareo residual, añadido a un silencio incómodo. Como si la muerte me estuviera esperando a unos metros.
No era nada divertido volver al refugio del hotel, encerrarme en mi habitación y entregarme otra vez a la soledad conocida, pero esa rutina era parte de mi vida. Podía sentir que el mundo se estaba extinguiendo conmigo.
Caminaba despacio, haciendo sonar mis zapatos de tacones cuadrados en la vereda, cuando de pronto, me fijé que venía Mateo en dirección contraria, en mi misma línea: caminaba hacia mí con paso firme y en la mano llevaba un vaso descartable con tapa, con el logotipo de Starbucks. El tipo de vaso para llevar- y por la pequeña rendija de la tapa escapaba un hilo de vapor que ascendía en espirales. Su seriedad con la que me miró me atravesó el corazón como con una lanza.
Yo le hice daño. No era un detalle menor. Mi proceder fue excesivo. En mis tiempos de descontrol, cuando todavía vivía Alessandro y no cargaba con el luto de mis padres, lo aparté con la brutalidad de una amenaza: cuando lo veía cerca de mí en todas partes al mismo tiempo, le dije seriamente que lo demandaría por acoso. No fue un sentimiento veraz, fue más un impulso, nacido de la inmadurez. Pero cuando se lo dije. Él se marchó de mi lado, como era natural que lo hiciera. Después de la muerte de mi hermano y el accidente de mis padres, me aislé, cambié de número, cerré todas las puertas posibles y me hundí en mi propio vacío.
Ahora lo tenía de frente y lo veía con otros ojos. Vestía con vestimenta laboral de oficina. Camisa mangas largas celestes y pantalón gris de tono oscuro.
Seguramente estaba trabajando en el edificio del frente o cerca de allí.
—¡Isabella! Qué bueno verte -dijo unos metros antes de darme la espalda. Y no supe cómo reaccionar.
Hola, Mateo -logré decir, alzando la mano como una torpe defensa contra la distancia. Le extendí la mano para estrecharla con la suya y añadí con rapidez-: Me da gusto verte. ¿Tienes un momento para escucharme?
Él se detuvo y vaciló. Un suspiro de incomodidad se le escapó antes de hablar.
—La verdad... es que no tengo mucho tiempo. Tengo que volver a mis labores.
Me dolió, pero no lo culpaba. Por ello le pedí disculpas, de golpe, como abrir una represa. Le dije que lamentaba mis anteriores palabras, que había sido injusta y cruel con él.
Mateo me escuchó con educación, aceptando mi confesión. Sus labios se curvaron apenas en lo que podría llamar una sonrisa discreta, una leve insinuación de lo que alguna vez fue su gesto más hermoso. No sé si en verdad existía la media sonrisa, pero eso fue lo que vi. Recuerdo su verdadera sonrisa, franca y luminosa que en otros tiempos se desplegaba en su rostro como saeta y se incrustaba en tu mente. Esa sonrisa plena, capaz de encender su rostro enrojecido, ya no estaba allí.
Lo que encontré, en cambio, fue un reflejo opaco, como el resabio de un fuego que se resiste a morir pero que ya no calienta. Y comprendí, con dolor punzante, que había sido yo quien apagó esa luz. No hubo accidente ni azar: fui yo la que despojó el brillo de sus labios, la que ensombreció ese tesoro.
En su mirada descubrí lo que trataba de ocultar: la incomodidad, el eco de un resentimiento disimulado que se filtraba en su gesto correcto. Esa tensión que se percibe en el aire, aun cuando las palabras se pronuncian con suavidad. Y yo no tenía derecho a reprocharle nada. Porque ese matiz de frialdad que ahora nos separaba, no nació en él: la sembré yo, y él solo la llevaba marcada como un estigma.
Conversamos con cautela. Yo recordaba, mientras lo miraba, las flores que enviaba al hotel, las visitas inesperadas, su risa clara. Recuerdos que antes me parecían una carga, si ahora me diera flores, ese bello detalle lo llegaría a atesorar como algo muy preciado.
Él señaló el edificio, me explicó que trabajaba allí como supervisor, en una empresa de marketing llamada Móvil Lass. Había tenido una reunión más corta de lo esperado y salió por un café. Era simple, cotidiano, pero sonaba a una vida sólida, una vida que yo había despreciado en su momento. Me dijo que había dejado atrás lo ocurrido, que entendía mi distancia y que no guardaba rencor.
Quise creerle, pero el corazón me golpeaba el pecho con la fuerza de un choque automovilístico.
Le pregunté si quería conservar mi nuevo número. Por si deseaba escribirme.
Hubo un silencio, una pausa en la que bajó la mirada. Y respondió.
—Mejor no. No quiero volver a cruzar esa línea.
Se acomodó la correa de la mochila en su hombro y me dijo.
—Y bueno, debo volver al trabajo. Ha sido un gusto volverte a ver.
No quise dejarlo ir. Por ello me apresuré a decir:
Entonces dame tu número, por favor.
Él me miró con un gesto que mezclaba cansancio y cautela.
—Isabella, no creo que debamos volver a lo mismo. No hablo de obsesiones... simplemente, no creo que el panorama sea el mismo.
Sentí que me escurría entre los dedos. Le insistí con un tono más suave, casi suplicante:
No es lo que piensas. Solo quiero conversar contigo un rato, nada más.
Mateo suspiró, como si cargar conmigo fuese un pequeño peso. Tomó una servilleta del café, agarró mi mano y la coloco encima de mi palma para escribir su número con una caligrafía redonda, casi impecable. Retraje mis dedos para apretar la servilleta mientras escribía. Y luego la hice puño para que no se me escapara.
Respiré hondo y, antes de que se despidiera, me atreví:
Mateo, ¿qué día tienes libre este fin de semana?
Él se mostró sorprendido, arqueó una ceja con reserva.
-¿Por qué? -preguntó, con una frialdad que apenas disimulaba.
Para invitarte a un café. Nada más. En "El Rincón de San Martín". Lejos de tu trabajo.
¿Lo conoces? Pregunté.
—Obvio, el que queda a cinco cuadras detrás de tu hotel. No lo he olvidado, aunque ya no paso por ahí.
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Editado: 16.08.2026