Isabella reposaba de costado sobre las sábanas blancas de mi cama, me miraba fijamente a los ojos, inmóvil, con una quietud que por momentos me hacía pensar que se trataba de una estatua.
Llevaba puesto un gabán gris abierto, y debajo de el una sexi bata blanca brillante, casi transparente que apenas sobrepasaba sus rodillas.
-¿Qué te sucede? -Inquirió.
Si no conoces mi preocupación, entonces no eres más que mi propia imaginación -respondí.
-Por supuesto que conozco tu preocupación.
Entonces, ¿por qué lo preguntas?
-Lo que quería decir es: ¿qué te sucede para que hayas dejado de confiar en mí?
No sé si confiar sea, en este caso, lo más apropiado. Un hombre dejó una carta en mi saco. El mensaje decía que sé demasiado, que debo abandonar Italia, y huir hacia un lugar donde nadie pueda encontrarme.
-Lo sé. Es precisamente lo que te dije antes.
No. Nunca me dijiste que llegarían a amenazarme.
-Ettore, querido mío, te dije que Mussolini intentaría utilizarte. ¿Lo recuerdas? Por eso te pedí que construyeras mi máquina del tiempo, para que pudieras venir a verme.
Sí, pero...
-Lo que ocurre es que no quisiste creer en mis palabras. Estoy al tanto de todo lo que te sucede. Pero ya es hora de que dejes de pensar que soy únicamente un sueño extraño. Soy una mensajera. Mejor mírame de ese modo; quizá así todo te resulte más sencillo la próxima vez.
La observé durante unos instantes.
¿Quién era el hombre que dejó el sobre en mi saco?
-Te refieres a Tiziano Cabianca. Era uno de los hombres encargados de seguirte adondequiera que fueras. Sin embargo, últimamente sus informes comenzaron a ser fraudulentos para protegerte. El sabía que tu conocimiento era muy poderoso, se deshizo de apuntes necesarios y los quemó. Luego Intentó confundir al consejo de investigación asumiendo que no eras lo suficientemente importante para los propósitos del gobierno. Pero su plan fracasó cuando el consejo de investigación envió un topo para investigarlo. Descubrieron que estaba ocultando valiosa información. Y cuando se vio acorralado, buscó la manera de advertirte. Sabía que iban a asesinarlo. Pero también tenía conocimiento de que a ti no te harían ningún daño. Por ello es que trató de apartarte del peligro. No obstante, yo he hecho lo mismo desde el principio.
¡No lo entiendo! ¿Qué es el consejo de investigación?
-No estoy autorizada a decirte demasiado. Solo puedo revelarte aquello que necesitas saber. Y lo único que necesitas saber por ahora es que debes empezar a construir la máquina.
¿Eres una especie de ángel protector?
Isabella sonrió apenas.
-Puede ser que lo sea, como también puede que no. Míralo del modo que necesites. Solo te pido que hagas aquello que te estoy pidiendo. Hay algo que debes comprender: aunque estás siendo perseguido e investigado, todavía tienes el tiempo suficiente para escapar. No poseen, ni poseerán por ahora, pruebas verificadas como para poder acorralarte y encerrarte.
Pero el mensaje decía que sé demasiado.
-Para el consejo de investigación, saber demasiado no constituye, por sí mismo, una anomalía. Lo verdaderamente peligroso es que estén convencidos de que sabes lo suficiente acerca de aquello que les interesa: la posibilidad de construir una bomba que ellos mismos no han conseguido descifrar y construir. Todavía no están seguros de que le seas útil para sus crueles propósitos. Tiziano Cabianca retrasó la investigación; ya te lo había dicho. Eso te concederá un poco más de tiempo. Sin embargo, no será demasiado.
¿Cuánto tiempo me queda?
-Dos años y algunos meses más. Pero cuanto más avances, más intensa se volverá la persecución. Por eso es que tienes que trabajar con ahínco en la máquina. Mientras más te convenzas de que no existo, más rápidamente consumirás tu tiempo.
Guardó silencio por un instante y luego suavizó la expresión.
-Pero no quiero que te angusties demasiado, corazón.
-¿Qué te parece si mejor cambiamos de tema?
—¿Y Elena? -preguntó Isabella, sin apartar los ojos de los míos-. ¿Qué tiene Elena que no tenga yo?
No respondí de inmediato.
-¿Besa mejor que yo? -Preguntó de pronto, con un matiz juguetón en la voz.
La miré con cierta perplejidad antes de responder.
Elena posee la claridad de quien sabe hacia dónde desea dirigirse. Tus besos, en cambio, se parecen más a un experimento cuyos resultados no pueden preverse. No diría que uno sea mejor que el otro. Son, sencillamente, dos cosas muy distintas: uno es certeza; y la otra, descubrimiento.
Isabella sonrió.
-Siempre encuentras una manera científica de responder a las preguntas más sencillas.
No siempre son las más sencillas.
-Por cierto, hablando de descubrimientos...
Se incorporó lentamente y buscó algo debajo de la otra almohada de mi cama.
-Mira lo que acabo de encontrar.
Sacó un objeto pequeño, envuelto en un trozo de tela. Cuando lo desplegó, descubrí un reloj de bolsillo. Su forma me resultaba extrañamente familiar, aunque no conseguía recordar haberlo visto antes. Había algo en aquel artilugio que mi memoria se negaba a mostrarme con claridad.
El reloj se había detenido a las dos y veintitrés. La hora exacta a la que siempre despertaba de mis sueños.
Isabella lo sostuvo entre sus dedos durante unos instantes, como si quisiera asegurarse de que yo lo observara bien. Después lo guardó en el bolsillo de su gabán gris.
Su mirada adquirió entonces una profundidad distinta.
Ettore -me dijo-, tienes que encontrar el dispositivo de transición. Debe ser capaz de manipular un umbral, y tensar el tejido temporal.
-Piensa en los materiales que podrían hacer posible semejante cosa.
Abrí los ojos angustiado. Despertando de esa pesadilla.
Las palabras de Isabella permanecieron suspendidas en mi memoria.
Entonces vi el reloj.
Aquel que, hasta unos instantes antes, creía no recordar.
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Editado: 16.08.2026