Llegué en taxi hasta el consultorio de mi terapeuta. Si hubiera tomado el volante yo misma, con la presión y angustia que sentía en el pecho, habría acabado estampada por ahí en una pared o peor aún, chocado con otro auto.
-Grabación de Valentina:
Sesión cuarenta. Dieciséis de abril de dos mil veintidós. Hora: diez cero cinco de la mañana. Paciente: Isabella Morandi. La paciente ingresa con signos visibles de angustia, sudoración profusa y agitación psicomotriz.
Yo la escuché pronunciar esas palabras mientras apenas podía sostenerme. Entré sudando, con el cabello pegado a la frente, y la blusa empapada como si hubiera corrido en medio de una balacera. El portazo a mi espalda fue un disparo que retumbó en mis oídos.
Me dejé caer en el diván porque ya no me quedaban piernas, solo un temblor me atravesaba de arriba abajo. La boca la tenía seca. Recordé minutos antes al taxista: el conductor me había preguntado si quería mejor ir a un hospital. Yo le arrojé más billetes de lo que debía como si fuera un stripper, y le rogué para que me dejara bajar.
Valentina caminó despacio. Ajustó la grabadora, la dejó en la mesa, y me miró analíticamente.
-Estás a salvo aquí, Isabella. Respira.
Pero respirar era imposible. El aire era una pasta espesa, me quemaba en la garganta, como si tragara humo. Mis manos se aferraron al cojín, hundiendo los dedos en la tela.
No podía quedarme un minuto más en mi habitación, Valentina... - le alcancé a decir. Las paredes se movían. Querían dejarme aplastada como una lámina en el medio.
Las lágrimas me corrían por la cara, ardientes, no de tristeza, sino de desesperación.
A veces me da por salir del hotel y caminar sin rumbo fijo. Otras veces me siento prisionera como si hubiera cometido un homicidio.
Me doblé hacia adelante, con la cara hundida en las manos. El sudor me caía de la frente al suelo, gota tras gota.
Valentina me sostuvo con la mirada, sin alterar su tono:
-Isabella, siempre hay una salida para todo, lo que describes es solo un estado de angustia. La prisión solo existe en tu cabeza, es tu percepción del mundo. Vamos a desarmar esa sensación, pieza por pieza. Pero antes necesito que no te guardes ningún detalle conmigo, aunque te duela.
-Con cada detalle que me das, me das las herramientas para poder ayudarte a destruir esa pared de ladrillos que ata tu mente. Vamos a destruir esa pared, pero vamos a hacerlo juntas.
Yo respiré con dificultad. Apenas un soplo, apenas tuve un instante de tregua.
En este instante tengo esa fea sensación de encierro -terminé diciendo. Siento que quiero salir corriendo hasta desmayarme.
Valentina no apartó sus ojos de mí. Su calma era un contraste cruel con el caos que me estaba devorando.
Sacó de su bolso una cajita pequeña, abrió un blíster y me extendió una pastilla blanca junto con un vaso de agua.
-Isabella -dijo con voz firme, sin elevar el tono. Necesito que tomes esto para ayudarte a reducir la ansiedad.
-Es un ansiolítico de acción rápida -añadió-. Te dará un margen para que podamos trabajar.
Yo dudé. El agua temblaba en mis manos como si fuera mercurio vivo. La pastilla reposaba en mi palma, insignificante, incapaz de contener el monstruo que me habitaba.
-Tómala -insistió Valentina, mirándome sin apuro pero sin dejarme escape.
Obedecí. El comprimido se deslizó por mi garganta y durante un segundo creí que me atragantaría. Bebí el agua de un solo trago, como si quisiera ahogarme en ella. Pero nada cambió. El ahogo seguía ahí, y lo peor era la certeza de que el encierro no estaba en la habitación, ni en las paredes: estaba dentro de mí, en mi propia mente y no tenía puerta de emergencia.
No funciona -susurré, presionando el cojín con las uñas hasta sentir la tela desgarrarse. -No se va, Valentina.
Ella inclinó apenas la cabeza, registrando cada palabra.
-Dale tiempo a que haga su magia,
necesito que confíes en que tu cuerpo puede encontrar un respiro.
-Inhala y exhala despacio. Yo estoy contigo y no te va a pasar nada malo. No dejaré que nada malo te pase.
Entonces lo hice. Inhalé y exhalé despacio como si fuera a dar a luz.
-Lo estás sintiendo, voz puedes controlarlo. Eres fuerte, eres como el acero sólido que se dobla pero que no se parte.
Sí, ya me siento mejor.
-Ahora cuéntame lo que te atormenta.
En el hotel anoche... -empecé, con la voz cortada-. Caminaba de un lado a otro en la habitación. Sentía que el techo bajaba. Cada vuelta que daba era más estrecha que la anterior. Me mareé, me golpeé contra el borde de la mesa, ni siquiera me dolió. Y seguí caminando. Era como si la habitación quisiera triturarme, como si fuera una prensa.
Valentina no interrumpió. Solo se inclinó hacia adelante y descansó sus manos sobre el escritorio.
Me quité los zapatos -seguí, con un temblor creciente- porque sentía que el suelo me empujaba hacia arriba, como si quisiera expulsarme. Caminaba en círculos, descalza, con los pies ardiendo contra la alfombra, hasta que tuve miedo de que el piso se abriera y me tragara.
-¿Y entonces qué hiciste? -preguntó ella, con tono neutro, casi quirúrgico.
Salí corriendo de allí. Abrí la puerta del hotel y bajé las escaleras como una fugitiva. El recepcionista me miró raro, pero no me importó. No podía detenerme. Afuera el aire era más frío, pero no bastaba. Caminé cuadras enteras sin ver a dónde iba. Los autos pasaban y pensé por un momento que uno de ellos me iba a aplastar, me iba a hacer un favor más bien ya que así se acabaría mi opresión de una buena vez.
La pastilla de pronto empezó a hacer un efecto extraño: no me liberaba de todas mis angustias, solo me adormecía el filo del miedo.
Me detuve en una esquina... -continué con la voz más baja- y me apoyé en un poste de luz. Pero al rodearlo con la mano tuve la impresión de que también se inclinaba para cerrarme el paso.
#622 en Fantasía
#71 en Ciencia ficción
viajes en el tiempo, viajes suspenso y drama, fantasía drama romance
Editado: 16.08.2026