Valentina dijo que el encierro no siempre depende de un lugar, sino del modo en que uno se aparta del mundo. Lo expresó de otra manera, y la verdad es que, no recuerdo con exactitud qué mismo trató de decirme. A veces mi mente se nubla; los recuerdos se mezclan y termino confundiéndome de manera escandalosa.
En aquella oficina, donde la luz entraba tímida entre las cortinas beige y una grabadora antigua registraba cada palabra, la sesión cuarenta y tres había llegado a su fin hacía apenas unos instantes. Salí del consultorio con el sonido del carrete aún girando en mi cabeza.
Había días en que el Hotel Esplendor parecía respirar junto a mí: los pasillos largos de alfombra roja, el eco de los pasos, el aroma leve del desinfectante mezclado con el de los jazmines del vestíbulo. A veces pensaba que las paredes conocían mejor mi silencio que yo misma.
Esa noche, el vestíbulo estaba casi vacío. La lámpara central dejaba caer una luz dorada sobre el mármol y el recepcionista, Ariel, me saludó con su sonrisa habitual.
-Buenas noches, señorita Isabella. ¿Cómo estuvo la sesión hoy?
Como siempre -respondí, intentando sonar ligera.
-¿Va a necesitar algo?
No. Cuando necesite algo, te aviso.
Ariel es guapo, pero es novio de Micaela, mi recepcionista. La morena de cabello rizado que creo que me gana en belleza. No podría competir con ella, pero no tiene más dinero que yo, así que: puntos para el perezoso. Eso lo dijo Sid, el perezoso animado de la película La era de hielo. Mejor no me entrometo en los asuntos de Ariel.
Me sería fácil ser su novia. ¿Quién no querría estar con la jefa? Solo que yo no soy ese tipo de persona, de las que disfrutan romper relaciones bonitas.
Me dirigí al ascensor.
Sentí las paredes del hotel respirar otra vez.
Hacía un tiempo se fue la luz y quedé atrapada dentro del ascensor. Entre aquellas paredes diminutas me llegó mi claustrofobia. El arranque de la planta de emergencia tuvo dificultades y el ascensor permaneció inmóvil.
Aquel día recuerdo que sudé a cántaros y grité desesperadamente para que me sacaran de allí. Pero nadie me oía. Estaba sola, desesperada, y no recuerdo en qué momento me desmayé. Cuando me desperté, ya estaban en mi cama. El guapo Ariel y un muchacho de limpieza me habían llevado hasta mi blando colchón y se quedaron esperando a que despertara. Cuando abrí los ojos, me levanté muy angustiada.
Ahora, frente al ascensor, aquella experiencia regresó a mi cabeza.
El botón del cuarto piso brillaba con una luz tenue, casi burlona. Apenas las puertas se cerraron, el sonido metálico del mecanismo me atravesó el cuerpo. Ese zumbido, ese crujido del hierro al moverse, siempre me recordaba que existía la posibilidad de quedarme atascada allí de nuevo.
El ascensor comenzó a subir lento, demasiado lento, y el piso vibró bajo mis pies.
Tragué saliva.
Sentí cómo la piel de mis brazos se erizaba y cómo un sudor helado me recorría la espalda. Me llevé una mano a la boca y empecé a morderme las uñas, una costumbre vieja que creía haber dejado atrás.
Pero el miedo no tiene memoria: siempre vuelve intacto.
El aire se volvió espeso, irrespirable.
Cada segundo se dilataba y la luz del techo parpadeó una vez. Solo una. Pero fue suficiente para que el corazón me diera un salto.
No había nadie conmigo. Solo el reflejo de mi rostro en el espejo lateral del ascensor.
Me observé pálida, con los labios apretados y las pupilas dilatadas. Sentí que aquella mujer reflejada no era yo, sino otra; una versión más antigua que aún no había aprendido a salir de la oscuridad.
Me coloqué de frente a la puerta de salida, que, obviamente, era la misma puerta de entrada.
Los números del panel se encendían uno a uno, con una lentitud insoportable.
2.
3.
4.
Cuando por fin las puertas se abrieron, salí corriendo.
El pasillo estaba alumbrado, pero nunca un corredor me había parecido tan ancho y tan libre.
Algunas personas que caminaban por allí se quedaron mirándome de una manera extraña, como si no aguantara las ganas de ir al váter.
Respiré con fuerza, intentando recuperar el ritmo del aire.
Cuando llegué a mi habitación, el aire me pareció espeso otra vez. Dejé la cartera en el sofá, encendí la lámpara del escritorio y recordé tres nombres con los que tenía que comunicarme.
Los nombres retumbaban en mi mente como un corazón emocionado.
Luciana.
Clara.
Julieta.
Llamé a recepción y me contestó el guapo de Ariel.
Sus ojos café claro eran bonitos.
-Señorita Isabella, dígame si es una urgencia para mandar a alguien a su servicio.
No, no. Pierde cuidado. Estoy bien, Ariel.
-Entonces, ¿en qué puedo ayudarla?
Solo quiero que informes a todos que Luciana, Clara y Julieta ya tienen permiso para subir a mi habitación cuando lo necesiten.
-Oh, está bien, entonces. Así se hará. Pierda cuidado. Yo daré el informe a todos. Que tenga una buena noche.
Muchas gracias.
Colgué el teléfono.
Recordé lo que me había dicho Valentina: que llamara a mis amigas antes de irme a dormir.
Les pasé un mensaje a cada una, sin tanta ceremonia.
El mensaje decía:
«Perdón si te traté mal. Soy Isabella. Si algún día quieres pasar por el hotel, te recibiré con mucho gusto».
Escribí el mismo mensaje para las tres. Me quedé mirando al techo, pensando.
Era mi rutina de escape.
Mi mente necesitaba huir de vez en cuando. Necesitaba encontrar una salida.
La salida más fácil ya la conocía.
Empecé a imaginar el escenario en caso de tomar una mala decisión. El escenario de tirarme desde la ventana no era una opción; ya lo había escuchado de Valentina. Solo imaginé cómo sería. Los recepcionistas lo lamentarían. También el personal de limpieza. O, si ajustaba una soga al cuello, quién me encontraría primero colgada. ¿Cuál de los empleados de limpieza?
#608 en Fantasía
#53 en Ciencia ficción
viajes en el tiempo, viajes suspenso y drama, fantasía drama romance
Editado: 05.09.2026