La habitación 23

CAPÍTULO 13: EL UMBRAL DEL TIEMPO (SEGUNDA PARTE)

No volvería a ver a mi querida Elena hasta el viernes por la noche. Me habían concedido quince días de vacaciones en la universidad, durante los cuales otro maestro ocuparía temporalmente mi puesto.

Disponía, pues, de un tiempo excepcionalmente favorable para dedicarme a la máquina, lejos de las obligaciones que hasta entonces habían reclamado casi todas mis horas.

Era apenas lunes por la mañana y tenía ante mí varios días de absoluta libertad.

Mis encuentros de intimidad con Elena no tenían lugar en nuestros respectivos hogares. Había en ello una prudencia que ambos comprendíamos sin necesidad de declararla: antes de la santidad ungida del matrimonio, convenía mantener a raya ciertas inclinaciones que, entregadas a su propia naturaleza, podían arrastrarnos hacia los placeres más absolutos.

Y, sin embargo, debía admitir que hablaba de nuestro porvenir con una confianza que acaso no me correspondía.

¿Quién podía asegurarme que Elena seguiría pensando mañana lo mismo que pensaba hoy? Tal vez, de aquí a unos meses, se cansaría de mi compañía; tal vez descubriría en mí alguna imperfección que hasta entonces había pasado inadvertida.

Es un error bastante común entre los hombres: confundir la esperanza con una certeza y atribuir al futuro la forma exacta que nuestra ilusión desea concederle.

Ya concentrado en el experimento, comprendí que la fase que perseguía no toleraba discontinuidades bruscas. La geometría debía ser continua, como una cáscara.

Desarmé la corona y volví a soldar sus soportes. Los hice más flexibles, añadí materiales capaces de amortiguar los picos térmicos y reforcé el sistema de disipación.

Guardé el cristal fisurado en un sobre, como quien conserva un fósil de aprendizaje.

¿Estaba forzando materia ordinaria a obedecer un campo para el que no había sido concebida?

Si la idea consistía en tensar una cuerda, debía hacerlo gradualmente. Los golpes la destrozarían.

Redibujé el proyecto.

La corona se transformó en una esfera.

Una forma esférica ofrecía simetría y, sobre todo, eliminaba las aristas donde la energía podía concentrarse de manera repentina.

Con las manos entumecidas por el frío del Dewar y las largas horas de trabajo, levanté la nueva estructura. Construí un armazón esférico con varillas de titanio miniaturizadas, recicladas de piezas mecánicas. Coloqué seis resonadores formando un hexágono y los uní mediante filamentos conductores que llevarían la señal hasta el núcleo.

El péndulo, ahora más liviano, quedó suspendido de un hilo de acero pulido, buscando un punto de mínima fricción.

Todo tenía una simetría más amable.
Programé una secuencia mucho más prudente: amplitud mínima y ciclos prolongados para repartir la energía.

En el centro coloqué un nuevo testigo, una pequeña esfera de sílice grabada con marcas de referencia.

Apagué la lámpara principal y dejé únicamente la iluminación necesaria para observar los indicadores.

Activé el aparato.

La esfera respondió.

El péndulo parecía demorarse una fracción en su retorno y las gráficas mostraron un microdesplazamiento apenas superior al ruido de fondo.
Era una arruga en la tela de lo real.
Pequeña, casi insignificante, pero real.

Sentí un calor que no provenía del cobre. Era la excitación de quien encuentra, después de muchas horas de búsqueda, una huella.

Entonces uno de los filamentos se soltó.

El campo se deshizo como una burbuja y la pantalla regresó inmediatamente al nivel cero.

Apagué todo.

Me quedé en la penumbra, respirando con dificultad, con la sensación de haber tocado un borde que me había mordido la mano.

Escribí:

«Esfera mejor que corona. Campo responde. Falta estabilidad.»

Me recosté unos minutos con el cuaderno sobre el regazo.

Había estado a punto de rozarlo.
La fase podía tensarse.
La materia, en cambio, todavía no sabía soportarla.

Aquella evidencia me obligó a pensar en mediadores: algo capaz de dar cohesión a una región de fase sin destruir la materia que hubiera dentro.

Las teorías sobre partículas ofrecían algunas conjeturas. Los neutrinos eran mencionados todavía como susurros teóricos, pero yo no podía acceder a una fuente de ellos.

Entonces comprendí que quizá no necesitaba la partícula.

Necesitaba su función.

Un patrón guía. Un hilo conductor.

Algo semejante a un diapasón que mantuviera la coherencia del campo.

Decidí que la siguiente prueba no utilizaría cuerpos macroscópicos.
Emplearía señales.

Si conseguía provocar un micropliegue temporal en una partícula de luz, tendría una prueba mucho más limpia. La luz no debía desintegrarse y cualquier retraso podía ser medido.

Utilizaría destellos de lámparas de arco y circuitos de descarga muy breves, registrados mediante la fotocélula y el oscilógrafo.

Reemplacé el testigo sólido por un haz de luz pulsado que atravesaba el centro de la esfera. La fotocélula quedó instalada a la salida y su señal fue enviada al oscilógrafo.

Ajusté los resonadores sin forzarlos.
Quería observar un desfase de la luz respecto a la referencia del péndulo.
Las primeras repeticiones fueron anodinas.

La luz llegó a tiempo.

Pero después de modificar ligeramente la modulación apareció nuevamente una diferencia.

Diecinueve picosegundos.

Una cifra minúscula, pero fuera del margen de error de mis instrumentos.

No podía creerlo.

Anoté:

«Δt = 19 ps.»

Repetí la prueba.

El resultado volvió a aparecer.

No era una anomalía aleatoria.

La esfera había alterado, de algún modo, la fase de la señal óptica.

La alegría, sin embargo, duró poco.
En la cuarta repetición un chispazo atravesó uno de los relés y el detector dejó de funcionar.

Corrí a desconectar el sistema. Los fusibles habían protegido el resto del equipo, pero el olor a ozono permaneció en la habitación como una advertencia.




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