La habitación 23

CAPÍTULO 14: LA BODA

La soledad de mi encierro no llegó a inspirarme buenos sentimientos. Los pensamientos de suicidio se habían apoderado tanto de mi vida que hasta tuve pesadillas en las que vi mi muerte en diferentes maneras.

De pronto, sonó la puerta.

Toc, toc.

Ahí recordé que hoy teníamos que ir de compras con mis amigas.

Entonces les grité:

Si son ustedes, vengan a partir del mediodía. Quiero dormir.

De inmediato escuché que enllavaron mi puerta y la abrieron.

-Ah, ah. Ningún «vengan más tarde» -dijo Luciana-. Ya son las diez de la mañana. No creas que recién amanece.

Ahhhwww...
Me hicieron soltar un bufido.

Aún tengo sueño -les dije.
Vi que las tres ya estaban adentro me viré boca abajo y me puse la almohada detrás de la cabeza.

Fue una mala idea darle una copia a la más extrovertida. Fue una pésima idea, en verdad. Se la di por si caía de nuevo en un estado de depresión intensiva y llegaba a cambiar otra vez el número, así podía entrar a buscarme si lo requerían. También les dije que, si no las dejaban pasar, buscaran la manera de entrar.

Todo eso fue una mala idea.

El día de hoy tenía actitud de autoaniquilación. No había dormido bien. El día de ayer me acosté a las once y treinta de la noche, pero el sueño me agarró siquiera a la una de la mañana. A las 2:23 desperté porque tuve un sueño con el mismo hombre de mis sueños.

Me dijo que ya había abierto el portal de la máquina, aunque en realidad se trató de un miniportal. También me dijo que estaba trabajando en un portal gigante para que un cuerpo humano pudiera atravesarlo. Dijo que aún tenía una tarea más difícil todavía: encontrar una brújula autodireccional para poder llegar hasta donde vivo. O traer la máquina hasta Buenos Aires, al hotel Esplendor, y viajar del pasado al futuro.

Ni siquiera me importaba lo que hiciera. Eran solo sueños estúpidos que quitaban mi estúpido sueño. Luego, desde ahí, no pude conciliar el sueño hasta las nueve, y a las diez de la mañana ya alguien tocaba mi puerta.

Estoy muy malhumorada y con ganas de gritar.

He dormido, según mis cálculos, tres horas aproximadamente. Con el insomnio me acompaña la torpeza. Podría tirar mi teléfono pensando que es una araña, o también se puede suscitar el caso de que pueda golpearme el dedo pequeño con el filo del mueble. O, al hacer el movimiento de abrir la ventana para que entre aire fresco, puedo irme abajo de modo involuntario, ya que, al no estar consciente de todas mis capacidades musculares, puedo accionar espasmos involuntarios que me llevarían hasta la muerte no concedida.

O también cabe la posibilidad de que todo lo que digo sea un pretexto para seguir durmiendo hasta el mediodía.

No me quería levantar hasta más tarde y les dije:

Vuelvan después de la una.
Hasta que escuché:

-Levántate, putita.

Me senté en la cama y le dije a Luciana:

¿Cómo me llamaste?

-Te dije: «Levántate, fresita».

No, dijiste «putita».

-No, corazón. Escuchaste mal. Yo jamás digo malas palabras. Mis dones morales no me permiten decir maldiciones.

Hizo una pausa y añadió:

-Pero qué bueno que ya despertaste.

Acepta que me dijiste putita.

Le pregunté a Clara y a Julieta qué había dicho Luciana.

Clara respondió:

-No oí nada, la verdad. Me entretuve en el teléfono.

¿Y tú, Julieta? Seguro que tú la oíste.

-Yo, la verdad, es que no oí nada. Además, teníamos que salir a las diez. No dijiste que dormirías hasta las diez.

Sé lo que oí.

-Ay, corazón -dijo Luciana-. Hablas como si pudieras defenderte. Dije «fresita». Quédate con fresita, cariño. Las palabras se las lleva el viento.

Luciana abrió las persianas y dijo:

-Tu encierro hace que las bacterias que son ninfómanas paran a muchas bacterias bebés y se reproduzcan por millares. Prácticamente, aquí estás formando una fábrica de bacterias y les estás construyendo un nuevo mundo. El sol, en cambio, las destruye. Básicamente, las bacterias son como vampiros que el sol las mata.

Tu teoría es absurda, y lo sabes -le dije.

-No es una teoría. Ahisss. Tú ni siquiera ves televisión. Ni para qué te cuento. Es como hablar con un extraterrestre.

Julieta me agarró de una mano y Clara de la otra, y tiraron de mí hasta dejarme de pie.

Yo puedo caminar sola -les dije.

Al ir en dirección del baño sucedió algo que había imaginado antes de levantarme: me golpeé el dedo pequeño del pie con una pata del mueble.

Lancé un grito horrendo.

Julieta fue a auxiliarme y comenzó a sobar mi dedo hasta dejar de sentirlo latir.

Clara y Luciana echaron carcajadas, y yo no tenía ánimo de reír, ya que mi dedo latía más fuerte que mi corazón en aquel instante.

Ya, no se rían, dijo Julieta. No ven que le duele. No sean insensibles.

Luego de arreglarme y ponerme algo sencillo, un pantalón azul y una blusa amarilla, quise ponerme tacones.

Julieta me los sacó de los pies y me dijo:

-Ya es hora de que te deshagas de esos zapatos. Siempre los usas como recuerdo de tus familiares. Pero no te hacen ningún bien. Ponte algo cómodo. ¿Qué te parecen unos deportivos?

Hurgó en mi clóset y me dio a elegir entre una sextena de zapatos.

Al final, pude elegir unos deportivos Nike blancos.

Bajamos por el ascensor y cerré los ojos.

-¿Le tienes miedo al ascensor desde que te quedaste encerrada? -preguntó Clara.

No -le dije-, solo que me dio un poco de mareo. Eso es todo.

En realidad, estaba aterrada.

Al bajar, nos fuimos en mi auto. Mis amigas habían llegado en taxi hasta el hotel. Solo Julieta tenía auto. Las demás siempre andaban con ella a todos lados.

Julieta dijo que la primera parada que teníamos era en el centro comercial Alto Palermo.

Al llegar allí, recorrimos un buen rato.

Luego las invité a desayunar a mis amigas en Bagels & Bagels. Pedí dos bagel de queso, al igual que Clara y Julieta. Luciana quiso uno de queso y uno de jamón, y todos acompañados con capuchino.




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