La habitación 23

CAPÍTULO 16: BIZARRO

Ya no he acudido a Valentina. Entendí que no existe mejor terapia que la que te brinda la amistad. Ellas me han ayudado a superar gran parte de mis males. La herida ya sanó, pero esa misma herida me dejó una terrible cicatriz.

De a poco estoy logrando que la cicatriz que dejó mi familia se note cada vez menos.

Una cicatriz es permanente, y aunque no duela como una herida, estará ahí para recordarte que existe. Va a afligirte con los recuerdos para que sepas que no vas a poder escapar de ella fácilmente hasta morir. Pero convivir con el mal también es una forma de vivir. Es como un yin para cada yang.

Le escribí un mensaje a mi terapeuta y le dije que me encontraba mucho mejor. Valentina entendió mi mensaje y se puso muy feliz. Aunque feliz, feliz, no creo que estuviera. Resulta que mis pagos quizá le hagan falta. O quizá estoy exagerando y mi dinero eran solo minucias que recibía, ya que su profesión le ha hecho ganar muchísimos clientes.

Lo que dije, que le hacía falta mi dinero, fue solo parte de mi imaginación. Los doctores profesionales, al igual que los terapeutas, siempre quieren que sus clientes sanen, ya que eso les daría una buena reputación. Si los clientes siempre están mal, quiere decir que no están haciendo un buen trabajo. Al igual que los médicos: si sus pacientes no sanan, no serían buenos médicos.

De igual manera, Valentina tendrá a otros clientes y yo estoy dispuesta a seguir con mi vida. Aunque imperfecta e inmerecida, al fin y al cabo tengo la obligación de vivir por ellas, mis queridas amigas, y también tengo que vivir por mí. Me lo merezco.

Quisiera decir que también merezco vivir por el amor de mi familia. Tengo tíos, tías, una abuela y primos. Solo que, cuando se enteraron de que hubo una discusión entre mis padres y yo el día de la cruel tragedia, se resintieron conmigo y creo que me odiaron y me hicieron culpable del accidente. No vinieron por mí. Se alejaron y yo dejé de ser lo que era para convertirme en un ser nervioso, con problemas mentales.

Debo agradecer no haber caído en un manicomio. Aunque, para eso, alguien tenía que demostrar mis impulsos sobre atentados contra mi vida, y el deseo constante que tenía por morir tenían que haberlo hecho verificable. Mi terapeuta jamás habría brindado información alguna para que pudieran encerrarme.

Un familiar quizás podía lograrlo con persistencia y una buena palanca para quedarse con mi hotel. Aunque eso que pienso también son gigantes y absurdas imaginaciones.

Pero gracias a que sigo libre, ahora puedo vivir. Puedo elegir vivir con quien desee estar conmigo.

Estoy pensando en buscar mi media naranja. Tiene que ser un chico bueno. Que valore mis pensamientos, al que le agraden mis locuras.

Además, todavía estoy joven para dar ese siguiente paso.

Mis pensamientos aún tienen a Mateo en mi cabeza. Pero ya tengo que aprender a soltar. Si antes no lo quise cuando estaba soltero, no puedo quererlo ahora que está casado. Sería una injusticia querer quitarle el novio a esa noble mujer.

Aunque no es mi amiga, conozco la ética y la lógica, y ambas luchan para que no cometa un error del cual pueda arrepentirme más adelante.

Acabo de estacionar mi auto en la Av. de Mayo 359, Ramos Mejía. Afuera había un hotel pintado de celeste. Ahí estaba estacionado el auto de Julieta: un Sail Classic, sedán dorado de cuatro puertas.

Tenía que subir al apartamento número 20, en el cuarto piso. Mis amigas ya estaban allí esperándome.
Al subir por el ascensor, que ya había dejado de darme miedo hacía más de un mes, las puertas se abrieron y escuché la música.

TQG, de Karol G y Shakira.

La puerta estaba semiabierta.

Allí vi a mis tres amigas y unas caras desconocidas. Luciana fue a abrazarme.

-¡Gracias por venir!

Clara y Julieta llegaron detrás y nos repartimos besos en las mejillas.

Miré alrededor y reconocí a un chico.
Luciana, ¿sales con el de en medio? -le pregunté.

Luciana me miró confundida.

-¿El de en medio? ¡No sé a qué te refieres!

Olvídalo -le dije.

-Se llama Matías. Ven, Isabella, te lo presento.

Me acercó al chico.

-Hola, soy Matías -dijo él-. Matías Fernández.

Mucho gusto. Soy Isabella Morandi.

-Y él es Franco. Dijo Matías señalandolo con el dedo índice.

Franco era amigo de Matías.

-Ven, no seas tímido. Dijo Matías.

Franco estaba sentado en el mueble rojo de la sala. Parecía muy reservado y, después de unos segundos, se puso de pie.

-Soy Franco Giménez. Dijo extendiendo su mano.

Mucho gusto, Franco. Isabella Morandi. Dije, y le estreché su mano.

Matías y Luciana se alejaron de mi lado sin decir una sola palabra. Solo quedaron Clara y Julieta a mi costado derecho.

-¿Tu apellido de dónde es? -me preguntó Franco.

De Italia.

-¿Eres italiana? Me parece excelente.

No. Bueno, viví en Italia hasta los seis años, así que conozco ambos idiomas. Mi papá llegó aquí como turista y, durante su visita, se enamoró de mi mamá. Confiando en ella, decidió comprar el hotel donde actualmente vivo. En aquel entonces papá todavía no tenía la nacionalidad italiana, pero poco después mi mamá quedó embarazada de mí, lo que reforzó aún más su decisión de quedarse y adquirir el hotel.

El hotel estaba abandonado y papá logró comprarlo por un precio muy inferior a su valor real y lo puso a nombre de mamá que tenía nacionalidad Argentina. Después lo restauró por completo y le cambió el nombre al hotel, porque anteriormente se llamaba Phoenix. Ahora se llama Esplendor. Yo, obviamente, no recuerdo nada de aquella época; apenas era una bebé.

Existen fotos antiguas que muestran el nombre del hotel Phoenix. El vendedor les obsequió las fotos a papá. Y papá las guardó como reliquias valiosas en una carpeta. Para mí son un montón de fotos viejas y polvorientas y que no significan nada.

La remodelación costó muchísimo dinero, aunque no más de lo que valía el terreno y los cimientos. La buena suerte que tuvo fue que, aunque la pintura estaba corroída, tenía arreglo y la estructura estaba en buen estado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.