La habitación 23

CAPÍTULO 17. VIAJE A BUENOS AIRES

Mediados de junio. En este momento acaban de empezar las vacaciones de verano. He decidido seguir a mi corazón. Mi cuerpo me exige viaje, y viaje tengo para ofrecerle. He hecho dinero con mis teorías de física, teorías nuevas y verificables. He ganado premios y he almacenado dinero. El dinero va y viene, pero los buenos momentos permanecen para siempre, al igual que las buenas acciones. Por ello he decidido que necesito viajar a un nuevo mundo, aunque no puedo viajar solo, ya que sería un egoísta malicioso lleno de ambición. Quiero ir a ese mundo que ya he visto en sueños junto a Isabella Morandi, que por cierto, ya van varios meses que no sueño con ella, lo cual me vivifica el ánimo. Anteriormente había trabajado en la máquina día y noche, como un obsesivo tormentoso. Pero por más que intentaba abrir un portal, seguía hallando errores, y no se abría nada. Por ello decidí abandonar el proyecto. Ya no me interesa. Ahora sé que Isabella fue tan solo el inicio de la pérdida de la razón que conduce a la locura. No existe en el más allá; solo permanece en los dulces delirios de mi imaginación.

Cuando empecé a soñar con esa mujer imaginaria tenía 28 años.

Despertaba siempre a la misma hora: las 2:23 de la madrugada. Mi cabeza se había programado para despertar a esa hora exacta. Me parece fascinante cómo la mente puede simular un reloj despertador.

Estoy a 51 días de cumplir los 31 años. Acudí a un psicólogo, y cuando este me recetó fármacos, Isabella desapareció mágicamente. Jamás me di cuenta de que solo estaba alucinando, de que mi poderosa mente se había enamorado de un ser imaginario que ahora me causa estremecimiento cuando lo recuerdo.

Puedo viajar a Argentina tranquilamente, ya que conozco el idioma. Aprendí español en la Universidad de Nápoles, junto a Elena -de más jóvenes fue cuando hallamos interés el uno en el otro-. Mis tres amigos también saben español. Después de aprenderlo de la forma correcta, hicimos un juramento: que en un futuro visitaríamos España.

El amanecer en Nápoles tenía ese color antiguo que solo el Mediterráneo sabe inventar: una mezcla de oro y bruma que se adhiere a las persianas.

El eco de una dirección repetida con precisión enfermiza no se me escapaba de la mente: San Martín 708, entre avenida Córdoba y Viamonte.

Abrí la ventana para que entrara aire fresco y dejé que la brisa del golfo me alcanzara.

El mar tenía ese rumor de lejanía que siempre me recordaba que no pertenecíamos del todo a ningún sitio. Mientras el cielo se disolvía en tonos rosados, preparé el escritorio: papel fino, pluma de acero, el tintero que me obsequió mi padre.

Iba a escribir cartas: a mi familia, a Elena y a mi amigo Giulio. Cada una con su propio peso. Cuando le conté a mi amigo que tenía intenciones de viajar, me dijo que si iba, él me acompañaría. Me dijo que pagaría su propio pasaje. Giulio había recibido una buena herencia de su madre.

Respiré hondo y comencé.

Carta a mi familia

Nápoles, 15 de junio de 1937

Querido padre, querida madre, queridos hermanos:

Les escribo con un propósito sencillo, aunque lleno de un fervor que hace tiempo no sentía.

He pensado que, después de tantos años de rutina, de días que se repiten con un cansancio casi ritual, y de recuerdos que a veces pesan más de lo que deberían, podríamos concedernos un respiro, una pausa que nos devuelva algo de la vida que el tiempo nos ha robado en silencio.

He visto fotografías de Buenos Aires -esa ciudad joven, palpitante, llena de luz y de promesas- y he sentido una curiosidad que no sé si nace de la mente o del alma, pero que me impulsa con fuerza a ir.

Quisiera que viajáramos juntos. No por capricho, sino por la alegría inmensa de compartir algo nuevo, de mirar el mundo desde otro horizonte. He leído sobre los vuelos comerciales que cruzan el Atlántico, esa maravilla moderna que une continentes como si borrara de pronto la distancia entre los sueños y la realidad.

Imaginen eso: partir desde Nápoles y despertar en el otro hemisferio, bajo un cielo desconocido, donde el aire tiene otro peso y la luz otra forma de abrazar las cosas.

Tengo previsto viajar el 20 de junio. Tienen cinco días para alistarse y poner en orden sus asuntos.

Padre, sé que las jornadas militares y los años en el destacamento de Livorno dejaron en usted un cansancio que el clima italiano no consigue suavizar.

Madre, usted siempre soñó con el otro lado del océano, con esos países donde el idioma suena como una melodía cálida y las calles guardan ecos de nuestra Europa, aunque respiren un futuro distinto.

Luciano, Luciana, María... cada uno de ustedes podría hallar allí algo que aún no conoce: la calma, la inspiración o el simple asombro ante lo nuevo.

Yo me encargaré de los pasajes, del itinerario, de cada detalle. Solo necesito su aprobación, su deseo de acompañarme en este firme anhelo.

Con todo mi amor y respeto,
Ettore

La pluma descansó un instante.
Al escribir la carta donde dije haber visto fotos de Buenos Aires, mentí. No he visto nada de Buenos Aires; solo conozco algo de su geografía. Me quedó grabada en la mente la dirección de la Isabella ficticia, y por eso pienso que quizás vi su imagen en alguna revista de viajes. Mi cerebro puede almacenar datos con facilidad, sin expulsarlos nunca, y tal vez por eso generó esa dirección obsesiva. Si llegara a existir el hotel Esplendor, me hospedaré allí; y si no existe, iré a cualquier otro. No tengo inconveniente. Ya no voy por la Isabella ficticia. Solo voy para divertirme y conocer una nueva cultura.

Luego, sin levantarme, continué con la segunda carta, dirigida a mi amada Elena. En unos meses le daríamos a mi familia la sorpresa de nuestro casamiento. Pero hasta ahora lo habíamos mantenido en secreto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.