La habitación 23

CAPÍTULO 18: LA CARTA EN EL DIARIO DE PAPÁ

Cómo pasa el tiempo.

Ya estamos en 2025 y siento que mi vida ha cambiado en muchos aspectos.

Ayer por la noche festejamos mi cumpleaños número veintiséis en el hotel. Pasé una noche maravillosa.

Luciana, Clara y Julieta me dieron regalos, y desde el momento en que Luciana me entregó aquella enorme caja, ya me estaba riendo por anticipado imaginando qué demonios habría puesto dentro.

Separé los regalos de mis amigas de los otros regalos en una mesa pequeña de vidrio. El papel regalo de Luciana estaba forrado de rojo por el exterior. El de Clara estaba forrado de amarillo y el de Julieta, de verde.

Esta mañana tenía que abrir los regalos antes de que se fueran.

Mientras tanto, yo me preparaba mentalmente para enfrentar el regalo de Luciana.

No me iba a molestar.

Me iba a dar gracia, más bien.

Iba a ser muy divertido.

Y, bueno, tampoco esperaba regalos caros, obviamente. Sus sueldos no se los permitían. Ellas tenían sus propios gastos y sabía perfectamente que no podían darse los mismos lujos que yo.

Ordené desayunos en la recepción y Ariel los trajo a mis amigas para que se vayan a dormir con el estómago lleno. Mis amigas no le despegaban los ojos de encima. Y las amenazé con un dedo. Les dije que ese paquete ya tenía precio.

Frente a ellas había capuchinos humeantes y un desayuno bastante más elaborado de lo que cualquiera esperaría después de una noche de celebración: solomillo de cerdo ibérico relleno de setas y queso de cabra, envuelto en un crujiente enrejado de beicon.

Las tres estaban con el rostro apagado por la mala noche y el trago. Habían tomado demasiado. Yo, en cambio, me había comportado como una especie de abstemio. Bueno, como medio abstemio, mejor dicho.

Hablando con la verdad, sí me tomé varias copas, pero no como para emborracharme demasiado.

Simplemente quería disfrutar de la noche.

También bailé con dos hombres que no fueron de mi agrado. Uno tenía cincuenta años y el otro quería llevarme de viaje con sus padres sin siquiera conocernos bien.

A los dos les cambié un dígito del número para que no obtuvieran mi verdadero teléfono.

Mis amigas sabían que, si yo no le daba mi número a alguien, ellas mucho menos se lo darían.

No había necesidad de correr riesgos.
Mientras ellas desayunaban, yo abrí los regalos en el sofá.

Recordé los colores del papel regalo que los envolvía. Luciana rojo, Clara amarillo y Julieta verde.

El de Luciana era la caja mas grande.

Yo estaba convencida de que dentro había alguna cosa chistosa.

Podía tratarse de un espejo.
O no sé qué.

A Luciana se le ocurrían unos ingenios que nadie esperaba.

Tomé primero aquella caja.

Quería terminar de una vez con mi curiosidad.

Las tres me observaban mientras desayunaban. Yo, por mi parte, tenía la atención puesta en el enorme paquete rojo.

Las tres intentaban no vomitar mientras desayunaban.

Yo las miraba y me causaban gracia.
Estaban agotadas.

Yo también había bebido, pero al menos no tenía aquella cara de haber sido atropellada por un camión.

Finalmente quité el revestimiento rojo y abrí la caja.

Y me quise morir de la risa.

Pero la risa que tenía preparada se detuvo en seco.

Dentro había unas botas cafés de Giorgio Armani. Eran hermosas.

Las tomé entre mis manos y las revisé detenidamente. Conocía la marca y sabía perfectamente que aquellas botas no eran precisamente baratas.

Por un momento pensé que podían ser copias.

Pero no.

Eran auténticas. Más auténticas que yo misma.

Levanté la mirada hacia Luciana.

Ella me observó con una sonrisa de satisfecha.

-Ese es mi regalo.

La miré sorprendida.

No debiste. Este obsequio te vació el bolsillo.

Luciana puso los ojos en blanco.

-Ay, no, amiga. ¿Cómo crees? ¿De verdad piensas que la mejor persona del mundo puede llevar baratijas en los pies? Estuve ahorrando para comprártelas. Miré tu clóset y supe que no tenías esas botas y por eso aproveché la oportunidad.

-No debiste -repetí.

Luciana hizo un gesto de fastidio.

-Ya basta. No sigas con tus lamentaciones o quieres que te cachetee. Y tú bien sabes que no bromeo cuando lo digo.

No pude evitar sonreír.

Gracias, Luciana. Me encantó tu regalo.

Lo dije con un ligero temblor en los labios.

Aquello había sido mucho más de lo que esperaba. No por el precio.
Por el esfuerzo que había detrás.

Después tomé la caja pequeña de revestimiento amarillo. Era la de Clara.

Retiré el papel y abrí la caja.

Dentro encontré un collar de oro bastante grueso y de un aspecto hermoso. Se trataba de dos serpientes de oro enrolladas entre sí que se compactaban de una manera perfecta, formando una pieza elegante y llamativa.

Lo contemplé durante unos segundos.

Después miré a Clara.

Tu regalo también es perfecto. Dije con la voz quebrada.

Se me escaparon unas pequeñas lágrimas que rodaron por mis mejillas. Las limpié con mi mano. No se trataba del regalo. Se trataba de la intención.

Mis amigas no podían darse lujos como yo. Sin embargo, sabía que habían gastado buena parte de sus ahorros para comprarme algo valioso.
Y eso era algo que nunca se me iba a salir de la mente.

-No llores -me dijo Clara-. Amiga, son cosas sencillas. Tú lo vales. Y lo que nos has dado vale mucho más. Todas te queremos y lo sabes.

Asentí.

Quizá estaba demasiado melancólica.
O quizá todavía estaba un poco borracha. No estaba tan segura.

Abrí entonces la tercera caja.

El papel regalo era verde.

Era el regalo de Julieta.

Dentro se encontraban unas gafas Jacques Marie Mage.

Las reconocí inmediatamente.
Estaban valoradas en unos mil setecientos dólares y, en pesos argentinos, serían aproximadamente dos millones ciento cuarenta y ocho mil novecientos cincuenta y tres pesos.




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