Me había preparado con especial cuidado para encontrarme con Elena.
Aquella mañana me puse un traje de lino beige, cruzado, con el chaleco del mismo color. Debajo llevaba una camisa naranja de cuello rígido y una corbata color café. Me ajusté los tirantes, me calcé los zapatos de dos tonos que había mandado a lustrar y, antes de salir de la habitación, me coloqué el sombrero Panamá de ala corta.
En el bolsillo del saco llevaba un pañuelo naranja doblado. Combinaba perfectamente con mi camisa naranja debajo de mi chaqueta de traje.
También había encargado flores para Elena. Al mismo florista de siempre. Le dije que viniera eso de las once. A las doce tenía la cita con mi amada.
Cinco para las once de la mañana llamaron a mi puerta.
-Señor Majorana, el florista ya está abajo. Dijo la camarera de piel trigueña.
Justo a tiempo.
-Sí, señor. Lo está esperando afuera.
Bajé al vestíbulo y salí del hotel. Vi una limusina negra parqueada afuera que nunca había visto. Anhelé tener una limusina como esa y en algún momento lo conseguiría.
Las reglas del hotel no permitían que los repartidores callejeros ingresaran al interior, así que debía recibir personalmente las flores.
En su triciclo de carga lleno de gran diversidad de flores. Encontré a un sujeto diferente postrado en el asiento donde se sentaba a pedalear. El hombre era muy alto y delgado. Debía medir cerca de un metro noventa. Tenía la piel extraordinariamente pálida. Como un fantasma.
-Buenos días, don Ettore, me dijo.
Buenos días, respondí.
Entonces el hombre me dio una caja muy bonita y brillante de color Verde.
¿Son las flores que encargué?
-pregunté.
-Sí, señor.
Abrí la caja. Y allí dentro encontré unas extrañas rosas de color púrpura. Aspiré su extraño aroma.
Las hojas parecían grandes tréboles y de ellas sobresalían unos filamentos largos, finos, semejantes a pequeños tentáculos.
Las observé con disgusto.
¿Qué son esas cosas? Son horribles y hasta huelen muy mal.
¿Por qué no vino mi entregador de siempre?
-Estaba muy enfermo, señor. Me mandaron en su lugar.
-Son rosas murciélago las que acaba de ver?
Yo no pedí rosas murciélago. Ni siquiera conocía esa aberración de flores.
No las quiero. Le pedí girasoles y tulipanes.
-Las flores murciélagos son unas flores extraordinarias.
Veo que no tiene ni girasoles, ni tulipanes.
Deme unas gardenias y unas hortensias al menos, y envuelvala con cinto dorado.
-No tengo cinto. Le pido mil disculpas.
Señor, le pido que nunca más vuelva a visitarme. Usted no tiene nada de lo que necesito.
-Como usted ordene, señor Majorana. Le pido perdón. Qué tremendo descuido. ¡Lo siento tanto!
-¿Se encuentra usted bien?
Fue entonces cuando sentí un mareo extraño.
-Al principio pensé que se debía a que no había desayunado lo suficiente.
Parpadeé.
La entrada del hotel pareció alejarse.
-¿Se encuentra usted bien, don Majorana? ¿Le puedo ayudar en algo?
Sí... dije.
Quise dar otro paso. Entonces las piernas no me respondieron como normalmente lo harían.
Me llevé una mano a la frente. Y comencé a sudar más de lo normal.
Un dolor intenso comenzó a instalarse detrás de mis ojos.
Yo...
Intenté hablar nuevamente, pero sentí la lengua pesada, torpe, no pude dominar las palabras.
Mi visión comenzó a nublarse.
-¿Qué me está pasando? Me pregunté.
El hombre se acercó.
-¿Se siente usted bien?
Era la pregunta más estúpida que había escuchado.
No, dije. Llévame al hotel, por favor. O al hospital, le dije hablándole muy débil.
-Permítame ayudarlo.
Retrocedí.
No podía articular palabras.
Intenté gritar.
¡Ayuda!
Pero apenas conseguí emitir un sonido incomprensible.
Quise apartarme de él pero no pude por más que lo intenté.
Mis piernas de pronto parecían haber perdido casi toda su fuerza.
El hombre me sujetó y me abrazó para dirigirme a otro lado.
Vamos, camine conmigo. Dijo, y me llevó casi arrastrando. En dirección de la limusina negra.
Intenté gritar. Pero no pude. Cuando estaba dentro. Perdí la consciencia por completo.
Desperté cuando un chorro de agua helada golpeó mi rostro.
Inspiré bruscamente. Intenté moverme pero no pude.
Mis muñecas estaban atadas a los brazos de una silla ancha. Mis pies también estaban sujetos con cuerdas bien ajustadas, y metidos en una tina metálica llena de agua.
Respiré con dificultad. ¿Qué es esto? ¿Por qué me hacen esto? -dije respirando de forma agitada.
Había dos hombres.
Los dos vestían trajes negros. Y los dos tenían el cabello negro. Uno era alto y de tez blanca, y el más bajo era de piel trigueña.
No sabía dónde estaba.
No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente.
El miedo me atravesó de inmediato.
Mi corazón no podía soportar tanto terror y comencé a temblar, soltando espasmos involuntarios en todo mi cuerpo.
¿Dónde estoy?
Ninguno respondió.
¿Qué quieren de mí?
El hombre bajo le dijo al alto.
-Tú comienza.
Está bien dijo el hombre alto.
-Pero tú terminas.
El hombre alto dio un paso hacia mí.
Por favor... Le dije llorando.
Mi voz comenzó a quebrarse.
Por favor, déjenme ir. ¿Qué es lo que necesitan? Dinero. Si quieren dinero, solo díganme, pero no me hagan esto. Yo no me meto con nadie.
El hombre continuó mirándome.
No he hecho nada.
Les daré todo lo que quieran. Y no los acusaré de nada. Se los juro. No iré con la policía. Solo les ruego que me dejen ir.
Tragué saliva.
-No queremos tu dinero, dijo el hombre alto.
Mi respiración se aceleró.
Lo que quieran les daré, solo pidanlo, pero no me hagan daño. ¡Se los ruego!
Me temblaban tanto las manos que las cuerdas parecían vibrar conmigo.
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Editado: 05.09.2026