La habitación 23

CAPÍTULO 20: FRANCO GIMÉNEZ

Agarré el diario de papá. No tenía por qué sentir miedo. Si la carta que había encontrado de mi abuelo Alessandro me había llenado de indignación, ¿qué podía encontrar en un diario donde papá Giulio había anotado sus pensamientos, sus recuerdos y quizá algunas cosas que nunca llegó a contarme?

Hojeé solo la primera página y, al analizar su escritura, descubrí que el contenido estaba plagado de recordatorios interesantes, aunque algunos resultaban un poco aburridos.

Podía darse el caso de que al leer su diario mientras avanzaba fuera cada vez más soporífero, o también podía ocurrir todo lo contrario y terminar entreteniéndome demasiado. La incertidumbre siempre flota.

Quizá papá había escrito cosas sobre mí cuando era pequeña. Cosas que yo ya no recordaba y que, por lo mismo, me darían una enorme satisfacción descubrir. Tal vez había anotado alguna de mis locuras de niña, alguno que otro acontecimiento relacionado con mi hermano o con mi madre, o incluso, podía mencionar situaciones familiares que habían quedado enterradas en el pasado.

Tenía la sensación de que aquel diario podía ser mucho más interesante de lo que parecía a simple vista. Quizá entre aquellas páginas había sucesos ocultos que nadie se había atrevido a contarme.

Si papá estuviera vivo, probablemente habría escrito cinco diarios más durante los años posteriores. Pero el maldito destino se había aburrido de conservarlo con vida.

Mi padre era un buen hombre.
Exigente, sí. A veces demasiado. Pero de que era maravilloso, eso no podía negarlo. Nunca debí discutir con él.

Todavía tenía esa sensación de que me perseguía como una sombra: yo era la verdadera culpable de su muerte y de la de mi madre. Mi discusión con él, mientras manejaba, había terminado llevándolos a ambos a la tumba.

Valeria me había dicho innumerables veces que yo no era culpable de nada, pero mi conciencia no parecía dispuesta a escucharla. Me acusaba en silencio, una y otra vez, como si dentro de mí existiera un juez incapaz de pronunciar una sentencia diferente.

Yo solamente había aceptado mi destino.

De pronto, escuché sonar una música en mi teléfono.

Let Her Go, de Passenger.

Soy una tonta obsesionada.
Aquella canción era la que me había dedicado Mateo y, hasta la fecha, todavía no conseguía superarlo. Era una pesadilla tenerla como tono de llamada. Era como llevar una espina clavada en el pie y negarme a sacarla, como si una parte de mí quisiera conservar el dolor.

Agarré el teléfono.

En la pantalla aparecía:
Luci.

El botón verde me indicaba que debía presionarlo para contestar, mientras que el botón rojo parecía ordenarme que cortara la llamada.

Se supone que, por el color, el verde debería representar algo bueno. Era como contestarle a un ángel que había venido a entregarme un mensaje de bienaventuranza. El rojo, en cambio, estaba asociado con la sangre, el peligro y la maldad.

Por lo tanto, debería ser malo cortar la llamada y negarme a responder al llamado del ángel.

Pero, en este caso, el mensaje parecía estar completamente invertido.

Quien me llamaba era el mismísimo diablo.

Y el ángel vestido de rojo me estaba advirtiendo que no contestara y que cortara la llamada.

Cuando estoy aburrida, mis imaginaciones se vuelven más que absurdas, como lo que acababa de pensar.

Finalmente, abrí la llamada para contestarle al diablo.

Hola, niña. Sobreviviste al avistamiento zombi de ayer. Bravo. Eres indestructible.

-Sí, muy chistosa. Te llamo para saber si deseas ir a la disco por la noche. Las chicas están deseosas de ir.

No, no lo creo, Luciana. Tú estás deseosa de ir.

-Sí, bueno, las chicas me dijeron que si vos ibas, ellas iban. Y, por favor, di que sí. No seas pelotuda. Hoy quiero pasar una noche fenomenal.

Amiga, ¿no estás cansada? Ayer tomaste toda la noche y todavía quieres más rumba.

¿Cuántas horas dormiste?

-Tres horas, pero eso no importa. Cariño, somos jóvenes y estamos llenas de energía.

Bueno, yo ya estoy vieja. Cumplí veintiséis y no tengo las mismas energías que cuando tenía dieciocho.

-¿Ahora cómo te digo, anciana decrépita? Dejá de portarte como una ridícula y no me hagas querer golpearte.

¿Por qué quieres resolver todo a los golpes? Deberías meterte a la lucha libre o al KFC.

-UFC, tonta.

Bueno, eso.

-Vos ni ves televisión. Seguro que lo escuchaste por ahí o viste un video en tu teléfono que deslizaste a los tres segundos.

-Eres tan adicta al KFC que no puedes dejar de pensar en esas presas hechas con carne de humano.

Qué tonterías dices. Te has vuelto muy conspiranoica. Solo la gente tonta cree algo así.

-Bueno, llamame tonta todas las veces que quieras. Pero no puedes negar que sin mí no serías feliz.

Eh, no. Por el contrario. Sería muy feliz si no estuvieras a mi lado. Es mentira, mi loca y querida amiga. Solo estoy jugando.

Oye, ya es hora de decirte la verdad -le dije.

-¿Hora de qué?

Quería decirte un secreto. Y es que tengo miedo. No sé cómo lo vayas a tomar si te digo esto. Te puede caer como un balde de agua fría.

-¿Qué cosa tienes que decirme?

Yo... yo no sé cómo decirte esto. Para mí es muy difícil, no me salen las palabras. No sé si podré expresarlo correctamente. Es muy complejo, pero tengo que sacar esto que me hace tanto daño. Si no te lo digo, jamás podré saber si mi sueño pudo convertirse en realidad. Siento que no puedo ocultarlo más. De mi pecho quiere salir un león que he mantenido encerrado, y este tiene ganas de devorar.

-Oye, ¿qué te pasa, pajera? ¿Te volviste loca? Ya deja de asustarme, pelotuda, y habla de una buena vez.

Prométeme que si te lo digo no te vas a enojar.

-No me voy a enojar. Dilo.

Bueno, voy a coger valor y te lo voy a decir. Uff, esto es difícil, pero confío en que todo salga bien.

-Dime qué sucede, Isabella, de una buena vez. Dejá el drama, que me estás asustando.




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