La habitación 23

CAPÍTULO 21: EL CÓDIGO

Empecé a mejorar de salud y, en ese instante, cruzaron mi puerta mi mamá Dorina, mi papá Fabio, Luciana, Luciano y María. Me preguntaron qué me había pasado.

Papá había recibido una carta sin remitente en la que le habían proveído información de que me había sucedido una tragedia, pero que ya estaba en casa. Por ello es que habían venido todos a visitarme.

Tuve que mentirles para evitar que se asustaran, ya que recordaba muy bien la amenaza de Comienza. Me había advertido que no debía decirle a nadie nada acerca de la bomba. Todo tenía que mantenerse oculto.

Por ello les dije a mis familiares que unos maleantes me habían secuestrado para pedirme dinero y que, después de darles el dinero, me habían soltado.

La enfermera lo oía todo.

Aún no estaba recuperado, por lo que ella continuaba en mi apartamento para cuidarme. Me sentía débil.

Mis padres me cuidaron durante tres días y, luego de que recobré las fuerzas, la enfermera se marchó junto con mi familia.

Pensé en ir a explicarle a Elena por qué no había acudido a la cita.

Entonces tocaron a la puerta.

Al abrir, descubrí que se trataba de Elena.

Ella me abrazó y me preguntó si me encontraba bien.

La jalé hacia dentro y cerré la puerta.

-Recibí una carta con los detalles de lo que te había pasado -me dijo-. Estaba muy molesta contigo.

En ese instante le agarré la cabeza sutilmente y le hablé al oído, muy despacio.

Estoy en grave peligro. En un rato te explico todo a profundidad. Tengo una sospecha de algo.

Tuve una ligera impresión de que algo no estaba bien.

Por ello comencé a revisar mis cosas.

Mi escritorio.

Mi cómoda.

Hasta que al mirar la mesa del comedor. Pegado en la parte posterior encontré aquello que confirmaba mi sospecha.

Un micrófono espía.

Le hablé nuevamente a Elena al oído para que actuara con normalidad y le hice la señal de silencio, colocando mi dedo índice sobre la mitad de mis labios.

Elena se sorprendió.

-¿Estás siendo monitoreado? -me preguntó al oído.

Sí.

-Tenemos que salir de aquí. Pero antes hagamos de esto todo un espectáculo.

Elena lo entendió todo y comenzó a actuar.

Unos vándalos me secuestraron para pedirme dinero -dije en voz alta.

-¡Desgraciados! Dijo Elena. A esos miserables tarde o temprano les llegará su hora de morir. Más temprano que tarde. ¡Malditos miserables! Dijo enfurecida.

Yo le hice la señal de silencio y ella aplacó su enojo.

Elena seguramente recordaba muy bien la carta de amenaza que me dejaron en el saco, aquella vez cuando asesinaron a ese pobre sujeto. Se le notaba un furor despiadado en el rostro, como nunca antes había presenciado en mi vida.

Luego le dije:

¿Y qué tal si mejor nos olvidamos de todo esto? ¿Y si mejor me acompañas a hacer el desayuno?

-Me parece muy buena idea.

Desayunemos un caffelatte con pane raffermo. Algo simple para variar.

Luego de hacer el amago de preparar la comida, fingimos que estábamos cocinando y movimos unas ollas para que escucharan que estábamos preparando el desayuno.

Le hablé nuevamente al oído.

Salgamos al parque.

Ella movió la cabeza afirmativamente.

Abrimos la puerta lentamente.
Al estar abajo no saludé a nadie, pareciendo un idiota, pero hice aquello porque temía que pudiera haber más micrófonos en la recepción.

Cuando estuvimos afuera, por fin pude hablar con soltura.

Al llegar al parque El Edén nos sentimos más libres y al fin pudimos respirar aire fresco.

Nos sentamos en unos asientos de madera para dos personas.

Frente a nosotros, a 50 metros aproximados, un hombre alto con bigote tipo mostacho colocó un caballete con unas hojas de dibujo muy grandes para plasmar su arte.

También había un fotógrafo haciendo lo suyo.

Niños con cometas de papel las hacían volar muy alto y el ambiente era todo un espectáculo.

El parque tenía un callejón con forma de serpiente para corredores y era tan grande como Central Park. Allí se encontraba toda clase de pajarillos y zonas destinadas a las tortugas y los pelícanos.

También habían construido lagunas para patos y gansos.

Fabricaron un lago artificial gigantesco para pescar y desde hacía años existían peces en abundancia en ese lugar.

Yo pescaba con papá cuando era más joven. Desde hacía mucho tiempo que no lo hacíamos.

Un día papá me invitó a pescar nuevamente, ahora siendo un adulto, pero tuve que rechazar su invitación porque tenía una clase importante de física con mis estudiantes.

Los botes para pescar o pasear eran alquilables y no permitían llevar tus propios botes.

Existían cuatro lagos artificiales y peceras enormes con toda clase de peces coloridos que podías apreciar al aire libre.

Había mucha gente recorriendo las calles constantemente.

Era un lugar muy visitado por los turistas.

Ahí le revelé a Elena lo que realmente me había sucedido.

Le conté las torturas que me habían hecho.

Elena se estremeció fuertemente.

Tapó su boca con las manos y sus ojos se hicieron cristalinos.

Me abrazó del cuello para consolarme.

Entonces decidí revelar la información que había ojeado en el maletín.

El proyecto se llama Apocalipsis -le confesé.

Elena me miró fijamente.

Quieren construir la bomba Apocalipsis. Es una bomba de cincuenta megatones. Pero tienen problemas con la densidad de la masa.

Hice una pausa.

También tienen problemas con el cableado y con la varilla de plutonio. Debido a la presión externa del plasma, los átomos de la varilla se rompen y de ahí se produce el mecanismo de la explosión. Pero un error mínimo y no quedaría nadie para inspeccionar la máquina de matar.

Elena me escuchaba con atención.

Esta varilla actúa como una bujía nuclear: estalla desde el centro hacia afuera, mientras el plasma empuja desde afuera hacia adentro.




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