La habitación 23

CAPÍTULO 25. LA VIDA NO TIENE NINGÚN SENTIDO

No encontraba el origen de mis desgracias, hasta que me di cuenta de que el error más grande era seguir viva en esta vida.

Vivir es un suplicio. Amar no tiene ningún sentido; no puedo amar a nadie si ya no me amo ni a mí misma.

¿Para qué sentir, si sentir no me devolverá aquello que perdí?
Que llueva fuego, que llueva ácido. Que lluevan bombas atómicas y que destruyan todo lo que existe en esta vida. Solo así mi alma atormentada sentirá un poco de alivio. Me gustaría caer junto al mundo que alguna vez me ofreció tantos lujos, pero que después trajo consigo una plaga llena de miserias.

Oh, Yahvéh. Oh, Satanás. Quien quiera que me esté escuchando, les confieso que ya he vivido demasiado en esta existencia. Necesito que me proporcionen el valor. Necesito que me den la fuerza. Necesito que abandonen en mí toda esperanza. Y, a su vez, también necesito una última dosis de energía que me impulse a irme al más allá.

Algo es algo y nada es nada. Algo es lo que tuve, y nada es lo que me queda.

He escuchado que, cuando la vida está a punto de escaparse de tus manos, comienzas a apreciar cosas que antes parecían insignificantes. Valoro mi cama, valoro las ventanas, valoro las paredes, valoro las lámparas, valoro mis almohadas. Valoro todo aquello que no tiene vida, porque, al igual que esas cosas, yo tampoco la tengo. O no la tendré en muy poco tiempo.

No exagero ni alucino. No necesito explicarle al mundo lo que siento.
¿Acaso no fue el mismo mundo el que me envió a la miseria? ¿Acaso no fue el mismo mundo el que me hundió en el fango? Por esa misma razón, quienes viven en esta vida no van a entender mi necesidad, y tampoco van a reflexionar en mi urgencia.

Si voy al infierno, gozaré de una ventaja porque ya sé lo que es estar allí.




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