Se fue todo por la borda.
Primero tuve mucho: mi familia. Mi hermano Alessandro y mi madre Camila.
Después tuve algo: mis amistades. Mis amigas.
Y Ahora... ahora no me queda nada.
Me encerré en mi habitación durante varios días, sumida en una tristeza tan insondable, que las tinieblas en ese lugar fueron más tenebrosas de lo habitual. Estas me envolvieron y me hicieron descender por un amplio agujero negro. Era un pozo sin fondo que me condujo hacia las mismas entrañas del averno.
Les dije a mis amigas que no quería verlas durante una semana.
Necesitaba estar sola, alejada de todos, aunque la soledad no conseguía aliviarme; al contrario, parecía hundirme cada vez más.
El acontecimiento no dejaba de repetirse en mi cabeza. Una y otra vez veía a Alessandro siendo empujado al vacío por mi propio padre. Lo veía caer y desaparecer frente a mis ojos, y sentía una tristeza insoportable al pensar que nadie había podido darse cuenta de lo que realmente había sucedido.
Después, aquel semejante hipócrita fue en busca de ayuda para hacerles creer a las demás personas que mi hermano Alessandro había resbalado. Sus falsas lágrimas de cocodrilo le dieron una coartada perfecta y nadie lo cuestionó. Nadie sospechó que el hombre que lloraba su muerte era el mismo que había provocado su caída.
Ese monstruo no tenía alma.
Y un ser sin alma no tiene sentimientos. Solo los finge.
Alessandro, al caer del risco, se golpeó la cabeza contra unas rocas y sufrió un traumatismo craneoencefálico que le provocó una muerte fulminante. El rescate de su cuerpo duró horas.
Y después, como si nada hubiera ocurrido, aquel maldito imbécil regresó a casa para llorar con nosotras.
Puedo imaginar su sonrisa cuando lo vio muerto. O, si no hubo una sonrisa, seguramente lo disfrutó de alguna manera u otra.
No contento con eso, también asesinó a mi madre y quiso que yo muriera con ellos.
Encontré, unas páginas más adelante de su diario, la prueba de que estaba planificando la muerte de mi madre y la mía. Había lanzado su vehículo contra un camión mientras yo discutía con él en la parte de atrás.
Durante meses pensé que se había lanzado contra el camión porque había perdido el control mientras discutíamos. Creí que la pelea conmigo lo había alterado hasta el punto de provocar aquel accidente.
Eso pensé antes de encontrar aquel maldito diario. Ahora todo cobraba sentido.
Siempre quiso asesinarnos a todos y también a él mismo. El muy cobarde no tuvo la valentía de matarse solo, sino que quiso llevarnos con él.
Por impulso, aquel día metí la cabeza entre mis piernas. Recuerdo muy bien cómo mi espalda se estrelló contra el asiento delantero y cómo puse las manos para protegerme. No sé cómo diablos sobreviví.
Debí morir.
Quizá habría sido lo mejor que podía haberme pasado para no sentir lo que estoy sintiendo ahora, un desgarro en mi corazón.
Mi madre se quebró el cuello y aquel energúmeno monstruo se destrozó la cabeza contra el volante. El tráiler no iba muy rápido y el automóvil no quedó tan destruido como debería haber quedado.
Yo sobreviví. Y desde entonces me pregunto por qué.
¿Por qué tuve que quedarme en este mundo tan injusto y cruel?
¿Por qué fui la que salió con vida de aquel desastre para cargar después con todo lo que vino a continuación?
Maldigo la hora en que no morí. Si hubiera muerto, no estaría soportando las llamaradas del infierno en vida.
Después siguieron llegando las otras desgracias para completar mi mala suerte. Ya no me duele, me quema, me arde el corazón, me lo atravesaron con una daga. Esta angustia que siento es insoportable.
Días después, mi guardia Maximiliano, llamó al teléfono convencional de mi habitación.
Contesté y me informó que Mateo se encontraba abajo. Mateo le había dicho que tenía que hacerme una entrega personalmente.
Me pareció extraño. Unos minutos después, tocaron a la puerta de mi habitación.
Al abrir, encontré a Maximiliano junto a Mateo. Miré a Maximiliano y le hice una seña para que nos dejara solos.
Lo raro de todo esto es que Mateo tenía a Camila dos consigo y aferraba su mano en su estómago de piel sintética.
No comprendí qué estaba sucediendo. Todo me pareció muy extraño, demasiado confuso, hasta que finalmente le hice la pregunta:
¿Por qué tienes a Camila dos contigo?
Mateo respondió:
-Aquí te la envía Luciana. Dijo que tú se la habías mandado a pedir.
Sentí que algo se detenía dentro de mí. Yo no la mandé a pedir, le dije.
Mateo arrugó la frente.
-Pero ella me dijo que te la trajera. Dijo que tú se la habías mandado a pedir.
Quedé en shock. Quedé helada.
Algo no estaba bien.
Entonces Mateo comenzó a disculparse porque no había podido venir durante los sucesos de los cadáveres de hacia tres semanas. Dijo que se había ganado un viaje de trabajo a las Malvinas como mejor elemento de su empresa y que por eso no había podido llegar a tiempo.
En realidad, me importaba un carajo lo que me dijera. Casi ni lo estaba escuchando. Él no parecía comprender la magnitud del problema.
No me habría interesado aunque se hubiera ganado un viaje al paraíso.
Solo podía pensar en Luciana.
Rápidamente regresé a mi habitación y me puse unas zapatillas Crocs de color naranja. Ya llevaba puesto un short azul y una blusa amarilla con el logotipo de Bob Esponja surfeando en la playa.
Cogí mi teléfono y marqué el número de Luciana.
Una vez. No respondió.
Dos veces. Nada.
Tres veces. Hubo silencio.
Le envié un mensaje. Tampoco lo leyó.
Entonces fue ahí que me asusté aun más.
No era un miedo común. Era una sensación mucho más profunda, como si dentro de mí algo ya supiera que estaba a punto de encontrar otra desgracia.
Cogí las llaves del auto.
Mateo todavía no entendía mi desesperación.
#642 en Fantasía
#55 en Ciencia ficción
viajes en el tiempo, viajes suspenso y drama, fantasía drama romance
Editado: 26.09.2026