«La perfección es la voluntad de Dios y el aburrimiento es el diablo.»
— Johann Wolfgang von Goethe
La fiesta en la Torre del Consejo era perfecta.
Américo amaba la perfección.
Apoyado en la barandilla de la terraza, sostenía una copa de cristal porque el Continuum había calculado que ese gesto físico incrementaría su sociabilidad. A su alrededor, políticos y científicos intercambiaban sonrisas calibradas. Las conversaciones duraban los minutos exactos para maximizar la fricción social útil y extinguirse justo antes de generar fatiga. Sin conflicto. Sin desperdicio.
Una presión brutal le cerró la garganta. Su biómetro subcutáneo pitó al detectar la caída de serotonina. Al instante, una aguja invisible bajo su piel liberó una microdosis de oxitocina sintética. El «bajón» artificial fue asfixiante, una manta química ahogando su derecho orgánico a sentir frustración o tristeza. Su cuerpo ya no le pertenecía del todo; era territorio optimizado.
Cada línea de código, cada algoritmo de esa ciudad, había salido de sus manos. Placea respiraba sin caos porque él le había enseñado a reprimirlo.
Las luces parpadearon.
Fue un latido irregular. La iluminación perdió sincronía con la música holográfica. Un microsegundo de caos absoluto.
A diez metros, Camila Denueve cruzaba el salón.
Lrevaba un vestido gris asimétrico que parecía burlarse de la geometría estricta del lugar. Su cabello caía libre, sin el orden rígido que dictaba la moda aséptica de la ciudad. Américo la conocía. En la red era su antagonista más letal, la académica que destrozaba sus postulados en foros abiertos y cerrados. Pero verla respirar el mismo aire era distinto. Avanzaba partiendo la multitud de maniquíes corporativos como un cuchillo, anclándose a la realidad. Parecía que todo giraba a su alrededor mientras ella estaba inmóvil.
Se detuvo frente a él. La distancia se evaporó.
—Doctora Denueve. Mi máxima detractora Favorita —dejo escapar Américo, enderezándose.
—No tengo... —murmuró ella mientras arqueaba una ceja, destrozando la simetría de su rostro—. No tengo la disciplina moral para pretender ese título, ingeniero.
—Por lo que la he leido, doctora, ganas no le faltan —sonríen ambos con algo de nervios.
Américo se inclinó, invadiendo un centímetro de su espacio.
—¿Qué le parece esta ofrenda al aburrimiento? Es una fiesta perfecta de Placea.
—Estadísticamente, la gente aquí prefiere consumir más anestesia que placer. El placer es para pocos, el orden para la mayoría. —Sus dedos rozaron el borde de la copa de Américo. Él sintió el calor biológico, un contraste violento con el cristal frío—. Cuénteme algo, ingeniero: ¿usted siempre escribe lo que piensa en sus artículos o piensa lo que sus artículos dicen que debe pensar? Porque si piensa como escribe, no hay quien lo aguante.
—Normalmente soy un desastre, doctora. Pero desde cierto ángulo, soy impecable. ¿Me está estudiando, usted, para encontrar la falla? —preguntó, arrastrando el «usted» con un tono que rozaba lo íntimo, casi un reto burlón.
—Me divierte ver a un hombre que cree sostener el mundo entero con un hilo de seda. Recuerde lo que dicen: «los sistemas perfectos albergan las semillas de su propia extinción». El dolor es lo único que nos avisa que estamos despiertos.
—Me honra que use mi propio artículo contra mí.
—¿Usarlo? Solo lo estoy mirando fijo.
Antes de que Américo pudiera responder con otro golpe dialéctico, desde la multitud emergió un anciano, alguien con ropas usadas, impensable en esa torre. Tropezó contra Camila y le deslizó algo en la mano.
Un sobre de papel arrugado.
Américo captó el olor: madera vieja, polvo, celulosa muerta. Algo sucio. Algo obscenamente real y libre de trazabilidad digital. El anciano sonrió y se desvaneció entre los trajes perfectos antes de que Américo pudiera reaccionar.
Intentó activar su biómetro para grabar los hechos, pero un clavo de hielo le atravesó el cráneo.
Una línea roja inundó su córnea:
PUSH NEURONAL PRIORITARIO
DEPARTAMENTO DESCONOCIDO
ACCESO DENEGADO
El dolor lo dejó ciego un instante. Jadeó, doblando las rodillas.
Camila lo agarró del brazo. No hubo cortesía. Sus dedos se clavaron en el músculo de Américo con una fuerza brutal.
—Muévase. Ahora —susurró ella con fuerza.
—¿Qué... qué quiere de mí? —balbuceó Américo, mareado.
—Que se mantenga en movimiento.
Lo arrastró hacia las puertas de emergencia, esquivando a los invitados que seguían sonriendo, ignorantes del quiebre en el sistema.
—Mi cabeza... no hay registro de esta frecuencia... —gruñó él, llevándose la mano a la sien.
—Has escuchado cuando "Purgan" a alguien?. Asi inicia.
—¡¿Qué hice mal?! ¡Por qué me hacen esto!?
—Usted deberia saberlo mejor que yo ingeniero. Persiguen a su abuelo Mulatos Castellanos.
El suelo pareció licuarse bajo sus pies.
—Él murió hace más de treinta años.
—Eso cree ingeniero?.
—¡¿Quién es usted?! —gritó Américo.
Las puertas de metal estallaron hacia el exterior, vomitando una ráfaga de viento helado. En el cielo oscuro de Placea, tres esferas negras ascendieron en silencio, barriendo la torre con láseres azules de rastreo.
—¡Escaleras! —gritó Camila.
Mientras caían por los peldaños oxidados, huyendo de la luz, el biómetro de Américo lanzó una descarga eléctrica final en su muñeca, tan fuerte que le hizo sangrar. Luego, silencio absoluto en su torrente sanguíneo.
ALERTA DE INTRUSIÓN CONDUCTUAL.
DESVÍO ANÓMALO DETECTADO EN EL NÓDULO DE ACCESO VALE.
CONTRATO DE SERVICIOS SUSPENDIDO.
PRESÉNTESE DE INMEDIATO EN LA SEDE DE APRENDIZAJE LATERAL PARA AUDITORÍA.
CREDENCIALES INTERNAMENTE REVOCADAS POR EVASIÓN.
INICIANDO PROTOCOLO DE CONTENCIÓN FÍSICA.
La desconexión del sistema fue física. Como si le arrancaran un pulmón desde adentro. La revocación de su estatus no tenía nada de protocolo limpio; la máquina que él mismo había ayudado a construir lo consideraba ahora una intrusión activa, un fallo sistémico que debía ser extirpado y arrastrado de inmediato a las oficinas centrales. El vértigo lo hizo tambalearse, dejándolo completamente sordo por un segundo, dependiente de la mano de Camila para no caer al vacío.
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Editado: 19.08.2026