Las escaleras de emergencia no eran lo que Américo esperaba de su propia ciudad.
Eran calidas e higienicas. Eran de concreto viejo, el cobre manchado de óxido verdoso, iluminadas por fluorescentes que parpadeaban con un estertor agónico. El Continuum no desperdiciaba energía en mantener los espacios que la estadística consideraba muertos.
Camila tiraba de él hacia abajo, saltando los escalones de dos en dos con una agilidad salvaje. Sus dedos helados aún se clavaban en su antebrazo, una transferencia térmica torpe que rompía cualquier protocolo de distanciamiento.
—¿A dónde vamos? —jadeó Américo. Sus pulmones ardían. Su cuerpo, acostumbrado a la oxigenación óptima y la temperatura regulada de los niveles superiores, rechazaba el aire estancado y entrópico del pozo.
—Donde la calibración no alcance a escucharnos.
Arriba, el zumbido de los rotores cortó la noche. No eran los drones de tránsito. Estos tenían la vibración grave y pesada de las unidades de erradicación.
Llegaron al nivel subterráneo.
Camila lo llevó por una escotilla de mantenimiento hacia un corredor que apestaba a cable quemado y moho. Una zona ciega.
Américo se apoyó contra la pared, intentando recuperar el aliento. En el silencio del túnel, un pitido fantasma resonó en sus oídos, sostenido, casi musical. El zumbido del vacío que dejó su biómetro al ser arrancado.
—¿Quién es usted realmente? —preguntó él, levantando la vista—. ¿Quién era el anciano?
Camila se detuvo. Por un segundo.
—Soy alguien a quien le interesa la verdad de la anomalía —respondió, y su voz adquirió un filo amargo—. Arquitecta de protocolos sociales. Trabajo directamente bajo el Consejo. O trabajaba. Hace una hora.
—¿Y por qué me arrastró con usted?
—Busque fricción emocional, ingeniero —dijo con una ironía letal, blanqueando un poco los ojos mientras se acercaba un paso. En la penumbra, la bioluminiscencia cian de un viejo panel iluminó su rostro—. No se halague, pero normalmente no pierdo mi tiempo por nadie. Leí algo que escribió hace tres años. Una línea que no debió pasar el filtro del Continuum. Condujo a que tuviera que hablar con usted antes de que lo convirtieran en estadística.
Américo tragó saliva. Lo recordó de inmediato. Un paper técnico sobre termodinámica social, enterrado en el sistema: *«La coordinación absoluta también alberga las semillas de la entropía. Si reduces la fricción a cero, el sistema no aprende, se congela»*.
-Lo borré, incluso Continuum debió borrar esa frase por «Amnesia Productiva».
—Ya lo saben —interrumpió ella—. Nada se borra en Continuum. Por eso debemos movernos antes de que triangulen su firma de carbono. Los Drones no entran a los túneles. Pero sí esperan.
Mientras caminaban, Camila abrió una terminal portátil gruesa y tosca, recubierta de polímero opaco. Su expresión intentaba ser aséptica, pero Américo notó cómo le temblaba el pulso. Había abandonado la jaula de cristal; ahora estaba en la intemperie.
—¿Qué hay en el archivo, Denueve?
—Lo que pasó hace treinta y cuatro años, espero —respondió ella sin mirarlo—. La verdad, lo que nos hacen cuando usamos nuestro libre albedrío. Su abuelo estaba vivo, Américo. Y fue su padre quien lo sepultó bajo el algoritmo cuando lo delato con el departamento Lateral.
-qué!? Imposible, Mi padre solo vive para el bien de la familia.
-Sabia que no me creerias, por eso te llevo a los datos.
-Datos?- Américo quedó en shock, sus ojos fijos en la terminal, en la pantalla brillante, en la posibilidad de que todo lo que creía saber fuera una mentira.
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Editado: 10.09.2026