La habitación que falta

1.3 La confesión

Alejandro llevaba su impecable traje negro. Su rostro proyectaba esa simetría absoluta que exhibía en el Consejo. Rompiendo su inmaculada estetica corria una gota de sudor por su rostro. Y en sus ojos estaba el opaco de una culpa acumulada durante décadas.

—Salga de aquí, doctora Denueve —ordenó Alejandro, sin mirarla.

Camila no se movió. Su respiración se agolpaba en su pecho.

—¿Vas a entregarla como a él? —preguntó Américo, interponiéndose físicamente entre su padre y Camila. Por primera vez en la vida, Américo se sintio diferente a su padre.

—Vengo a darte treinta segundos de ventaja antes de que los drones rompan el perímetro.

Camila cruzó una mirada eléctrica con Américo. Hubo un asentimiento silencioso. Con agilidad felina, ella trepó hacia una rejilla de ventilación en el techo, quitó los tornillos oxidados y desapareció en la oscuridad del ducto.

Pero no se fue. Se arrastró un metro y se detuvo, controlando su respiración.

Quería respuestas. Si habían purgado a Mulatos, la mente creadora, ¿qué podían hacer con ella, una simple usuaria del código?

Abajo, Alejandro se apoyó en la mesa, como si de pronto la gravedad de todo Placea cayera sobre sus hombros.

—Tienes que huir. Encontrar la intemperie —dijo Alejandro, la voz quebrándose—. Te he mentido durante treinta años, Américo.

—Tú lo entregaste. Entregaste a mi abuelo.

—¡Tenía miedo! —estalló Alejandro, perdiendo la compostura—. Tu abuelo se volvía loco porque decía que el Continuum se volvería una prisión termodinámica. Que nos moriríamos de calor dentro de nuestro propio encierro. Y yo... yo lo denuncié. Fui yo quien provocó su desaparición. Yo le di a la máquina las llaves.

Respiro profundo y levanto una mano en ademan que se detuvieran por un momento.

-ahora lo importante. Eres tu el que esta saboteando Continuum?

-No se de que hablas. Yo solo trato de arreglar las cosas.

-Te ha contactado Castellanos?

-Si. Pero no es como crees.

-Supongo que eso es un no, ¿verdad?

-No.

Pero en el ducto, Camila frunció el ceño. Algo en la confesión de Alejandro chocaba con la estricta matemática de los archivos que ella había extraído. Era demasiado conveniente. Había demasiada culpa expuesta, como si Alejandro quiso asegurarse de que la escucharan.

—Hace tres meses —continuó Alejandro, temblando—, comenzaron a ocurrir anomalías. Errores físicos masivos en la cuadrícula. Cada fallo tiene la firma de código de tu abuelo. Está vivo, Américo. Y el Consejo cree que si no es éltú eres quien esta haciendo los saboteos, o ambos y eres su cómplice.

Ráfagas de plasma comenzaron a fundir la pared exterior del edificio. El oxígeno se consumió de golpe, inundando la habitación de un calor sofocante.

Alejandro desenfundó un arma de pulso. Una reliquia y una pistola de señales de luz programable.

—Sigue el túnel térmico hacia el este. Te cubriré.

—¡Te van a procesar! —gritó Américo.

Alejandro agarró el rostro de su hijo. Sus manos estaban ásperas, manchadas de ceniza. Reales.

—Es hora de que pague por la jaula que construí, hijo. Me aseguré de que no murieran de frío, pero los dejé sin aire. Destrúyela.

La pared estalló. Una lluvia de escombros y metal fundido llenó el aire.

Américo saltó por la escotilla trasera hacia el túnel de ventilación, sintiendo el roce de la mano de Camila tirando de él hacia la oscuridad. Mientras corría a ciegas por los conductos hirvientes, el eco de los disparos de su padre resonó a sus espaldas, devorado rápidamente por la fría eficiencia del sistema.




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