El Departamento Estratégico lateral no era una oficina. Era una celda de aislamiento absoluto, iluminada por luces fluorescentes que parpadeaban con irregularidad. Un espacio de entalpía controlada donde no entra ni sale nada. En el centro, dos hombres lo esperaban.
El primero tenía unos sesenta años, cabello completamente gris, con la postura inamovible de alguien que nunca olvidó cómo sostener un arma. El segundo era más joven, treinta y tantos, con los ojos carentes de emoción de quien ha borrado vidas usando simples estadísticas de riesgo.
No hubo presentaciones formales.
El hombre mayor simplemente dijo:
—Siéntese. Y gracias, Clara. Su conservación del orden sigue siendo impecable.
Américo sintió un latigazo en el pecho. Vio por el rabillo del ojo cómo la mujer de la trenza gris asentía en silencio, asegurando su propia supervivencia a costa de la de él, antes de que la pesada puerta de concreto se cerrara a sus espaldas. Su padre había confiado en el contacto equivocado. La trampa se había cerrado herméticamente.
Américo no se sentó.
—¿Dónde está mi padre?
—Tu padre está siendo procesado por inyectar desorden crítico contra el Estado. Ahora siéntese.
La sala era minúscula. Las paredes estaban forradas con paneles anacrónicos de insonorización. Américo comprendió, con una lucidez escalofriante, que estaba en una habitación donde su vida podía ser reducida a cero sin dejar rastro.
Se sentó. El metal frío de la silla le atravesó la ropa.
El hombre mayor caminó alrededor de él, como un depredador estudiando la geometría de su presa.
—Ingeniero Vale. Tu expediente es impresionante. Treinta y tres algoritmos, cero emociones. La máquina perfecta. ¿Andamos con una crisis a los cuarenta?
Hizo una pausa táctica.
—Hasta hace tres horas.
—No hice nada malo.
—Exacto. Tu padre te extrajo de la ecuación antes de que pudieras hacerlo. —El hombre se inclinó—. Pero el sistema no audita solo lo que has hecho. Audita lo que *podrías* hacer. El riesgo futuro. Y es por eso que estás aquí.
El hombre joven activó una pantalla análoga. Un video comenzó a reproducirse con estática.
Era Mulatos Castellanos. Treinta años atrás. Amarrado a una silla idéntica en la que Américo estaba sentado ahora.
Américo sintió que el estómago se le retorcía.
—¿Qué es esto?
—Tu abuelo —respondió el hombre mayor—. Interrogatorio de Seguridad Interna. Fecha: 19 de septiembre de hace treinta y cinco años. Una semana después de su purga oficial.
Era la continuación del video que Camila había reproducido en el apartamento. En la pantalla, Mulatos gritaba con los tendones del cuello a punto de reventar:
*«¡No entienden! ¡Continuum está aprendiendo a aislar el error! ¡Va a eliminar toda fluctuación para no sentir dolor! ¡Y cuando lo haga, nos asfixiaremos en esta cueva perfecta!»*
Un agente federal levantaba una jeringa de polímero en el fondo de la toma.
Mulatos gritaba:
*«¡NO! ¡NO! ¡DILE A ALEJANDRO! ¡DILE A ALEJANDRO QUE LO SIENTO! ¡ME EQUIVOQUÉ, solo eso!»*
La aguja se insertaba en su cuello. El video se cortaba en seco.
Silencio absoluto en la sala. Américo estaba temblando.
—¿Lo mataron?
—No —respondió el hombre mayor, con frialdad termodinámica—. Su calibración nunca terminó.
Américo se levantó de la silla.
—¿Qué quiere decir?
—Su proceso nunca terminó. —El hombre mayor sonrió sin mostrar los dientes—. Hace tres meses, alguien comenzó a inyectar código en la red usando exactamente la misma firma matemática que tu abuelo utilizaba. Ruido puro. Código que está elevando la temperatura de nuestros nódulos de sincronización hasta quemarlos. Código que está fracturando el Continuum desde adentro.
El hombre joven mostró otra pantalla. Mapas de Placea. Puntos rojos dispersos. Anomalías térmicas y lógicas. Errores imposibles.
—Tenemos tres posibilidades, ingeniero Vale —continuó el hombre mayor—. Una: Tu abuelo de alguna manera es esa fuente de entropía. Dos: Tu padre y él colaboraron. Tres: Hay alguien más. Alguien que heredó la misma falla geológica en el código.
Hizo una pausa letal.
—Y nosotros creemos que ese desvío... eres tú.
Américo sintió que su mundo implosionaba.
—Yo nunca conocí a mi abuelo.
—Exacto —dijo el hombre joven, hablando por primera vez—. Y sin embargo, tu código tiene agujeros. Frases que no encajan. Algoritmos que tienen eficiencia subóptima deliberada. Como si estuvieras abriendo ventanas en nuestro pliegue perfecto.
Mostró uno de los papers de Américo. La frase estaba destacada en rojo:
*"La coordinación absoluta también alberga las semillas de la entropía. Si reduces la fricción a cero, el sistema se congela."*
—¿Sabías que escribiste eso? —preguntó el hombre mayor.
—Fue... un desliz teórico.
—No fue un desliz. Fue una bengala. ¿Para quién, Vale? ¿Para tu abuelo? ¿Para los fantasmas del subsuelo?
El hombre mayor se acercó tanto que Américo podía sentir su aliento rancio.
—Ingeniero, hagamos esto simple. Accede a los nódulos raíz de Continuum. Audita la termodinámica del código. Danos la ubicación exacta de esa fuga de calor. Y todo termina aquí.
—¿Y si no?
—Entonces tu padre es borrado. Tú eres borrado. Y tu abuelo... si está vivo... también. La ecuación vuelve a cero.
El silencio llenó la habitación como gas asfixiante.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Veinticuatro horas.
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Editado: 10.09.2026