La habitación que falta

La Intemperie del Bosque

El vehículo de combustión se detuvo con un frenazo donde el asfalto de Placea literalmente dejaba de existir.

No fue una transición gradual. Fue un corte limpio y violento. Como si el algoritmo del Continuum hubiera decidido que la rentabilidad termodinámica terminaba en esa coordenada exacta, y todo lo demás era un sumidero de energía ineficiente que no merecía pavimentarse.

Camila apagó el motor. El silencio que inundó la cabina no era la calma aséptica de la ciudad; era un silencio pesado, orgánico, que zumbaba con la fricción de mil seres microscópicos.

—¿Cuánto falta a pie? —preguntó Américo, mirando la espesura insondable.

—Tres kilómetros, ingeniero. Pero tiene que procesar algo antes de que entremos ahí.

Camila se giró hacia él. La tenue luz de la luna iluminaba el polvo y el sudor en su rostro. Su habitual escudo de titanio se había endurecido de nuevo, preparándose para el choque térmico.

—Lo que vamos a encontrar allá abajo no es un refugio diplomático. Es un ecosistema de personas que el Continuum decidió purgar. Científicos. Disidentes. Todos sabían que la perfección de la ciudad era una tumba, y eligieron pagar el precio de la intemperie.

—¿Cuántos son?

—Cientos. Quizás mil. Organizados en células estocásticas. Nadie conoce la ubicación de los demás. Es el desorden como defensa.

Salieron del vehículo.

El aire del bosque golpeó a Américo como una bofetada. Acostumbrado al aire de Placea —donde la entalpía garantizaba interactuar con 22 grados exactos sin viento—, sus pulmones se rebelaron al inhalar la humedad densa y cruda. El olor a tierra mojada, savia y descomposición orgánica lo mareó al instante. En Placea, los olores se esterilizaban. Aquí, el aire estaba saturado de ruido biológico.

—¿Ese olor es...? —Américo tosió, tapándose la nariz.

—Entropía, ingeniero —respondió ella, ajustándose la correa de la mochila—. Aquí las cosas nacen, rozan unas con otras y se pudren. Es el caos biológico. El Continuum aborrece el desgaste.

—¿Y no se puede calibrar? —preguntó Américo, resbalando contra una hoja enorme que goteaba resina.

—No. Aquí no hay termostatos —respondió Camila con brevedad, sin detener el paso.

A los veinte minutos, los pantalones inmaculados de Américo pesaban kilos por el lodo y el musgo. Sus piernas temblaban al sortear raíces traicioneras, topografías fractales diseñadas por el caos. Ya había tropezado tres veces. En el tercer tropiezo, estuvo a punto de golpearse el cráneo contra una roca.

El brazo de Camila se disparó para sostenerlo, agarrándolo por el pecho. La naturaleza sin optimizar exigía contacto físico para sobrevivir. Y para un arquitecto de sistemas cerrados, depender del cuerpo de otra persona era absolutamente aterrador.

Después de dos horas de marcha agónica, Américo se detuvo, apoyando las manos en las rodillas.

Un chasquido metálico cortó la humedad de la noche.

Seis figuras emergieron de la maleza oscura. Estaban cubiertos de barro, con ropas oscuras raídas y ojos duros. Ojos de quienes sobrevivían al margen de la estadística.

El líder era un hombre de sesenta años, con la piel curtida como cuero viejo y cicatrices cruzándole el rostro.

—¿Quién es? —preguntó el hombre, apuntando su rifle electromagnético directamente a la frente de Américo.

—Soy Camila Denueve —respondió ella, despacio—. Traigo la decodificación original de Mulatos Castellanos. Y lo traigo a él.

El líder bajó el cañón un milímetro, escrutando los rasgos de Américo.

—¿El hijo de Alejandro Vale? Esa es una fluctuación masiva, Camila. Es un riesgo térmico inaceptable. Si el sistema trianguló el calor de su cuerpo...

—El Departamento Estratégico cree que él es la fuente del saboteo que está quemando el sistema, Elian, es solo un nieto. Necesita ver su verdad, al igual que nosotros, antes de que las unidades de erradicación terminen de barrer el bosque.

Elian dudó. Buscó la soberbia matemática de los Vale en Américo, pero solo encontró la indefensión genuina de un hombre congelado, al que se le acababa de romper el mundo y tenía un cañón en la frente.

—Soy Elian —dijo el hombre, bajando el cañón—. Camine, ingeniero. En este bosque el título no lo protege del frío.




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