La habitación que falta

La última auditoría

En la colina central de Placea, la Mansión Vela seguía a veintidós grados exactos.

El sistema climático no tenía forma de saber que había sangre en el suelo del estudio. La sangre no era una variable. El sensor de ambiente medía temperatura, humedad y densidad de partículas en suspensión, y las tres seguían dentro de norma, de modo que el aire entraba limpio y templado por las rejillas del zócalo y se llevaba el olor a hierro sin hacer ningún comentario.

Alejandro Vela había tardado dos horas en subir desde las entrañas de la ciudad hasta su propia casa. Había dejado de sentir la pierna derecha en algún punto del camino. Eso, en términos estrictos, era una buena noticia: significaba que el cuerpo ya había empezado a cerrar circuitos periféricos para proteger el núcleo. Era exactamente lo que él le había enseñado a hacer a la ciudad entera.

Estaba sentado en el suelo del estudio, con la espalda apoyada contra el pedestal de la consola y las dos manos apretadas contra el costado. Estiró el brazo hacia arriba y encontró el borde del teclado con la punta de los dedos.

Era la consola vieja. La que no estaba conectada a nada. El sistema doméstico sin red, sin auditoría y sin memoria compartida que el Consejo obligaba a instalar en las residencias de nivel Alfa y que nadie había usado en veinte años, porque un sistema que nadie vigila es un lujo que ya no se le ocurre pedir a nadie.

Escribió la primera línea tres veces. Las dos primeras las escribió mal.

*Autenticación: Vela, Alejandro. Ingeniero Jefe de Arquitectura Térmica. Nivel raíz.*

*Confirmado.*

Conocía el peso de cada tecla desde antes de que Américo naciera. Conocía la latencia exacta entre la pulsación y la respuesta, y el modo en que el cursor tardaba un instante de más antes de aceptar una orden irreversible, como si tuviera la decencia de dudar. Nunca había necesitado esa decencia. Aquella noche la agradeció dos veces.

*Ejecutar: PURGA-RAÍZ.*

*Sujeto: Vela, Américo. Registro 4471-B.*

La consola le pidió una justificación. Todos los actos administrativos de Placea requerían una justificación, porque un acto sin motivo es fricción, y la fricción hay que declararla.

Alejandro escribió: *Ineficiencia estructural.*

Y entonces empezó a mirar cómo su hijo desaparecía.

*Borrando ID biométrica.*

*Purgando historiales neuroquímicos.*

*Purgando asignaciones térmicas 4471-B: vivienda, transporte, ración calórica.*

*Purgando expediente académico.*

*Purgando vector de nacimiento.*

Cuarenta años de un hombre se fueron desmontando renglón a renglón, en orden inverso, hasta llegar al día en que Elena lo había traído al mundo en una sala que ya no existía. Alejandro leyó esa última línea con mucho cuidado, porque sabía que era la única vez que iba a volver a ver esa fecha escrita en alguna parte.

Pulsó la tecla.

*Registro 4471-B no encontrado.*

Se quedó un rato con la frente apoyada contra el borde del pedestal. Después volvió a levantar el brazo, porque todavía le quedaba una cosa por hacer, y esa no era para su hijo.

*Registro de Autorización Genética Especial.*

*Usuario: Vela, Alejandro.*

*Cargando firma de ADN...*

Tecleó despacio, con dos dedos, la secuencia que se había aprendido de memoria treinta y cinco años antes y que no había usado nunca.

*Coincidencia genómica: 99.8%.*

*Autorizado.*

Ya estaba. En el único sistema de Placea que no le contaba nada a nadie, su suegro acababa de convertirse en él.

Sobre la mesa, junto al teclado, había un bloque rectangular de cobre y madera lacada, más pesado de lo que su tamaño anunciaba. No tenía puertos ni pantalla ni una sola superficie lisa: estaba hecho a base de soldaduras a mano, cada cordón distinto del anterior. Alejandro llevaba veintiséis años sin ser capaz de guardarlo en un cajón y sin ser capaz de mirarlo más de dos segundos seguidos.

Alargó la mano y lo tocó con el dorso de los dedos, como se toca la frente de alguien que duerme.

Cerró los ojos. Le pareció, por un segundo, oír el diapasón de Elena en algún cuarto lejano de la casa, aquel *la* limpio de cuatrocientos cuarenta hercios con el que ella calibraba los receptores antes de que el Consejo los prohibiera por generar interferencia innecesaria. No era posible. Hacía veintiséis años que en esa casa no sonaba nada que no fuera el clima.

Afuera, muy lejos todavía, la carga de la infantería pesada hizo vibrar el vidrio de una ventana en el ala este.

Alejandro pensó, con una lucidez muy tranquila, que las unidades que venían a buscarlo no iban a sentir absolutamente nada al hacerlo. Ese diseño era suyo. Lo había firmado él, en una reunión de martes, hacía diecinueve años: la supresión del registro de sufrimiento en las unidades de erradicación, porque el sufrimiento del ejecutor es un costo térmico que el sistema no tiene por qué pagar. Lo habían aprobado por unanimidad. Se había ido a casa temprano.

Se apoyó en la mesa y se puso de pie. Le costó más de lo que esperaba y menos de lo que era razonable.

—Llegan tarde —dijo en voz alta, a una habitación donde no había nadie—. El chico ya no existe en su estadística. La entalpía se rompió.

Y después, más bajo, sin dirigirse a la puerta:

—Debí ir detrás de ti hace mucho tiempo. Nuestro hijo ya está grande. Nada me ata a esta casa.

Cuando la infantería pesada echó abajo la puerta blindada del estudio, catorce segundos más tarde, encontró una consola apagada, una alfombra empapada, un bloque de cobre sobre la mesa y una taza de café todavía caliente.

No encontró a nadie.

El informe de la unidad, archivado esa misma madrugada bajo el código de una operación menor, consignó dos anomalías y no ofreció explicación para ninguna: que el sujeto no estaba en el perímetro sellado, y que el sistema doméstico de la residencia no registraba actividad desde hacía cuarenta días.




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