En el túnel, Elian se descolgó la mochila del hombro y sacó una caja metálica estanca, del tamaño de un libro grueso, con los cierres oxidados y una capa de barro seco que había sobrevivido a varios inviernos.
Se la puso a Américo en las manos.
—Mulatos rastreó el ruido de este artefacto a través de kilómetros para encontrar nuestro campamento —dijo—. Perteneció a tu madre. A Elena.
Américo tuvo que intentarlo dos veces con los cierres. Dentro, envuelto en un paño de lana que alguien había cortado de una manta, había un bloque rectangular de cobre y madera lacada, más pesado de lo que su tamaño anunciaba. No tenía puertos. No tenía pantalla. No tenía una sola superficie lisa: estaba construido a base de soldaduras hechas a mano, cada una con su propio cordón irregular, cada una distinta de la anterior. Un objeto que solo podía haber sido fabricado por alguien dispuesto a perder el tiempo.
Américo levantó la vista.
A dos metros de él, en la penumbra verde, su abuelo seguía meciéndose con el collar de cobre entre los dedos. Eslabones soldados uno a uno, ninguno exactamente igual al anterior. La misma paciencia. La misma mano.
No dijo nada. Volvió a bajar los ojos al bloque y esperó.
Esperó algo. Un zumbido, una vibración, una temperatura. Lo que fuera.
Estaba frío. No frío de túnel: más frío que el túnel, más frío que la roca, más frío que sus propias manos empapadas. El metal le sacaba calor de los dedos y no devolvía nada.
—Lleva nueve meses así —dijo Elian—. Desde que lo trajimos. El viejo lo tuvo pegado al pecho tres semanas y tampoco.
—¿Qué se supone que hace?
—Ni idea. La hija del viejo hacía cosas que nadie más entendía.
—Mi madre —dijo Américo—. Elena era mi madre.
Elian lo miró en la penumbra verde y no se disculpó.
—Yo no sé cómo murió mi madre —siguió Américo, mirando el bloque helado—. Eso es lo que nunca le he dicho a nadie. Un día yo tenía catorce años y ella estaba, y al día siguiente había un expediente. *Desviación de trayectoria.* Me pasé una década entera creyendo que eso era un término médico. Nunca oí hablar de la fuga de los científicos. Nunca oí el nombre de Mulatos Castellanos en voz alta hasta anoche. En una ciudad que archiva la temperatura de cada habitación cada cuatro segundos, no hay una sola línea sobre lo que pasó aquí.
—Amnesia Productiva —murmuró Camila—. Al clasificar su escape como un desvarío individual, el Continuum se ahorra la fricción social... pero se condena a no aprender. Es más barato olvidar bien que recordar mal.
—Es más barato —repitió Américo.
Mulatos había dejado de mecerse.
Ninguno de los tres se dio cuenta de cuándo. El collar colgaba inmóvil de su mano abierta y el anciano tenía la cabeza vuelta hacia la caja, con los ojos celestes fijos en el bloque de cobre y una expresión que no era reconocimiento ni era nostalgia, sino algo mucho más elemental: la atención total de un animal que oye agua.
Entonces cantó una sola nota.
No fue un tarareo. Fue una nota sostenida, limpia y afinada, que salió de esa garganta de lija sin ningún esfuerzo aparente y llenó el tramo de túnel entre los dos anillos de cuarzo. Duró tres segundos.
En el suelo, la fosforescencia de Tac cambió de ritmo.
Después Mulatos cerró la boca, volvió a mecerse, y el cobre reanudó su bucle exactamente donde lo había dejado.
—¿Qué carajo fue eso? —susurró Elian.
Nadie contestó. Américo guardó el bloque helado en el bolsillo interior de la chaqueta, contra las costillas, donde el calor de un cuerpo debería haber bastado.
—Se acabaron los doce minutos —dijo Elian—. Arriba.
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Editado: 10.09.2026