Salieron del conducto por una brecha en el revestimiento y el bosque los recibió con una bofetada de humedad. Estaban en el fondo de una quebrada, bajo un techo de copas tan cerrado que la noche allí abajo era una segunda noche. Elian avanzó primero, abriendo camino a machete entre los helechos, con Mulatos del codo. Camila y Américo iban detrás.
Américo caminaba mal. No por el barro: por el peso.
—Toda mi vida creí que era el arquitecto de Placea —dijo, en voz muy baja, sin detenerse—. Firmé treinta y tres algoritmos. Diseñé el modelo de reasignación térmica del anillo sur. Hace veinte horas era un hombre importante. —Se rio una sola vez, sin ninguna gracia—. Anoche me borraron de la ciudad y la ciudad no se movió un milímetro. No hubo un fallo. No hubo un hueco. El sistema me sacó y se cerró detrás de mí como el agua. Si nos matan hoy, aquí abajo, el Continuum no sentirá nuestra falta. Ni siquiera va a registrarla.
Camila se detuvo.
Fue tan brusco que Américo dio dos pasos de más antes de darse cuenta y tuvo que girarse. Ella estaba a medio metro, con el uniforme corporativo hecho una ruina de barro y la respiración todavía alta por la marcha, y en la oscuridad no se le veían los ojos.
Acortó la distancia y le rozó la mandíbula rígida con los dedos sucios de lodo. No fue un gesto tierno. Fue casi una comprobación, como quien apoya la palma en un motor para saber si todavía está caliente.
—El sistema no, ingeniero —dijo—. Pero yo sí lo notaría.
Y le sostuvo la cara un segundo más de lo que hacía falta para decirlo.
Américo no supo qué hacer con las manos. En Placea nadie tocaba a nadie sin una razón declarada; el contacto era una transferencia de calor y las transferencias se justificaban por escrito. No tenía ningún protocolo para esto. Se quedó absolutamente quieto, que era lo único que se le ocurría, y sintió cómo el barro tibio de los dedos de ella se le enfriaba en la mandíbula.
Ella retiró la mano y siguió caminando.
Él tardó tres pasos en arrancar. Y en esos tres pasos, sin haberla llamado, volvió la astilla: cuatro microsegundos. Once kilómetros de roca. Dos nodos que no se conocían y que habían fallado a la vez.
*Fallaron a la vez porque son la misma cosa ocurriendo dos veces.*
Abrió la boca para decirlo en voz alta, porque de pronto la frase no le sonaba a explicación económica sino a otra cosa, a algo que estaba diciendo más de lo que él quería preguntarle. Pero no supo cómo terminarla sin sonar como su abuelo, y la dejó ir.
Un destello rojo barrió la copa de los árboles.
Tres drones aéreos de asalto cayeron desde el cielo con un impacto que rajó el fango.
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Editado: 10.09.2026