«La supervivencia no es un instinto limpio; es un cálculo bañado en sangre.»
La cresta
—¡Dispersión térmica, ahora! —rugió Elian.
Américo no supo qué significaba eso.
Camila sí. Se lanzó de costado contra la base de un helecho arbóreo arrastrando a Mulatos con ella, y Américo se quedó dos segundos de pie en mitad de la quebrada, con cuatro kilos de rifle colgándole de las manos como un objeto prestado, mirando hacia arriba.
Nunca había visto un dron de asalto desde abajo. Los conocía en corte transversal: había firmado el modelo de disipación de su carcasa ventral, había discutido durante una semana entera si el flujo de refrigerante debía entrar por babor o por estribor, y sabía de memoria que aquellas tres máquinas consumían, entre las tres, el equivalente calórico de doscientas personas por hora. Ninguno de esos datos le sirvió absolutamente de nada.
—¡Al suelo, idiota! —gritó Camila.
El primer haz de plasma le pasó tan cerca que sintió el chasquido del aire cerrándose detrás. Américo cayó de bruces en el fango y el barro le entró en la boca.
Elian no se tiró al suelo. Elian giró sobre el talón izquierdo, apuntó a un punto del suelo donde no había nada que un forastero pudiera ver, y disparó.
La vaina de metano subterráneo reventó hacia arriba con un rugido húmedo. La primera máquina se hundió de morro en el fango hirviendo y se apagó ahí mismo, chirriando como un animal.
Los dos drones restantes cortaron motores y entraron en caza silenciosa.
Fue peor. Mientras rugían se sabía dónde estaban. Ahora solo quedaba el siseo del plasma fundiendo la roca a sus espaldas y el olor a piedra quemada, que llegaba siempre un segundo antes que el disparo siguiente.
Américo se puso de rodillas, levantó el rifle, buscó una silueta contra el cielo y apretó.
El retroceso iba hacia arriba, exactamente como le habían dicho, y aun así lo sorprendió: la culata le saltó del hombro y el disparo se fue a veinte metros por encima de la máquina, arrancando un manojo de hojas que cayó girando muy despacio. Un hombre que había diseñado la termodinámica de una ciudad entera acababa de dispararle a un árbol.
—Corran —dijo Elian.
Corrieron. Y no sirvió de nada, porque con Mulatos a cuestas el grupo entero era un solo bulto de calor moviéndose despacio por una quebrada cerrada, y hasta Américo, que jamás había estado en un combate, entendía que aquello tenía una sola solución aritmética.
Elian se detuvo en la brecha de una pendiente. Miró hacia abajo, hacia el norte, y después hacia la cresta rocosa que tenían encima. Cuando habló no se volvió hacia ellos.
—No vamos a lograrlo los cuatro.
Se llevó la mano al cuello y se arrancó la chapa de identificación de un tirón. Antes de dársela, hizo una cosa absurda: la frotó contra la manga para quitarle el barro, como si entregarla sucia fuera una falta de educación.
—Carguen al viejo. Los voy a detener aquí. Conozco la fricción de este sector como nadie: quedan cuatro vainas de metano en esa cresta y sé exactamente dónde está cada una.
—¡No lo vamos a dejar! —gritó Américo.
—Ustedes tienen al viejo, la caja de su madre y una analista que sabe leer el sistema por dentro. —Elian se colgó el rifle del hombro sano y sacó el detonador manual del cinturón—. Yo tengo cuarenta y seis años en este bosque y una rodilla que no sube esa pendiente. Es aritmética, chico. No es coraje.
—Elian...
—No es una discusión. —Los empujó hacia la ruta norte con el antebrazo, sin ninguna delicadeza—. Corran al río subterráneo. Esa chapa abre la represa.
Américo se cargó a Mulatos a la espalda. El anciano pesaba mucho menos de lo que un cuerpo humano debería pesar y no se resistió: se dejó acomodar como un saco, con los brazos flojos alrededor del cuello de su nieto. Camila aseguró a Tac contra su pecho, montó el rifle y bajó primero, abriendo camino.
Corrieron pendiente abajo con el corazón en la garganta.
Y mientras corría, Américo sintió el collar de cobre golpeándole la espalda. Un eslabón contra otro, a la altura de la cuarta vértebra, con el brazo muerto de Mulatos colgando sobre su hombro. Tac. Tac. Tac. No se aceleró cuando él se aceleró. No se detuvo cuando él resbaló y estuvo a punto de caer. Bajó toda la pendiente marcando el mismo compás exacto que había marcado sentado contra la pared del túnel, como si el hombre que lo llevaba fuera lo de menos.
A sus espaldas, la noche estalló en un aullido de metano y fuego.
Américo giró la cabeza un instante. A través de la cortina de llamas vio a Elian de pie sobre la cresta, con el hombro empapado de sangre y el rifle en una mano, golpeando el detonador manual contra la marea de titanio que subía hacia él y enseñando los dientes.
Y su cerebro, que era la única herramienta que sabía usar, hizo lo que hacía siempre. Calculó.
Volumen aproximado de las vainas restantes. Velocidad de propagación del frente de llama en un canal de roca húmeda. Cadencia de recarga de un cañón de plasma ligero. La cifra le llegó entera, limpia, sin que él la hubiera pedido: once segundos.
No sirvió para nada. No había nada que hacer con ese número, ninguna variable que ajustar, nadie a quien dárselo. Américo lo cargó igual, como se carga una piedra en el bolsillo, y siguió corriendo.
La montaña se abrió por dentro.
La ola de fuego sepultó a los drones y al comandante bajo la cresta rocosa. Américo y Camila, empujados por la onda expansiva, cayeron al vacío y se precipitaron al río subterráneo.
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Editado: 10.09.2026