El choque térmico le robó todo el aire a Américo. La temperatura del agua subterránea rozaba el punto de congelación, y la corriente era violenta, arrastrándolos hacia la negrura absoluta del subsuelo.
El agua helada extraía su calor metabólico a velocidad aterradora. Américo, con los brazos ardiendo de dolor por el esfuerzo de mantener a Mulatos a flote, sintió que sus extremidades dejaban de responder.
En medio del ahogo, el arnés improvisado con que Camila sujetaba a Tac cedió bajo la presión de la corriente. La criatura salió despedida al agua. Al instante, las branquias de la criatura se encendieron en un verde fosforescente, reaccionando instintivamente al estrés térmico.
La fosforescencia de Tac cortó la oscuridad como el dial de un reloj olvidado bajo el agua.
—¡Sigan al bicho! —consiguió jadear Camila, tragando agua helada.
Guiados por el resplandor de Tac, Américo y Camila esquivaron las rocas del río hasta alcanzar una saliente de piedra lisa. Con un último esfuerzo, Américo arrastró el cuerpo de Mulatos fuera del cauce. Camila salió arrastrándose a su lado, tosiendo violentamente y tiritando.
Se derrumbaron sobre el suelo en la oscuridad casi absoluta.
Sus cuerpos empapados temblaban tanto que se arrastraron el uno hacia el otro, pegando sus anatomías en busca de una transferencia de calor desesperada. Camila no retrocedió; entrelazó sus dedos congelados en el chaleco de Américo. Él la rodeó con un brazo pesado. El roce humano era la única resistencia térmica para no morir.
—¿Se encuentra bien, analista? —jadeó Américo con torpeza.
—Optimizando mi temperatura central, ingeniero —respondió Camila con un sarcasmo que temblaba, estrechándose contra su pecho—. Aunque sospecho que mi vestido no superará el control de calidad térmico de Placea.
—Le queda un veintidós por ciento de tela, si mis sensores no fallan —replicó Américo, con una leve e irónica sonrisa rozando el cabello mojado de ella.
Tac emitió un chasquido suave, trotando cerca de sus botas.
Lentamente, se separaron lo necesario para alzar la vista. Frente a ellos, emergiendo del agua, se alzaba la monumental represa brutalista, devorada por enredaderas.
Américo se puso de pie con dificultad, caminó hacia la inmensa compuerta, sacó la chapa analógica de Elian y tecleó la secuencia numérica.
Un golpe sordo en las entrañas de la presa, seguido de un chirrido agónico de engranajes, rompió el silencio de décadas. Las pesadas compuertas de acero se separaron con lentitud, revelando la negrura inmensa de los niveles inferiores.
—Adentro —dijo Américo—. Aquí es donde las máquinas de nuestra ciudad mueren de frío.
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Editado: 10.09.2026