La habitación que falta

Termorregulación analógica

El estruendo de las inmensas compuertas de acero al sellarse a sus espaldas ahogó el rugido del viento. La oscuridad y el silencio de la represa cayeron sobre ellos como una lápida térmica.

El interior era una catedral brutalista de hormigón crudo. El aire olía a cobre oxidado, a polvo y a la humedad de agua negra estancada.

Américo, sosteniendo a Mulatos por el brazo, avanzó a tientas por la pasarela. Camila caminaba a su lado, abrazando a Tac, cuyas branquias parpadeaban suavemente en la penumbra.

Américo localizó un panel de control y tiró de una pesada palanca mecánica. Una serie de luces de tungsteno ámbar cobró vida, revelando hileras de servidores analógicos.

Américo depositó a Mulatos sobre el suelo, dejándose caer a su lado, vacío de energía.

Miró a Camila. Estaba cubierta de fango y sangre seca. Temblaba violentamente por el choque térmico.

Américo localizó un viejo casillero militar, extrajo una gruesa manta de lana y se la colocó con firmeza sobre los hombros, cruzándola por delante de su pecho mojado.

Camila se tensó como la cuerda de un arco.

—Sé cómo regular mi temperatura —mintió ella, apretando los dientes e intentando zafarse de la manta.

Américo no retrocedió.

—No, no sabe —susurró Américo, sosteniendo la mirada—. Ríndase al abrigo.

Camila apretó los labios mojados. Por un instante, bajó por completo la guardia de su orgullo. Aferró la manta de lana contra su pecho con fuerza, buscando en la fricción áspera un ancla contra el vacío del mundo.

Se quedaron así, en silencio, escuchando la vibración lejana del agua contra los muros.

Y fue en ese silencio cuando la represa volvió a gemir.

El chirrido de los engranajes llegó desde la compuerta principal, muy abajo. Américo se puso de pie con el rifle en las manos antes de haber decidido hacerlo. Camila ya estaba de rodillas detrás de una consola, apuntando. Tac apagó las branquias por completo.

Una silueta entró en el círculo de luz ámbar arrastrando la pierna izquierda.

—Bajen eso —dijo Elian—. Y la próxima vez cierren la compuerta con la palanca interior, par de genios.

Estaba negro de hollín de la cintura para arriba. Tenía la manga derecha quemada y pegada a la piel, media ceja menos, y una tos húmeda que le salía cada cuatro o cinco palabras. Se apoyó contra el marco de hierro y recorrió con la mirada la bóveda, los servidores, las luces, asintiendo despacio como quien revisa una casa que hace mucho no visita.

Américo llegó hasta él en cuatro zancadas y lo abrazó. No lo pensó. Fue el segundo contacto físico no justificado de su vida y le salió mucho más fácil que el primero.

Elian aguantó dos segundos y después le dio dos palmadas secas en la espalda, que en su idioma quería decir suficiente.

—Hay un conducto de servicio a doce metros de la cresta —dijo, cojeando hacia el muro—. Baja al aliviadero. Lo cavamos nosotros hace veinte años para robarle agua a la represa. El Consejo tiene planos de todo lo que construyó. De lo que le robaron, no.

Se dejó caer sentado contra el hormigón con un gruñido y estiró la pierna mala.

—Su rifle —dijo Camila, bajando el suyo muy despacio.

—Arriba. Apoyado en la roca. —Elian cerró los ojos—. Necesitaba las dos manos para bajar doce metros, señora. Alguna vez subiré a buscarlo.

—¿Y los drones?

—En el fondo de un cráter, con cuatro vainas de metano encima. No sé cuántos vienen detrás. Denme un minuto.

Américo se sentó en el suelo frente a él, todavía con una punta de la manta en la mano, y se rio sin ningún motivo.

Once segundos. Su número había estado mal. Llevaba media hora cargando una piedra en el bolsillo para nada.

—Conéctelo —dijo Camila, y su voz también sonaba distinta—. Veamos qué nos dejó su madre.




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