Américo sacó el bloque de cobre de Elena Vela. La vieja pieza analógica seguía helada.
Con dedos entumecidos, conectó los pesados cables de cobre del servidor central a los puertos expuestos del dispositivo y activó el flujo de corriente mecánica de la represa.
Las luces ámbar del techo bajaron su intensidad dramáticamente.
Nada.
El dispositivo no dio señales de vida.
—Sigue a cero grados —murmuró Américo—. No reacciona a la energía bruta de la turbina.
Camila miró la corriente desperdiciada.
—Es un callejón sin salida. Sin la energía correcta, ese aparato es inútil. Y sin el mapa, seguimos ciegos.
Mientras hablaban, Mulatos se había sentado en el suelo. Ignorando el debate de supervivencia, el anciano trazaba con un dedo ensangrentado sobre el polvo de hormigón dos líneas rectas y paralelas. Las miraba un momento. Después las borraba con la palma abierta y volvía a trazarlas: siempre dos, siempre a la misma distancia, siempre sin nada debajo que las sostuviera.
Camila se arrodilló frente al anciano para limpiarle la sangre seca de la mejilla con una esquina áspera de su manta. Al apartar el cabello blanco de la nuca de Mulatos, los ojos de Camila se clavaron en la piel.
—Ingeniero... —susurró ella—. Acérquese. Inmediatamente.
Américo corrió hacia ella.
Debajo del lóbulo de la oreja derecha del anciano estaba el puerto: aquel hueco perfecto sellado con polímero translúcido, sin una sola cicatriz orgánica alrededor.
Américo contuvo la respiración. Sacó el bloque de su madre y acercó los dos objetos en la penumbra ámbar. No se parecían en nada. Uno era cobre soldado a mano, con cada cordón distinto del anterior; el otro, una ventana pulida hacia la nada. Pero el patrón de contactos era el mismo: la misma huella, la misma separación, el mismo número de puntos. La misma mano.
—Esto fue una mutilación nanométrica —dijo Camila—. Tuvieron que puentear sus lóbulos temporales directamente con este disipador. Extrajeron su entropía... por aquí.
—Es una aberración biológica... —murmuró Américo, sintiendo un asco visceral—. No me imagino qué clase de cirujano sería capaz de instalarle un sumidero térmico a un humano en la cabeza.
—Pero la matemática encaja, ingeniero —dijo Camila, señalando el dispositivo inerte en la mano de Américo—. El aparato de su madre y el cráneo de Mulatos están diseñados para acoplarse. Quien sea que diseñara esto, pensó en el acoplamiento. Como si Mulatos hubiera querido que algo —o alguien— encajara ahí.
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Editado: 10.09.2026