La habitación que falta

El plan de retorno

—Seguimos en la misma cueva —replicó Américo—. Aunque logremos conectarlos, los dispositivos están muertos. ¿Cómo rastreamos el ruido original?

—Usando la basura del propio sistema.

Américo la miró.

—Placea reescribe su historia, sí —explicó Camila—. Pero el calor no se destruye, solo se transfiere. Esos errores de cálculo, esas fluctuaciones térmicas que ahogan a la ciudad, dejan rastro en los servidores de descarte. Si accedo al registro de fallas del Continuum, puedo correr un algoritmo para triangular las coordenadas físicas donde el sistema está colapsando en el mundo real.

—¿Puede procesar esos datos en esta chatarra? —preguntó Américo.

—No —respondió ella—. Necesito un motor sin fricción. Necesito el Núcleo Cuántico del Departamento Estratégico.

—Eso es un suicidio —Américo dejó escapar una risa seca.

—El algoritmo jamás predecirá que vamos a volver a entrar por la puerta grande.

—Elian —dijo Américo, girándose—. Usted conoce los accesos del sector oeste. Dígale que es una locura.

Elian no contestó.

Estaba exactamente donde se había sentado, con la espalda contra el hormigón y la pierna mala estirada, y desde esa distancia parecía dormido. Américo pensó que se había dormido. Tenía todo el derecho del mundo a dormirse.

Fue Camila la que se movió primero.

Cruzó la sala sin decir nada, se arrodilló a su lado y le abrió la chaqueta. Debajo de la tela quemada, entre la cuarta y la quinta costilla del lado izquierdo, había un corte limpio de doce centímetros con los bordes cauterizados por el mismo calor que lo había abierto. Un roce de plasma. No sangraba casi nada. Los cortes de plasma no sangran: sellan.

Alrededor del cuerpo, el hormigón estaba oscuro en un semicírculo perfecto.

—Elian. —Américo cayó de rodillas—. Elian.

El viejo abrió los ojos. Le costó, pero los abrió.

—No grite. Está bien.

—¿Cuándo? —Camila le apretaba el costado con las dos manos y no servía de nada, porque no era por ahí por donde se estaba yendo—. ¿Cuándo pasó esto?

—Antes de la cresta. —Tragó—. Antes de darle la chapa.

Américo entendió, con una claridad insoportable, cuánto rato llevaba pasando. El conducto de servicio. Los doce metros de descenso. El aliviadero. La caminata por el fondo del cauce. Todo eso con el costado abierto, y una tos húmeda cada cuatro palabras, y ellos riéndose.

Elian levantó la mano derecha —eso le costó mucho más que abrir los ojos— y se la llevó al bolsillo interior. Sacó una brújula.

Era de latón, del tamaño de un reloj de bolsillo, con la tapa abollada y el cristal rayado en diagonal. Se la puso en la mano a Américo y le cerró los dedos por encima, igual que había hecho con el rifle.

—Si la gente alcanzó a salir, está en el búnker de emergencia —dijo—. Sigan las grutas al este de la represa. En media hora dan con la compuerta. Pregunten por la doctora Varela.

—¿Y usted qué le digo que...?

—Que a partir de ahora manda ella. —Tosió—. Déle eso y déjela pensar un rato antes de abrir la boca.

—¿Y si no me cree?

—Le va a creer. —Algo que en otro momento habría sido una sonrisa le pasó por la cara—. Dígale que el norte sigue mintiendo.

—¿Qué significa eso?

—Nada. Dígaselo igual.

Américo abrió la tapa. La aguja no señalaba el norte. Giraba muy despacio, sin decidirse, dando vueltas completas dentro de la caja de latón como si buscara algo que hacía mucho no estaba en ninguna parte. Las vetas de hierro de esa montaña se comían el campo magnético desde mucho antes de que existiera Placea.

Camila seguía apretando. Elian le puso encima una mano enorme, sucia y ya sin ninguna fuerza, y la detuvo.

—Déjelo, señora.

Cerró los ojos. La tos ya no venía. Se quedó un rato así, respirando poco, y cuando volvió a hablar tenía la voz de un hombre que está pensando en otra cosa.

—¿Ya amaneció allá afuera?

Ninguno de los dos contestó.

Estaban a sesenta metros bajo una montaña, dentro de una bóveda de hormigón sellada, bajo doce luces de tungsteno que llevaban treinta años apagadas hasta esa noche. No había una sola ventana. No había ninguna forma de saberlo, y ninguno de los dos fue capaz de inventar una mentira a tiempo.

Elian asintió despacio, como si eso también fuera una respuesta.

Y no dijo nada más.

Tac se acercó trotando por el hormigón, se detuvo junto a la bota del viejo y se quedó ahí. No se encendió. Bajo la luz ámbar, la fosforescencia no tenía nada que hacer.

Camila se quitó la manta de lana de los hombros y lo tapó con ella.

El silencio de la bóveda fue espeso.

—La entropía llama a la entropía —dijo Américo, colgándose al hombro el rifle que Elian le había puesto en las manos y extendiendo la otra hacia Camila—. Volvamos a asfixiar a nuestra ciudad perfecta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.