«La entropía no se detiene a negociar; solo avanza, tragándose a los sistemas estériles primero.»
La taquicardia y el retorno
El aire de las grutas secundarias que rodeaban la represa olía a piedra mojada y a calor orgánico. Habían dejado atrás el coloso brutalista hace horas, avanzando por pasadizos estrechos.
En una pequeña oquedad rocosa que servía de resguardo térmico natural, se detuvieron para reajustar la indumentaria helada.
Américo, tiritando bajo el aire helado de la caverna, se abotonaba la camisa térmica con dedos torpes. Sus ojos se fijaron en la silueta de Camila. A la luz de la linterna de manivela, la analista se ajustaba las correas del uniforme sobre su espalda, revelando la tensión de sus hombros.
Camila no se giró, pero su postura se volvió rígida al notar la mirada.
—Si el pico de taquicardia sostenida que mis oídos registraron anoche fue un fallo de su sistema, ingeniero —dijo ella, subiendo la cremallera del traje con excesiva brusquedad—, le sugiero que calibre su biometría. No me sirve un compañero hiperventilando en la intemperie.
Américo, intentando sonar seguro y con una confianza que no dominaba del todo, dio un paso adelante y buscó sostenerle la mirada.
—Mis sensores están en perfecto estado, analista —respondió él, bajando la voz con una audacia ensayada—. De hecho, jamás habían registrado una anomalía tan estimulante bajo cero grados. Supongo que la fricción tiene ciertos beneficios colaterales de calentamiento que valdría la pena volver a validar.
El dardo impactó, pero no como él esperaba.
Camila se giró de golpe. En lugar de un coqueteo fluido, sus ojos oscuros se encendieron con un filo agresivo, casi punzante. El «usted» corporativo volvió a su garganta como un escudo afilado para tapar el descontrol de su pulso.
—No vuelva a confundir la hipotermia con un protocolo de seducción, Vela —siseó ella, acortando la distancia bruscamente para encararlo, con los puños apretados a los lados—. Aquí no hay simuladores ni audiencias que evaluar. Si no puede mantener su energía en el objetivo, camine diez pasos atrás.
Américo parpadeó, dando un leve paso atrás. En ese estallido áspero, en la rigidez de su cuello y en la prisa con la que ella volvió a la marcha, Américo lo entendió: no era desprecio. Era pánico puro a ser leída. Detrás del titanio analítico, Camila estaba tan torpe e inexperta frente al afecto como él lo estaba al intentar provocarlo.
Sin decir una palabra más, la siguió en silencio por la galería oscura, mientras Tac los escoltaba en la penumbra.
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Editado: 10.09.2026