La habitación que falta

El búnker del caos

Media hora después, el pasadizo desembocó en una compuerta metálica de aspecto improvisado. Se abrió con un chirrido pesado.

De las sombras emergió la luz de un farol táctico. Era Clara, con el rostro sucio de ceniza y la mirada endurecida. Al verlos llegar solos y constatar la ausencia del comandante, bajó el arma. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no dejó caer, apretando la mandíbula con la dureza de la piedra.

—Elian dijo que la represa los mantendría a salvo —susurró ella, abriéndose paso—. Síganme. Las patrullas del Continuum barrerán este sector al mediodía.

Clara los guio a través de una red de grutas hasta un búnker de emergencia atestado de sobrevivientes. La Gente, que todavía no se llamaba de otro modo, había logrado evacuar el campamento original.

El silencio de Placea había muerto. Ahora había ruido.

El lugar era un hervidero de calor humano: ollas de metal hirviendo, mantas compartidas y el susurro denso de decenas de exiliados.

Al ver entrar a los recién llegados, el ruido del búnker cesó. Varias mujeres mayores se acercaron a Camila. Sin pedir permiso, con una familiaridad ajena a las distancias sanitarias de Placea, la rodearon. Una de ellas levantó una mano áspera y le acarició la mejilla manchada de lodo, limpiándola con un afecto silencioso.

Camila se quedó inmóvil, con la espalda rígida. Pero bajo la mirada atenta de Américo y el calor puro de aquella mano humana, sus hombros cedieron. Cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro tembloroso, permitiendo que la calidez vulnerara definitivamente su coraza.

La doctora Varela, la científica veterana del campamento, se abrió paso y examinó a Mulatos.

—Por simple probabilidad estadística es un milagro que sigan respirando —dijo Varela, pasando los dedos por el polímero translúcido que sellaba el hueco bajo la oreja del anciano—. El margen de error era del noventa y ocho por ciento.

—Elian lo hizo posible —dijo Américo.

Metió la mano en el bolsillo táctico y sacó la brújula de latón.

El búnker no se calló —un búnker con ciento y pico de personas dentro no se calla nunca—, pero la doctora Varela sí dejó de moverse. Se quedó mirando el objeto en la palma abierta de Américo mucho más tiempo del que hacía falta para reconocerlo, y no extendió la mano.

—¿Se la dio él?

—Sí.

—¿Con una mano o con las dos?

Américo parpadeó.

—Con una. La derecha. Me cerró los dedos por encima.

Varela asintió una sola vez, como quien confirma un dato de laboratorio, y recién entonces la tomó. La sopesó en la palma. Abrió la tapa con el pulgar. Dentro de la caja de latón la aguja seguía girando muy despacio, sin decidirse por ningún norte.

—Dijo que le dijera una cosa —agregó Américo—. Que el norte sigue mintiendo.

Varela cerró la tapa.

No lloró. No dijo el nombre de Elian. No preguntó cómo había sido, ni cuánto había durado, ni si había alcanzado a hablar. Se guardó la brújula en el bolsillo del delantal, se ajustó los lentes y volvió al cráneo de Mulatos como si nadie la hubiera interrumpido.

Del otro lado de las ollas, Clara vio el objeto pasar de una mano a la otra. Se quedó quieta un segundo. Después dejó el farol sobre una caja y salió del búnker sin decirle nada a nadie.

Cuando Varela volvió a hablar, su voz había bajado dos grados.

—¿Qué hicieron en la represa que bajó el voltaje?

Américo sacó el bloque de cobre de su madre del bolsillo táctico.

—Logramos... logramos conectarlo en la represa —dijo Américo, mirando el artefacto con cautela—. Pero sigue inerte. Mi abuelo tiene el mismo puerto bajo la oreja.

—Un acoplamiento de disipadores —intervino Camila, firme—. Si el colapso del sistema está fracturando la ciudad, debemos verificar la falla en los nódulos centrales.

—Nos infiltraremos esta misma noche por los ductos del sector sur —dijo Américo, intentando infundir una firmeza que sus manos temblorosas disimulaban apenas.

Varela miró fijamente al anciano, quien compartía musgo con Tac ante la mirada de un grupo de niños.

—Su ecuación de infiltración tiene una variable insostenible —sentenció Varela con sequedad—. Ustedes dos pueden ir a meterse al congelador si lo desean. Pero Mulatos se queda aquí.

Américo hizo un ademán de protestar, pero la científica lo atajó levantando un pulgar:

—Si introducen a este anciano en el vector de Placea, la masa de infantería los reducirá a cero en tres minutos. Aquí el diferencial de masa lo protege. Es simple física de fluidos.

Américo miró a su abuelo. Verlo sonreír en el desorden del búnker le dio una paz extraña. Miró a Camila, quien asintió despacio.

—Está bien —accedió Américo en voz baja—. Iremos los dos.

Clara se acercó y les entregó dos pesadas máscaras analógicas.

—Tomen —dijo Clara, seca—. Filtros de purga.

Américo tomó las máscaras con torpeza, mirando a Clara a los ojos:

—Casi pierdo la cabeza por tu plan del señuelo...

—Lateral mostró su mano, Vela. No fue personal —respondió Clara.

La doctora Varela le tendió a Camila un dispositivo de baquelita con cables de cobre expuestos.

—Llévese esto, Camilita. Es un medidor de oscilación electromagnética. Si la matriz del Continuum colapsa, este variador registrará el pico de entropía tres microsegundos antes de que sus sensores digitales noten la caída. Es física pura.

Camila se colgó el aparato del cinturón táctico y se ajustó los auriculares.

—Lo mantendré en la frecuencia abierta —aseguró Camila.

Minutos después, Américo y Camila salieron al exterior a través de un respiradero oculto en la ladera.

El aire cortaba la piel. Frente a ellos se alzaba el impecable resplandor blanco de Placea, desprendiendo una luz estéril.

Américo ajustó la correa del rifle magnético al hombro y miró a Camila.

—¿Listo, ingeniero?

—Iniciando secuencia de intrusión, "Camilita" —respondió él.




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