Camila avanzaba a gatas en la delantera. Américo la seguía de cerca, arrastrando su pesada mochila y el rifle que Elian le había dado. La proximidad física en aquel confinamiento de acero los obligaba a coordinar cada movimiento. El ducto era un embudo térmico, asfixiante y denso.
—Por favor... deja de llamarme «ingeniero» —susurró Américo desde atrás, conteniendo un resoplido mientras sus rodillas chocaban contra la chapa de acero—. Mi nombre es Américo.
Camila ni siquiera se giró.
—Está bien, Américo —respondió ella con una ironía milimétricamente calculada—. Dado que estamos a oscuras, ve calculando las coordenadas de navegación del ducto para saber cuándo cruzaremos el perímetro, ya que eres ingeniero.
Américo parpadeó en medio del gateo, aclarando la garganta con resignada objeción:
—Los ingenieros de sistemas no sabemos nada de coordenadas geográficas. Eso es geodesia o topografía. Nosotros solo movemos código y peleamos con pantallas.
Camila soltó un soplido sutil que sonó sospechosamente parecido a una risa ahogada.
—Entendido, Américo... «ingeniero de sistemas». Continúe gateando.
Oculto en el fondo de su morral, bajo las capas de lona, descansaba el cilindro pulido de la pistola de bengalas del Departamento Estratégico. Su padre, Alejandro, se la había entregado como un mudo salvoconducto térmico. Camila le había ordenado dejarla en el búnker por considerarla un faro que los delataría por su firma calórica, pero el apego de Américo a la reliquia física de su padre había prevalecido. Sentía el peso del metal frío contra sus costillas.
Camila se detuvo. Llevaba colocados los auriculares de baquelita conectados al receptor de ruido magnético de Varela.
—La frecuencia entrópica de la cúpula está aumentando —susurró ella, sin girar la cabeza—. El Continuum está cerrando los puertos térmicos periféricos para asfixiar cualquier fuga. Si el ruido estático en este receptor analógico se vuelve continuo, significará que la barrera cuántica ha llegado a cero grados absoluto. Nos quedaríamos vitrificados en el ducto.
—¿Cuánto espacio nos queda antes del perímetro de exclusión? —preguntó Américo, sintiendo la fricción del hormigón contra sus rodillas.
—Doscientos metros. Queme energía, Américo. Muévase.
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Editado: 10.09.2026