La habitación que falta

Descarga en la frontera

A mitad del estrecho conducto, justo donde la tubería pasaba a escasos metros de una subestación de distribución principal del Continuum, el aire adquirió una densidad estática insoportable. Una presión física que erizó el vello de los brazos de Américo.

De pronto, un chillido ensordecedor de interferencia magnética rasgó los auriculares de Camila. La analista soltó un jadeo de dolor, arqueando la espalda, y se los arrancó de golpe.

Al mismo tiempo, la mochila de Américo vibró con violencia. Un calor súbito e intenso atravesó la lona. El bloque de su madre comenzó a emitir un zumbido gravísimo y un destello ámbar intermitente, calentando la tela del chaleco a temperaturas alarmantes.

Antes de que Américo pudiera sacarlo, un chispazo de sobrecarga térmica le recorrió el brazo. La transferencia de energía fue tan brutal que le contrajo los músculos del hombro, y por una fracción de segundo su cerebro experimentó un cortocircuito. Vio unas manos de mujer manipulando soldaduras de cobre, sintió el calor de un soplete y escuchó la voz de su madre, Elena, susurrando: *«El desorden no es un fallo, Américo... la fricción es el único registro real...»*.

Américo parpadeó con fuerza, volviendo a la oscuridad asfixiante del ducto con la respiración entrecortada y el brazo ardiendo. El bloque volvió a enfriarse poco a poco.

—¿Qué fue eso? —jadeó Camila, girándose a medias.

—Una descarga estática —respondió Américo, masajeándose el antebrazo—. Reaccionó a la fuga de la subestación. Mi madre no diseñó esto como un almacenamiento muerto. Es un disipador, o algo así. Está calibrado para absorber las perturbaciones electromagnéticas del sistema y codificarlas en calor puro, al parecer.

—Entonces no es solo un disipador —dijo Camila despacio—. Es un búfer.

—¿Un qué?

—Un depósito. En una red, el búfer es el sitio donde algo se queda esperando hasta que alguien viene a leerlo. No procesa nada. Solo aguanta. —Miró el bloque—. La presión de la frontera fue lo suficientemente fuerte como para forzar una transferencia. Varela tenía razón: el dispositivo necesita el epicentro de la asfixia del sistema para funcionar. Si entramos al núcleo de Placea, el búfer absorberá el ruido y revelará su información.




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